En bandeja

por JOSE GUILLERMO MARIANI (*) Especial para “Río Negro”

Un obispo progresista, embarcado entusiastamente en el proceso de reformas eclesiales del Vaticano II, fomentando las investigaciones de las ciencias eclesiásticas y comprometiéndose en las denuncias de los poderosos y las deficiencias de la misma Iglesia, no puede resultar aceptable al Vaticano a pesar de que éste no se pronuncie expresamente en su contra. Pero es seguro que apenas se insinúa la renuncia por cualquier motivo, se aceptará inmediatamente. Así sucedió por ejemplo con la renuncia de monseñor Hessayne entre nosotros y de monseñor Casaldáliga en Brasil al cumplir los setenta y cinco años. A monseñor Primatesta, en cambio, amigo personal de Juan Pablo II, se le pidió postergar su alejamiento hasta que lo creyera conveniente. No es entonces, argumento de nada, que el Vaticano haya aceptado inmediatamente la renuncia del ex obispo de Santiago del Estero presentada como en bandeja.

No se puede soslayar esta realidad, ni tampoco la de que los resentidos políticos por las graves denuncias de Maccarone hayan planeado tenderle una cama, conociendo su punto débil y en base a ofertas y amenazas hayan obtenido el famoso «video» que aún no ha aparecido públicamente. Pero eso no es todo. Aquí hay primero una falla personal, que no es la inclinación homosexual, que de acuerdo con la OMS no es perversión ni desvío ni enfermedad sino tendencia minoritaria, pero natural de la sexualidad humana. Pero que sí es violación de la promesa de castidad sacerdotal (se habla de celibato pero incluye mucho más) si se lleva a la práctica. Y en esto aparece la falla, la debilidad, la irreflexión, la irresponsabilidad humana. Sin pretender erigirme en juez, esto ha existido, de acuerdo con su propia confesión, en el caso Maccarone. Es cierto que en la Iglesia se dan incongruencias de que el hecho privado se convierte en grave cuando trasciende al público, ya que el perdón sobreviene en el primer caso, a nivel de conciencia con el Sacramento de la reconciliación, y así pareciera que lo grave es no tanto hacer una cosa reprobable sino no saber ocultarla, lo cual ha sido y es práctica bastante frecuente. El Código, como cualquier ley externa, no puede sancionar sino lo externo y público. A eso obedece la renuncia espontánea presentada por monseñor Maccarone y su pedido público de perdón, como también la imprevisible solidaridad expresada por el Episcopado, muy probablemente asesorado por Roma. Así otras sanciones quedan de lado y se podrán apaciguar pronto las olas. Y tampoco eso es todo. Aquí hay un peso muy grande de culpa en la estructura represiva eclesiástica obstinada en mantener el celibato y esa especie de fobia antisexualidad. Porque esto importa hoy, dejar de lado una cantidad de estudios serios y repetidas experiencias, que señalan y comprueban los antivalores que supone la formación para aceptar esa disciplina como obligación. Y los resultados que son clandestinidad, doble vida, hipocresía, daño de los fieles, pérdida de la confianza en la Iglesia, disminución de vocaciones… etc. no han llegado a convencer de lo anacrónico de esa actitud.

No se trata simplemente de poder o no casarse, se trata de que hasta la aparente opción voluntaria de que hablan hoy muchos está viciada con todos los defectos señalados. Quizás se pueda admitir el celibato como opción transitoria y sublimada. Nunca como obligación o condición para acceder al sacerdocio.

El sufrimiento y la decepción de los fieles ante casos como el de Maccarone tiene, por otra parte, que dar pie a que se pierda esa especie de intangibilidad sagrada con que ha logrado aureolar a los sacerdotes. Somos hombres y si la compañía, el entorno y los criterios laicales e institucionales no nos sostienen, es previsible que se manifiesten nuestras debilidades más que nuestras virtudes.

(*) Presbítero


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