EN CLAVE DE Y: Ensalada mixta

Por esas conexiones impensadas que hacen las neuronas cuando no las forzamos -lo que se llama «asociación libre»- y sin la menor intención de hacer ninguna asociación, salvo entre mi mano y el mate, escuchaba las actividades que realizaron las entidades que agrupan a los no videntes, en el Día del Bastón Blanco, que fue el sábado pasado. Alguien decía algo sobre el salto entre la indiferencia y el compromiso a partir de la educación, que parece se está dando.

Entonces alguna otra neurona aceitó derrapando en mi propia experiencia del postoperatorio, y de cómo me había aportado una mayor sensibilidad hacia tanta gente «diferente», que tiene que vivir, o sobrevivir, en ámbitos que van en cámara rápida y ellas, esa gente, yo, en cámara lenta. Se naturaliza al «otro», se metió otra neurona, se lo cosifica, y ya no se lo «ve». Quiénes son los verdaderos ciegos; deslizó irónica.

«Naturalización». Otra sinapsis aportó que viene de naturaleza, concepto aristotélico para diferenciar el mundo humano del que viene dado. Y que dieron lustre los «descubridores» de diverso pelaje, de los cuales hemos devorado historias, como los que fueron al África, al polo Norte y Sur, a América? donde lo que había era nada, era inferior, dado que llegaba la civilización.

A esta altura, que en tiempo neurónico fueron segundos, se me había derramado el mate, puesto que no podía seguir el ritmo loco que esta ensalada estaba provocando en mi perezoso rato tempranero. Después de una puteada dirigida contra mí misma, y deteniendo la neurona que quería meter su granito de sal introduciendo la imagen Maradona versus periodistas, me resigné y seguí a mis neuronas libres que ahora, como sucede siempre, estaban pariendo una idea que quería compartir con usted.

Noticia: no existe la «naturaleza», no en ese sentido estático de lo dado e intocado, lo permanente. Primero, porque nunca fue así. Aun ahora, seguimos considerando el verde y el agua, en nuestro ingenuo imaginario, como un escenario de fondo a nuestras actividades. En «Jurassic Park», Michael Crichton le hace decir a Ellie, la botánica que analiza el hábitat de los dinosaurios clonados, que las plantas libran su propia guerra, desarrollan sistemas de atracción y defensa, devoran y defienden, y bien que lo veo en mi jardín, y usted también, si no es «ciego». Segundo, hemos -me refiero a la raza humana- penetrado en cuanto lugar existe fuera o dentro del agua. Y lo hemos transformado; para mejor o peor usted sabrá. El señor Al Gore, que acaba de disertar en nuestro país, dice que para peor, y lo demuestra, si bien no hacía falta que lo dijera, puesto que usted sabe que los glaciares se están derritiendo, que devoramos todo lo verde mejor que las langostas, y que los tiempos se están acelerando, tal como dice lo poco que entiendo de la teoría del caos, específicamente aplicada en lo climático. Poné que vea «El día después de mañana», se mete una neuronita. Bueno. Ya lo puse. Lo cierto es que de lo natural queda poco, de tal forma que en la sociología, la geografía y otras «ías» contemporáneas, esa división entre lo natural y lo humano no existe. Ahora hablamos de ecosistemas, lo cual, quiero interpretar, supone un poco más de respeto hacia nuestro mundo.

Tercero, o final, o lo más importante: no sólo cosificamos o naturalizamos a la «naturaleza», a los pibes que piden monedas, al tipo del bastón blanco o a las tomas, villas de emergencia o como las llamemos. También entre todos: entre hijos y padres, entre hombre y mujer, entre trabajador y jefatura, entre amigos o colegas, entre sur y norte, se gorgoniza al otro: queda estático en un rol, convertido en piedra, en cosa, «naturalizado» inútil, vago, trepador, tramposa, triunfadora, serio, ganador. En roles permanentes.

Y esto es tan mentiroso como lo «natural». No sólo nos deshumaniza, al considerar de bastón blanco a cualquiera: mi neuronita cínica me advierte, para terminar la ensalada con un toque de limón, que alguien está haciendo lo mismo con usted y conmigo.


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