El triunfo de Tsipras
Felizmente para Alexis Tsipras, son muchos los griegos que, lejos de querer castigarlo por haber reemplazado su programa de gobierno original por otro totalmente distinto, creen que sería mejor permitirle seguir administrando su país a arriesgarse con los conservadores, cuyas propuestas son bastante similares a las de la izquierda reformada pero que a su manera representan la vieja política que tantos perjuicios les ha ocasionado. Aunque casi la mitad del electorado se negó a votar en los comicios legislativos del domingo a pesar de que, en Grecia, lo mismo que en nuestro país, hacerlo es obligatorio, el 35% de quienes se dieron el trabajo de participar respaldó nuevamente a Syriza, la Coalición de la Izquierda Radical que, en esta oportunidad, no contaba con un ala anticapitalista contraria a la austeridad; mientras que el 28% sufragó a favor de Nueva Democracia, el partido centroderechista de Vangelis Meimarakis. Como sucedió en enero pasado, cuando la irrupción de la izquierda radical griega asustó a los demás europeos que la tomaron por una señal de que la Eurozona estaba a punto de desintegrarse, para formar un gobierno Syriza ha tenido que aliarse con un pequeño partido de la derecha ultranacionalista que se llama Griegos Independientes. Se trata de un detalle que, según parece, no preocupa en absoluto a Tsipras aunque, claro está, no aceptaría como socios a los neonazis de Aurora Dorada, los que consiguieron más del 7% de los votos al aprovechar los temores provocados por la crisis inmigratoria. Si bien pocos han olvidado que hace algunos meses Tsipras, en aquel entonces acompañado por el decididamente heterodoxo economista Yannis Varoufakis, pareció resuelto a dinamitar el proyecto europeo, los comprometidos con la moneda única y las políticas de austeridad consideradas necesarias para defenderla tienen buenos motivos para festejar el triunfo de Tsipras. Desde su punto de vista, conviene que los encargados de aplicar un ajuste sumamente ingrato sean izquierdistas ya que, a diferencia de los conservadores, no se verán acusados de querer depauperar al pueblo por razones presuntamente ideológicas o por ser incapaces de resistir las presiones alemanas. Sin proponérselo, Tsipras y Varoufakis se las arreglaron para convencer a sus compatriotas de que, por encontrarse su país en bancarrota merced a la irresponsabilidad de una serie de gobiernos populistas y clientelistas, no hubo ninguna alternativa viable a la austeridad exigida por las autoridades europeas a cambio de los repetidos rescates financieros precisos para mantener a flote el precario sector bancario heleno. Puede que a la larga sería mejor para Grecia salir de la Eurozona, pero nadie ignora que, en el corto y mediano plazo, una decisión en tal sentido significaría mucho más pobreza y, desde luego, un grado de austeridad gubernamental más severo que el actual. Con todo, la nueva versión de Tsipras está en condiciones de pedir más a sus socios europeos de lo que era la anterior. Aunque los alemanes no quieren pensar en una “reestructuración” de la deuda externa parecida a la que consiguió la Argentina después del default de diciembre de 2001, el Fondo Monetario Internacional coincide con Syriza en que será necesario reducir sustancialmente su magnitud que, tal y como están las cosas, es insostenible. Asimismo, la gravísima crisis provocada por la llegada a las costas griegas de centenares de miles de migrantes mayormente musulmanes, de los que casi todos aspiran a trasladarse a Alemania o Suecia, ha obligado a los líderes de la Unión Europea a reconocer que es terriblemente injusto que un país relativamente pobre en que, para más señas, el nivel de vida de la población acaba de caer, tenga que hacer frente, sin solidaridad ajena, a lo que es un enorme problema comunitario. Cuando a juicio de los “eurócratas” las dificultades de Grecia sólo eran financieras, pudieron darse el lujo de adoptar una postura intransigente, pero, como ya se habrán dado cuenta, también son geopolíticas por tratarse de un país fronterizo que colinda con una de las regiones más combustibles del mundo entero, razón por la que es de su propio interés, y no sólo de los griegos mismos, hacer todo cuanto resulte necesario para impedir que Grecia se transforme en un “Estado fallido”, destino éste que, medio año atrás, algunos creían factible.
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