El pueblo judío celebra su Año Nuevo 5763
La comunidad ya festeja el Rosh Hashaná, con fiestas familiares.
Con las primeras sombras de anoche, justo cuando apareció en el cielo la primera estrella, la comunidad judía comenzó a celebrar el Rosh Hashaná, su Año Nuevo 5763.
La tradición ha establecido el comienzo del año en el mes hebreo de Tishrei, por considerárselo el mes en que Dios creó el mundo. En aquel día, según la tradición, fue creado el primer hombre: Adán.
Rosh Hashaná se celebra el primero y el segundo día del mes de Tishrei. El año 5763 nació anoche ni bien la Venus vespertina se divisó en el cielo, y los festejos continuarán hoy y mañana.
Pero la celebración comenzó en realidad con el sonido del shofar, un cuerno que llama a los judíos a la meditación, el auto-examen y el arrepentimiento. De ahí hasta el atardecer de hoy -para los judíos cada jornada empieza al caer el Sol y se prolonga hasta el próximo atardecer- todo será un día de oración, penitencia y caridad.
También se lo conoce como el «Día del Juicio» y como el «Día del Recuerdo» porque, según la tradición, ese día Dios juzga a los hombres, abriendo tres libros: uno, con los malos (quienes quedan inscriptos y sellados para la muerte); otro, con los buenos (quienes quedan inscriptos y sellados para la vida); y, el tercero, para quienes serán juzgados en el Yom Kippur.
Días sagrados
Rosh Hashaná (Cabeza del Año), junto con Yom Kipur (Día del Perdón) -ocho días más tarde- forman en la tradición judía una unidad llamada Yamim Noraim (Fiestas austeras): son días de arrepentimiento e introspección, de balance de los actos y de las acciones realizadas, de plegaria y sensibilidad especiales.
«Estos son los días más sagrados de la familia judía», dice Laura Riskin de Mutchinick (87), pionera de la Colonia Rusa, comunidad de inmigrantes que a principios del siglo XX llegaron desde Bielorusia a Roca. «Los que vivimos en el Alto Valle nos encontraremos mañana, al mediodía en Cipolletti, en un gran almuerzo», acota. Y quienes están en la zona andina lo harán en Bariloche.
Hace 24 siglos, en un Rosh Hashaná, Ezra -el líder judío que condujo el retorno a Israel del exilio babilónico – lo definió con esta proposición hecha a su pueblo: «Comed alimentos suntuosos, bebed bebidas dulces, y enviad porciones para quien nada tiene preparado, pues el día es santo para nuestro Señor; no estéis afligidos, pues el regocijo del Señor es vuestra fortaleza».
El 1 de Tishrei (ayer) no es sólo el primer día del año, sino también su «cabeza». Así como la cabeza comanda al resto del cuerpo, del mismo modo, en este día se predestinan todos los hechos que ocurrirán durante el año. El 2 de Tishrei (hoy), antes del encendido de las velas, se coloca en la mesa una fruta nueva de estación y, en el momento de recitar la bendición, se tiene presente mentalmente esa nueva fruta. En Rosh Hashaná es costumbre comer alimentos que simbolizan dulzura, bendiciones y abundancia. En la primera noche se moja la Jalá (pan trenzado) en miel, se dicen bendiciones y, luego, se come un trozo de manzana que también se remoja en miel. Otras costumbres incluyen comer la cabeza de un pescado, granadas y zanahorias. Y se saluda diciendo «Shaná Tová», que significa desear un buen año.
Tanto Rosh Hashaná como Iom Kipur son días austeros y marcan un tiempo de examen de conciencia, para los individuos y para la comunidad.
Si Pésaj es la fiesta de la liberación del yugo egipcio, Rosh Hashaná celebra al hombre que se siente moralmente responsable no sólo por lo que hizo, sino también por lo que dejó de hacer.
Se diferencian desde sus bases con otras festividades del calendario hebreo: en Pésaj el pueblo se libera de la esclavitud, en Shavuót recibe la Torá en el Monte Sinaí y en Sucót se forja en una trabajosa marcha a través del desierto.
En cambio, los «Días Austeros» pertenecen al mundo de la espiritualidad y de la fe, y al mismo tiempo exaltan los valores que son comunes a todo el género humano.
Vecinos de Roca en la sinagoga
Algunos de los representantes de la comunidad judía de Roca son Adolfo Panich, Mabel Zserman, Samuel Colodner, Enrique Pascansky, Graciela Glanz, José Feldman, Alberto Michanie, Noemí Mejer, Ludovico Altbriger, Juana Silberman, Eva Kershner, Beatriz Safranchik, Sergio Riskin, Angel Schleiffer, Edgardo Hazan y Edgardo Capua. Muchos de ellos fueron reunidos para la foto, en la sinagoga local, convocados por «Río Negro» a propósito del Año Nuevo judío que hoy se celebra.
Mesa tradicional
Las fiestas judías son uno de los eslabones de unión familiar: todos se reúnen alrededor de la mesa hogareña para celebrar la vida y sus grandes acontecimientos a través del año.
Es por eso que las comidas típicas están, de alguna manera, unidas a las tradiciones de estas festividades: en la mesa, a las oraciones del Kabalat Shabat, que traen el regocijo al hogar, le siguen la bendición del padre a los hijos y el kidush, donde los judíos cantan -en la sinagoga y en el hogar- en un ambiente de bondad, entrega y despreocupación.
En la mesa de Rosh Hashaná, las familias muy religiosas acostumbran a comer al comienzo de la cena festiva, ciertos alimentos que tienen un simbolismo especial, y al ingerirlos se dice una corta plegaria que alude a cada una de ellos, cuya costumbre está basada en las enseñanzas del Talmut.
En primer lugar se hace un «kidush» (bendición) sobre el vino para santificar el día de fiesta. Luego se bendice el pan (jalá), que para esta ocasión se prepara redondo, simbolizando el ciclo de la vida. El primer pedazo de pan se sumerge en miel -que simboliza el deseo de tener un año dulce- y sal.
Luego se moja una rodaja de manzana en la miel, y se reza «Yehi razón Milefaneja… shtejadesh aleinu shana tova umetuka» (Que sea Tu voluntad que nos renueves un año bueno y dulce). La ceremonia sigue.
Impresiones: «¡Fuimos tan felices!»
Rosh Hashaná (Cabeza del Año) es un día de contrastes: de temblor y regocijo, de temor y festejo. Por un lado es el día en el que todos los habitantes de la Tierra pasan delante de Dios cual rebaño de ovejas, se paran trémulos y aceptan el yugo de su soberanía. Por el otro, es el de una festividad celebrada en medio de banquetes.
Este es el espíritu que también transmite Laura Riskin de Mutchinick en Roca. Chiquitita, con 87 años impecables y lúcidos, elegante y guapa, confiesa «¡hemos sido tan felices!» que desarma a cualquiera. Porque en un mundo que por momentos pareciera que se desarma, esta mujer trasmite otra sensación, esa tan necesaria para seguir apostando por el futuro.
Año Nuevo, más allá de las creencias, es un tiempo ideal para detenerse y mirar con profundidad. Es lo que hace Laura, la primera argentina nacida en la Colonia Rusa, enclave de pioneros judíos en esta parte de la Patagonia, allá por el 1906. Duda:
* «¿Cómo es que la gente está pasando hambre ahora? Conocí a quienes no tenía nada de nada y no pasaban hambre. Es lo que me duele de este presente: la miseria en medio de la desesperanza. Hay que volver a la tierra, me parece».
* «¿La gente de antes habrá sufrido tanto como hoy se ve que le pasa al país?».
Menudas dudas para tan menuda mujer, ¿no?. Pero ella está en Año Nuevo, día para el temblor y el regocijo, como decíamos.
Laura reconoce que corre con una ventaja con quienes tienen muchos años menos que ella: «claro, yo soy de cuando la Argentina se estaba haciendo como Nación; de cuando el progreso era el motor para el crecimiento; de cuando todos veníamos para acá….era otra cosa este país…». Estaba el horizonte. Todo era promesa.
Su sobrino Riskin le apunta lo que dice la historia regional: en 1904 vino desde Bielorrusia a la Argentina Isaac Locev con el poder de unas 90 familias para instalarse en el sur del planeta. En el puerto de Londres, escala de su periplo, conoce a un veinteañero que tenía sus mismas intenciones. Era Oser Kaspin. En altamar comparten proyectos e ideas. El entonces ministro de Obras Públicas, Ezequiel Ramos Mexía, los alentó para que que viniesen a la Patagonia, a cambio de que realizasen canales de riego. Había que poblar y cultivar el país, se decía. Así se proyectaba. Después de recorrer Río Colorado y la isla de Choele Choele, a Locev le gustó esa porción de tierra ubicada entre las estaciones Stefenelli y Cervantes, en Río Negro. Qué le habrá gustado, qué le habrá subyugado para decirse por este lugar. Es así que en 1906 llegan las primeras 50 familias de Bielorrusia. Con los Locev y Kaspin a la cabeza, estaban Fischel Liberman, Bernardo Riskin, Ulman, Barón, Sour y después otros tantos más… Samuel Resnik, Saindemberg, Rucalsky, Grichener, Panich, Milgrahan y Motohof. Años antes, en 1901, ya había llegado a Roca Zilvestein.
Hasta 1966, la Colonia Rusa vivió una época de crecimiento progresivo. Integrados con españoles, italianos y criollos, básicamente. «Ejemplo de tolerancia y respeto», dirá Laura, quien recuerda que en la sinagoga del lugar «celebrábamos todas las fiestas de la comunidad». «Primaba la buena relación entre todos», insiste. Nadie discriminaba a nadie. Las fiestas patrias se festejaban en la escuela pública 31, que funcionaba en la casa que había donado Isaac Locev al pueblo.
En esto de detenerse en la vida un rato («qué acelerado se vive hoy, ¿no?, se ve que hay poco en las familias para charlar con los hijos, compartir los logros y los impedimentos», observa la entrevistada), parece inevitable volver a los orígenes. Y los orígenes a los que refiere Laura son los del Alto Valle también. A esos días donde «fuimos tan felices» que dan ganas de reeditarlos. Esto es lo que tienen los Años Nuevo: hacen esperanzar hasta al más descreído. ¡Feliz Año Nuevo, Laura!
Horacio Lara
hlara@rionegro.com.ar
Con las primeras sombras de anoche, justo cuando apareció en el cielo la primera estrella, la comunidad judía comenzó a celebrar el Rosh Hashaná, su Año Nuevo 5763.
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