“El problema no

Estudioso riguroso de los sistemas políticos y autor –entre otros libros– de “Los poderes de los jefes de gobierno” y “La oposición”, Pasquino considera que al no mejorar su calidad de gestión la oposición le deja el campo libre al peronismo para seguir en el poder.

Por Redacción

Cuatro años atrás usted señaló en un artículo difundido aquí y que fue muy comentado en medios políticos y académicos que lo que llamamos democracia clásica, es decir sistema de elecciones, juego de poderes –Parlamento, Ejecutivo, alternancia en el gobierno–, pareciera ya no ser suficiente ante el reclamo de las sociedades de que la política le sirva. ¿Sigue creyendo lo mismo?

–Sí. Pero aclaremos: yo no dije que la democracia no sirve, que está agotada como mecanismo; dije que en los términos clásicos en que la asumimos, la interpretamos, está bajo crecientes presiones por parte de las sociedades, que quieren sentirla adecuada a los problemas, a los temas que las sociedades entienden –con razón por supuesto– que son propios de las respuestas que debe dar el sistema democrático.

–En aquel documento usted habló de democracias que “funcionan poco” en relación con esas exigencias, con lo cual terminan desfigurándose en su funcionamiento. Hábleme del tema.

–Claro. Las tensiones que se generan en el interior de esas democracias, deficitarias en todo caso, provocan desviaciones en el sistema político. Es decir, se llega a un punto en que las sociedades pueden, eventualmente, sin salirse de la democracia, dar apoyo, por ejemplo, a proyectos personalistas, respaldar regímenes populistas, demagógicos… en estos desvíos por supuesto también incluyen, compartiendo proyectos populistas, lo que conocemos como democracia plebiscitaria.

–¿Vivimos un tiempo de fracaso de los autoritarismos excluyentes pero a la vez de democracias bajo acoso?

–De hecho sucede algo de eso… la democracia como tal, como paradigma, se ha extendido. Basta mirar lo sucedido en Europa del Este y América Latina en las dos últimas décadas para ver cómo se ha extendido la democracia; aun admitiendo que en muchas de ellas se producen desviaciones de funcionamiento, hay mucho espacio para el optimismo en relación con el futuro del sistema democrático.

–¿Qué sustenta ese optimismo?

–Las sociedades interrogan cada vez más al poder. O sea, participan. Aunque no necesariamente militen en éste o aquel partido, siguen la política, opinan sobre cómo se maneja el poder; insisto: protestan.

–Siempre demuestra mucho interés por la Argentina…

–Es un país apasionante en muchos sentidos. Y para quienes estamos en la tarea de reflexionar, de interpretar funcionamientos de sistemas políticos, bueno, es muy apasionante, sí, sí.

–¿Cuál es el núcleo duro del problema político argentino?

–Se puede reflexionar la cuestión desde muchos lugares. Pero, a modo de síntesis, creo que muchos de los problemas radican en que –elecciones mediante– a veces se gana en términos muy decisivos, se logra mucho poder. Suele no quedar nada del otro lado y esto alienta sueños personalistas, le resta flexibilidad al funcionamiento del sistema, permite el surgimiento de burocracias estatales con intereses que con el correr del tiempo son muy personales, se torna complejo el seguimiento y control del funcionamiento del poder… podríamos hacer una lista muy larga de los problemas que acarrea mucha cantidad de poder, algo que también hace a la calidad del ejercicio de poder.

–Crece, más en medios académicos que en la política misma, el convencimiento de que en Argentina nuestros problemas políticos radican, en gran medida, en el fuerte presidencialismo que signa al sistema. Se postula entonces marchar hacia el sistema parlamentario, más flexible a la hora de decisiones en crisis. ¿Qué debemos hacer?

–Reconozco las virtudes del sistema parlamentario. Vivo en una Europa parlamentaria, pero vivo en una Italia donde el sistema parlamentario deja mucho que desear. Mi impresión es que aquí ir hacia un sistema parlamentario será muy complejo… no digo que no se deba pensar en esa alternativa, reflexionarla… digo que posiblemente hay lugar para mejorar el mismo sistema presidencialista que tienen. Vuelvo a un tema: importa la sociedad interesada en la política, metida de lleno en la política mirando al poder fijamente, diciéndole qué está mal, qué está bien; el presidencialismo debe sentir que la gente lo tiene en la lupa.

–Pero aquí tampoco tenemos un sistema de partidos fuerte, sólido. La oposición es más un sistema de alaridos que organización de ideas…

–Ése es un problema. Un sistema de partidos sólido es muy importante para controlar al presidencialismo. Sucede en Chile, por caso.

–Desde hace casi 70 años la política argentina se referencia en el peronismo, al que siempre se lo vislumbra muriéndose pero de hecho es lo más vivo que tiene la política argentina. El peronismo es un sistema político en sí mismo. ¿Esta gravitación –consecuencia de la dialéctica de la historia– perturba el funcionamiento del sistema político?

–Lo predispone al hegemonismo. Y lo predispone más cuando enfrente del peronismo hace muchos años que no hay una fuerza, un partido político sólido, cohesionado, no una alianza; no estoy en contra de las alianzas, pero hablo de un partido firme, con capacidad de oposición organizada que concite expectativas en la sociedad. Hay que hacerle sentir al peronismo que puede perder y hay que ganarle.

–Tarea compleja. Desde el radicalismo de Raúl Alfonsín no hay nada de esa naturaleza.

–Pero es la única manera de que el peronismo sea, digamos, responsable, actúe con responsabilidad. Yo creo que mirando a futuro el funcionamiento del sistema político argentino, el interrogante no está sobre el peronismo. Sabemos qué sabe hacer y qué hará. El interrogante está sobre qué puede hacer la oposición. Por eso el problema no es el peronismo, es la oposición. Su ausencia como poder concreto, de buenos reflejos. Esta ausencia torna más fuerte al peronismo aun admitiendo que no sé cuántos peronismos hay. Lo que existe sí es lo que yo llamo un peronismo como idea general. Luego el peronismo es lucha interna, intereses encontrados, pero peronismo. La historia demuestra que, aun pasando por duros enfrentamientos internos, siempre hay un punto en que en el peronismo terminan todos juntos. Tiene una inmensa vocación de poder.

–Finalmente, y saliendo de lo estrictamente político, ¿sigue siendo crítico del intelectual orgánico?

–Por supuesto. No cumple con la misión esencial del intelectual, que es ayudar a observar críticamente el poder, la sociedad, las creencias, los sistemas; es decir, ayudar a generar ideas, alternativas. En cambio, puesto en condición de intelectual orgánico, el intelectual no genera nada, nada de nada.

Gianfranco Pasquino, italiano, politólogo

CARLOS TORRENGO

carlostorrengo@hotmail.com


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