Escribir y leer en pareja no solo es posible: puede ser mejor

Joseph Conrad y su mujer, Shakespeare y Agnes; Paul Auster y Siri Husvedt, Stephen King y Tabitha, son sólo algunos ejemplos de convivencia y creatividad. La opinión del otro, la ayuda, y el sostén en momentos de dudas.

Entre sistemas de correcciones, la intimidad de la mirada del otro, el acompañamiento en la rutina y muchas veces la mera frustración, las parejas creativas recurren a la figura del “primer lector” para probar, puertas adentro, las fortalezas y debilidades de un texto antes de que la publicación lo propulse al mundo exterior. ¿Cómo conviven el amor y la escritura? ¿Cuáles son las ventajas de tener un primer lector puertas adentro? ¿Qué se juega en esa instancia hogareña antes de que un texto salga al mundo?


La esposa de William Shakespeare era analfabeta pero eso no le impidió “leer” a su marido. En la novela “Hamnet”, publicada este año por Libros del Asteroide y puesto estable en las listas de libros del año, la escritora Maggie O’Farrell recupera y celebra la figura de Agnes Hathaway y explica que a pesar de que no sabía ni leer ni escribir -algo habitual en las mujeres del siglo XVI- acompañó e incentivó a su marido en el ascenso a lo más alto de la literatura universal.

“No quiero críticas”, le decía Joseph Conrad a su esposa cuando le daba a leer el manuscrito de alguna nueva novela. “Solo busco elogios”, aclaraba, aunque en esa lectura, supuestamente pasiva, encontraba la confianza necesaria para cerrar la obra y publicarla.

Hay rastros de “primeros lectores” en toda la historia de la literatura, pero las épocas, las particularidades de cada pareja y la forma en la que se asume el rol configuran distintas dinámicas.

Mark Twain, por ejemplo, se casó con Olivia Langdon luego de haberla conquistado en una lectura de Charles Dickens. Ella fue su editora, su asistente y hasta terminaba los artículos del escritor, además de ofrecerle su punto de vista como mujer. Olivia, además de escribir se ocupó de promover la obra de Twain hasta su muerte.

Leon Tolstoi y Sofía, estuvieron casados 48 años. Ella transcribió 7 veces “La Guerra y la paz”


¿Más? Vera Slonim se casó con Vladímir Nabokov en Berlín, aunque fijaron residencia en Estados Unidos tras huir de los bolcheviques. La intrincada relación que tuvieron hizo que ella no sólo escribía a los editores en nombre de Nabokov y atendiera sus llamadas, sino que llevaran juntos un diario íntimo. Ella fue su chofer y se sentaba junto a él cuando daba clases en la universidad. Pero fue también su gran biógrafa y quien rescató Lolita del fuego. Trabajaron en equipo escribieron juntos, y se corrigieron.

Las parejas creativas suman también a Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, George Eliot y George Henry Lewes, Henry Miller y Anaïs Nin, F. Scott Fitzgerald y Zelda Sayre Fitzgerald; Zadie Smith y Nick Laird; Margaret Atwood y Graeme Gibson; Martin Amis e Isabel Fonseca; Ernest Hemingway y Martha Cellhorn, Paul Verlaine y Arthur Rimbaud, Ted Hughes y Sylvia Plath.

Tal vez por la profesionalización del oficio o por cierto interés vouyerista en las rutinas, la literatura contemporánea da más pistas sobre el rol de esos primeros interlocutores y varios de los grandes autores contemporáneos han confesado en qué medida esas devoluciones “puertas adentro” han sido fundamentales para cimentar una obra.

Los escritores Siri Hustvedt y Paul Auster comparten en su casa de Brooklyn una dinámica tan hogareña como literaria. En octubre, durante una entrevista con Télam, él contó cómo se ayudan en la tarea creativa: “En una primera etapa, nos dejamos tranquilos. Trabajamos con nuestros pensamientos y proyectos solos. Después, tenemos conversaciones informales, nos contamos. Pero el servicio más importante que nos damos es que somos el primer lector del otro. Cuando estoy escribiendo algo, le pido que se siente en una silla y me escuche leerle en voz alta. Me escucha con mucha atención y después dice: Hmm, no creo que esa palabra funcione´ ono has desarrollado la idea, necesitas otro párrafo´. Son cosas así, que son de mucha ayuda”.

Los escritores Siri Hustvedt y Paul Auster comparten en su casa de Brooklyn una dinámica tan hogareña como literaria.


Cuando termina, Auster le entrega el manuscrito. Ya conoce a su primera lectora: “Siri siempre tiene la razón. Cada vez que me ha hecho una sugerencia, tenía razón y lo he cambiado. Y yo hago el mismo trabajo para ella. Somos críticos el uno con el otro porque valoramos nuestro trabajo y creemos en lo que hacemos”.

¿Ser primeros lectores es una de las formas que adopta el amor? “Sí, supongo. Se siente un poco así”, respondió Auster.

“Rossetta ha sido la columna vertebral de mi existencia y sigue siéndolo. Cuando era director de teatro prestaba más interés a su veredicto que al de los críticos. No he publicado una sola línea que ella no haya leído antes”, cuenta el italiano Andrea Camilleri en “Háblame de ti”, el breve libro-herencia que escribió para contarle su mundo amoroso y literario a su bisnieta Matilda. “Siempre he seguido sus inteligentes y agudos consejos, hasta el punto de que me he visto obligado a reescribir decenas de páginas de mis novelas”, admite en el texto.


Cómo nació Carrie



El gran maestro del terror Stephen King le agradece cada vez que puede a su esposa Tabitha el acompañamiento para salir de la droga y haberle devuelto su autoestima cuando pensó en dejar la escritura. Tabhita, como King, es escritora y tiene más de 15 libros editados.

A los 26 años, King tecleaba todas las mañanas durante dos horas en la máquina de escribir portátil que le había regalado Tabitha, pero la trama de “Carrie”, la novela que lo convirtió en bestseller, no lo convencía. “Continué porque no tenía nuevas ideas, pero sentía que estaba escribiendo el peor libro de la historia”, cuenta en “Mientras escribo”, un libro a mitad de camino entre la autobiografía y la clínica de escritura.

Enojado, antes de ir a dar clases a la Academia Hampden, King hizo un bollo con las hojas y las tiró a la basura. Cuando regresó, encontró a su mujer con los papeles alisados sobre la mesa: “Tienes que escribir esta historia. Es una gran novela”. King obedeció y le entregó a la editorial las 200 páginas de “Carrie”.


Un engranaje de amor y correcciones



En la última página de “Maratonista ciego”, el escritor, director teatral y dramaturgo Emilio García Wehbi ensaya un largo párrafo de agradecimiento: “Maricel Álvarez, mi primera lectora, aquella que no solo posibilitó la escritura de este libro sino tantas cosa en mi vida, acompañó la elaboración del texto desde su gestación con comentarios y observaciones que me posibilitaron entender la naturaleza intrínseca del mismo”. García Wehbi cierra con una cita al filósofo Emmanuel Levinas: “Se es en el otro”.

“Llevamos 22 años conviviendo como pareja amorosa y artística en donde los límites del amor y de la creación son difusos -cuenta el dramaturgo en diálogo con Télam sobre ese entramado de críticas, correcciones y relaciones no previstas-. Prima entre nosotros una idea del cuidado del otro en todos los ámbitos en los que desarrollamos vida y obra”. Esa relación de cuidado, explica, hace que no compitan y que puedan aportar toda la potencia al trabajo del compañero. “Los aportes que nos hacemos o recibimos suelen ser siempre oro en polvo, por atinados y oportunos”, define.

“Coincido con lo expresado por Emilio. Y sumo: nuestro profundo afecto y admiración por el otro no se basa en compartir gustos u opiniones sobre las cosas; más bien se sostiene en el auténtico interés por cómo mira y por cómo piensa el otro -y por la diferencia de esa mirada, que siempre me enriquece, me asombra, me inquieta- , en el deseo de tener una conversación con el otro -y en esa conversación sorprenderme, divertirme, cuestionarme, o reafirmarme-”, advierte la actriz, directora y curadora Maricel Álvarez.

“Cuando Emilio escribe suele hacerlo de un tirón, en períodos en los que concentra toda su energía y su tiempo a la escritura. Son jornadas intensas, que lo dejan agotado. Descerebrado, suele decir él. En las pausas, entonces, que necesita para tomar impulso nuevamente y recuperar sus fuerzas, me cede su asiento frente a la computadora y me pide: leé hasta aquí”, recrea.

Tabitha y Stephen King, una pareja creativa.


“Lo hago encantada, pues se trata de una invitación que es a la vez un privilegio: estoy leyendo lo que será su próxima novela o texto dramático, pero también estoy leyendo aquello que quedará en el camino, cuando edite y pula el material. Estoy leyendo lo que no va a sobrevivir”, confiesa ella y advierte que sus correcciones suelen orbitar alrededor de “las cantidades justas y necesarias” porque “Emilio tiene una imaginación frondosa y una tendencia al exceso”.

A veces esas observaciones son descartadas: “Es comprensible, él tiene la totalidad de la obra, de la historia en su cabeza, yo discuto fragmentos, pasajes”.

También él interviene en su proceso creativo: “Tenemos un intercambio casi técnico, podría decir: hablamos del espacio, tiempos de duración o formatos. Es un observador extraordinario de las formas, puede desmontar un espectáculo y detectar sus posibles fallas dramatúrgicas con ojo clínico. En eso, nuestro intercambio siempre es muy útil y nutritivo”.

Malena Rey, editora, periodista cultural, artífice de la editorial Caja Negra y autora de un newsletter en Cenital, vive en pareja hace una década con el escritor Nicolás Schuff, en quien reconoce un “interlocutor permanente”.


“Él suele escribir sobre todo textos breves y darles muchas vueltas, reescribirlos mucho, así que creo que le sirve tenerme cerca y que yo funcione como primera lectora y filtro de algunas pruebas preliminares. A veces me lee lo que escribe en voz alta y otras veces me lo manda por mail para que yo le dé mi impresión. Otras veces prefiere no mostrarme y que sea una especie de secreto”, cuenta Rey sobre las distintas formas en las que hace esa primera lectura. Editora con muchos años de oficio de correctora, asume que la suya es una responsabilidad grande: “Cuando alguien escribe algo tentativo, probando un tono o un procedimiento, en general tiene más dudas que certezas, así que esos primeros comentarios pueden llegar a hacerlo torcer el destino del texto. Trato de ser cuidadosa y atinada con el uso de mis palabras en esas primeras devoluciones”. En cambio, ante las ideas son embrionarias se siente “más impune”: “Le digo lo que haría yo con eso, o le sugiero títulos posibles de textos a los que le cuesta encontrarle uno”.

Esa dinámica tiene, además, un correlato en la lectura. “Nuestras bibliotecas se fusionaron y están muy vivas. No solo porque las seguimos alimentando, sino porque permanentemente los dos trabajamos con libros, sacándolos de los estantes, haciéndolos cruzar con otros. Muchas veces compartimos momentos de silencio cada uno en su libro. Suele suceder también que termino de leer una novela y la empieza él, o viceversa”, describe Rey.

Habituados a los límites difusos de las esferas del amor y la creación, los primeros lectores, editores de entrecasa, asumen un rol fundamental: criticar, corregir y dialogar con la primera versión de un texto desde la confianza que da ser parte la intimidad del autor.


Otras parejas creativas y complejas



Sofía transcribió siete veces Guerra y Paz (dependiendo de la edición, puede superar ampliamente las dos mil páginas).

Nacida Sofía Bers, Sofía Andréyevna Tolstáya y León Tolstói estuvieron casados cuarenta y ocho años durante los cuales ella ofició de escriba y agente. Fue escritora, fotógrafa y copista. A pesar de los dieciséis años que le llevaba Lev Nikoláyevich Tolstói, Sofía fue un poco madre también: logró que su marido abandonara su condición de jugador.

Tuvieron trece hijos. Y aunque el mismo autor declaró que su mejor momento intelectual vino de la mano de su esposa, en sus últimos años se alejó. “No puedo explicarlo, no tengo fuerzas para seguir sus enseñanzas”, escribió el hombre tras Ana Karenina. Ella, amargada, corrió a su encuentro cuando supo que una mortal neumonía lo afectaba. No le permitieron acercarse por el horrible estado de Tolstói pero luego de la dosis mortal de morfina, ella lo besó en la frente y le pidió perdón de rodillas. Fue la última escena que el escritor ruso vivió antes de cerrar los ojos.

Por Ana Clara Pérez Cotten.-


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