El cansancio de una médica en primera persona

La doctora María Eugenia Quintana explica por qué, después de dos años de pandemia, de atender a personas que no se quieren vacunar pero la maltratan, y de un profundo agotamiento, siente que ha perdido la fe, la ilusión y hasta su identidad.





María Eugenia Quintana
The Washington Post

Son las 4:00 de la madrugada. Llevo 19 horas trabajando en la zona de Urgencias del hospital y la sala de espera aún está llena. Han pasado casi dos años desde el inicio de la pandemia por COVID-19 y en España estamos en medio de la sexta ola, pero tampoco han parado de venir los pacientes con las enfermedades de siempre.
Entro a visitar al siguiente: 34 años, viene porque ha tenido febrícula esta mañana, ha estado en una fiesta hacinado sin mascarilla y ha decidido no vacunarse porque leyó algo en redes sociales y no se considera un individuo de riesgo. Dice que habría venido antes, pero que el tiempo de espera era demasiado y a estas horas es todo más expedito.
No le gusta que le pregunte si no se ha vacunado por alguna contraindicación médica, ni que le diga que no haremos una prueba rápida porque se la puede hacer en casa. Tampoco que le recete, de momento, paracetamol, reposo y aislamiento. Ni que, a pesar del esfuerzo que estoy haciendo por el cansancio físico y mental que siento, le explique que le haremos una prueba de PCR cuyos resultados tendremos al día siguiente. Él los quiere ahora porque tiene un viaje planeado.


No le gusta que le explique, a las 4:00 de la madrugada y con cara de no poder más, que la PCR podría ahora darnos un resultado negativo, cómo funciona el mecanismo inmunológico de replicación viral o que posiblemente haya que esperar. No solo su cara dice que no le gusta. Me lo reclama. Mi trabajo está pagado con sus impuestos, dice. Soy personal sanitario y es mi deber atenderle cómo y cuando él considere. Me amenaza con hacer un reclamo por mi atención mediocre. Me acusa de discriminarlo por haberle interrogado sobre su estado de inmunización. Levanta la voz. Ahí dejo de escuchar.


Me refugio en mi interior, como tantas otras veces ha ocurrido ante los episodios más oscuros de mi corta carrera. Como cuando estaba de guardia en Venezuela, en las noches caraqueñas, y recibíamos tantos muertos por heridas de bala. Como cuando debía dar la noticia de una muerte, paliar el sufrimiento de un anciano desahuciado, mantenerme fuerte al recibir el agradecimiento de un superviviente. Esta vez en mi refugio solo escucho estas palabras: “Ya no quiero ser médica”.


Formo parte de una sociedad que ha vivido su peor debacle reciente y no ha sido capaz de aprender nada, porque no ha querido hacerlo. Que, enfrentada a la muerte, ha sentido tal pánico que ha optado por negarse a sí misma lo que le ocurre: es más fácil creer cualquier teoría conspiranoica que aceptar la catástrofe y nuestra responsabilidad en ella. Mirar hacia afuera en vez de mirar hacia adentro. Los culpables siempre serán otros. Tanto miedo nos produjo la muerte que decidimos abandonar la vida.


Hasta marzo de 2021, la pandemia había dejado al menos 17.000 muertes de personal sanitario en todo el mundo. Estas cifras no alcanzan a narrar el repunte de patologías mentales, síndrome de burn out o suicidios.
No se trata solo del desprecio sostenido de la población, que se contrapone a la hipocresía de los aplausos que se nos brindaba al inicio de la cuarentena, sino de la sensación persistente de indefensión e injusticia ante un sistema inhumano de contrataciones precarias, sueldos de hambre y explotación, además de la naturaleza del ejercicio sanitario, tan cargado de dilemas éticos.


Esta es una derrota ante la oscuridad de la ignorancia voluntaria, ante la indisposición de la gente para escuchar y comprender, para cuidarse y cuidar de los demás.
Hay una pérdida de sentido en cuidar -incluso de sí mismo, vaya absurdo paternalista- a quien no quiere ser cuidado, y de sostener continuamente al privilegiado que se da el lujo de vivir en negación. También en la discusión sobre la universalidad de la atención sanitaria, la cual es conceptualmente incompatible con la vocación médica: es una aberración —filosófica, legal y ética— forzarnos a los médicos a discutir algo que corresponde a gestores sanitarios, economistas o políticos.


Las autoridades han pretendido que tomemos decisiones que no nos corresponden, que decidamos quién vive y quién no, que distribuyamos las consultas según niveles de gravedad a distintos tipos de centros sanitarios o reservemos al recurso médico altamente preparado para los casos complejos. En cada localidad, los médicos hemos tenido que luchar para que se escriban protocolos de actuación. No hemos tomado decisiones que ética y legalmente no podemos tomar, ni hemos replicado su improvisación, pero han pretendido que lo hagamos.
Nos hemos convertido en los tontos útiles y los chivos expiatorios de un sistema político que no ha tenido capacidad de tomar estas decisiones incómodas, comprometedoras y desagradables que este tiempo de crisis ha ameritado, un reflejo impecable de la ciudadanía a quien representa.


Formarme como médica me ha tomado cerca de 20 años y llevo 10 de ejercicio profesional. No sé hacer otra cosa. Pero he perdido ya la salud, la ilusión y parte de mi identidad. He hecho lo posible por seguir, pero ya no puedo más. Me pregunto con tristeza, por mí misma y por los míos, quién seguirá dispuesto a hacer este trabajo sucio y desvirtuado. Qué podría hacerse para evitar o al menos frenar la pérdida de personal sanitario alrededor del mundo.
No se me ocurre nada. Solo, para empezar, que si vas a seguir ciego voluntariamente, por lo menos no vayas a la sala de Urgencias a las 4:00 de la madrugada.

(*) María Eugenia Quintana es médica venezolana, especializada en medicina interna y enfermedades infecciosas. Trabaja en urgencias hospitalarias en Barcelona, España, desde 2018.


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