El sueño de un FMI sin dientes

Hace un año, el FMI se asemejó a un hospital costoso y bien equipado en un país en que todos rebosaban de salud. Merced a la bonanza internacional que permitió hasta a economías mal manejadas crecer a un ritmo impresionante, nadie necesitaba de sus servicios y los entusiasmados por la presunta eficacia de los mercados hablaban de lo conveniente que sería eliminarlo. Pero los tiempos han cambiado. El FMI ya cuenta entre sus pacientes a Ucrania, Letonia, Hungría, Islandia, Turquía y otros países. Pronto habrá muchos más, incluyendo, según algunos, a la Argentina. Lejos de especular en torno a la conveniencia de abolirlo, los líderes tanto de los países ricos como de los demás concuerdan en que es urgente fortalecerlo, facilitándole centenares de miles de millones de dólares más, para que pueda ayudar a las víctimas de la cada vez más angustiante crisis internacional. Con todo, si bien se coincide en que el FMI y organismos afines como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo tendrán que estar en condiciones de desempeñar un papel clave en los años próximos, a sus eventuales clientes no les gusta para nada la idea de que a cambio de préstamos blandos se verán obligados a respetar ciertas reglas. En una reunión celebrada en Portugal por los ministros de Hacienda de los países iberoamericanos, el funcionario que figura como nuestro ministro de Economía nacional, Carlos Fernández, insistió en que en adelante el FMI debería ser más «flexible» y entregar dinero «sin condicionalidades y revisión de los instrumentos inexistentes». O sea: lo que quieren los Kirchner es que el FMI confíe ciegamente en que los gobiernos de los países beneficiados por su ayuda la utilicen de forma sensata, sin ceder nunca a la tentación de gastarlo según criterios políticos o personales.

Bien que mal, no es muy grande la posibilidad de que los países ricos que continuarán aportando el grueso del dinero del FMI dejen de preocuparse por lo que hagan con él gobiernos como el nuestro. Aunque algunos están dispuestos a aceptar que en el pasado el FMI ha sido demasiado severo al exigir ajustes draconianos que afectaron sobre todo a los sectores de menores recursos, incluso los más propensos a culparlo por las consecuencias entienden que si no hubiera «condicionalidades» muchos gobiernos se limitarían a aprovechar lo que para ellos sería una oportunidad inmejorable para enriquecer a sus integrantes y a los empresarios amigos, además de potenciar todavía más sus aparatos clientelares, para entonces volver a pedir más afirmándose víctimas inocentes de la crisis mundial. Irónicamente, los más interesados en que el FMI reparta dinero sin pedir nada a cambio suelen ser los mismos que están reclamando con mayor vehemencia que organismos internacionales, en que los representantes de países «emergentes» cumplirían un papel decisivo, regulen con sumo rigor los bancos y otras instituciones financieras que tanto han contribuido al caos en que se han precipitado los mercados. Según parece, quienes piensan así creen que merced a la crisis podrían tomar el control de las finanzas internacionales.

El que los gobiernos de los países ricos hayan tardado en darse cuenta de que la economía globalizada se dirigía hacia una recesión peligrosísima, que sería provocada por el colapso de varios bancos bajo el peso enorme de una cantidad inverosímil de valores tóxicos, no quiere decir que todos los gobiernos del Tercer Mundo hayan actuado mejor. En algunos casos, como los de Chile, Uruguay y Brasil, sí han obrado con sobriedad y realismo, pero en otros resultaron estar tan dispuestos como cualquier aventurero financista norteamericano o europeo a apostar a que los buenos tiempos se prolongarían por décadas más y que por lo tanto podrían seguir despilfarrando dinero sin pensar en prepararse para el día en que el boom mundial llegara a su fin. Por desagradable que sea a los reacios a modificar su conducta, de consolidarse el consenso de que hasta nuevo aviso será necesario que todos respeten reglas más duras que las vigentes a partir de los años setenta, los gobiernos de países como el nuestro tendrán que aceptar que no quedarán exceptuados, motivo por el cual un FMI debidamente reformado sería con toda probabilidad tan exigente que el de antes, o incluso más.


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