En la isla del Chivo

HÉCTOR CIAPUSCIO (*)

Colón bautizó la isla como “La Española” a poco de desembarcar en América en 1492. Los españoles no tardaron en poblarla con miles de africanos para las futuras haciendas de caña, café y algodón. Los ingleses completaron el proceso. Dividida entre lo que serían Haití y Dominicana, esta isla y sus vecinas fueron visitadas a menudo por piratas en el siglo siguiente. Francis Drake, por ejemplo, saqueó Santo Domingo en 1586. La historia muestra cuán duros han sido los avatares, aparte los atmosféricos, de esta isla caribeña. Entre 1791 y 1801 se produjo, como eco libertario de la revolución de 1789 en París, una sublevación de esclavos en la colonia francesa de Haití. Los europeos y mulatos propietarios eran 30.000, los esclavos africanos 500.000. Se encendió una revuelta atroz –rapiñas, violaciones y crímenes de bandas errantes– cuyos ecos noveló Alejo Carpentier en la prosa lujosa y musical de “El siglo de las luces”. El historiador Lester Langley la clasificó una “revolución desde abajo”, un levantamiento en armas de una población primitiva e ignara, que no podía concluir más que en desastre. Toussaint Louverture, caudillo haitiano, tomó Santo Domingo en 1801 pero Napoleón lo retomó a fuego y sangre en 1802. Después volvió por unos años a ser de España. En 1821 Jean Pierre Boyer invadió Santo Domingo desde Haití iniciando una era de dominio haitiano, depredación y muertes. Pero en 1844 los dominicanos, dirigidos por Juan Pablo Duarte, lograron una incompleta independencia que se consolidó veinte años después por la “Guerra de Restauración”. Tampoco esto fue definitivo, hubo paréntesis impuestos por el gendarme del área, uno el zarpazo de Theodore Roosevelt a principios del siglo XX y, el otro, la ocupación por los marines estadounidenses bajo el signo de la doctrina de Monroe, entre 1916 y 1924. Éstos son antecedentes que sirven para dar marco a una historia contemporánea más conocida y no menos determinante, en cuyo centro se ubica un personaje degenerado y maniático de nombre Rafael Leónidas Trujillo. A este correligionario de dictadores y populistas latinoamericanos como Stroessner, Somoza, Pérez Jiménez, Duvalier etc., se le contabilizan 50.000 asesinatos. Su fama registra, entre todos los crímenes, uno que tiene que ver con la relación conflictiva de la República Dominicana con su vecina Haití y es el más horrendo: la muerte –a machetazos para ahorrar municiones– de 30.000 inmigrantes que él ordenó en octubre de 1937. Se la llama “Masacre de Perejil” por el hecho de que, buscando distinguir los haitianos para víctimas, los soldados de “El Benefactor” les hacían decir “perejil”, que tiene una “r” difícil de pronunciar por éstos. (Es el recurso que en la Biblia (Jueces, 12.6) se llama “shibolet”, la palabra que los de Gilad hacían decir a los de Efrain para sacrificar a los que no podían pronunciar bien la sibilante “sh”.) Trujillo tuvo en el puño a su país desde 1930 a 1961 hasta que, el 30 de mayo de ese año, balas justicieras lo acribillaron dentro de su Chevrolet Bel Air en emboscada nocturna. Muchos celebraron el hecho coreando el merengue popular dominicano “Mataron al chivo” que inspiró el título del libro de Vargas Llosa “La muerte del Chivo”. El escritor peruano dio con su novela un retrato realista de este personaje megalómano que hasta cambió el nombre de la capital Santo Domingo por el de “Ciudad Trujillo” y contó durante la mayor parte de su régimen con el apoyo de Estados Unidos, la Iglesia y la elite vernácula. Mostrando el novelista cómo su interés en República Dominicana y Haití persiste, publicó el 2 de este mes en “El País” de Madrid un artículo con título “Si te portas mal, te va a llevar el haitiano”, en el que comenta que la idea popular que vincula a los de Haití con la brujería, la violencia y la usurpación es una rémora a erradicar en bien de la paz necesaria entre países que comparten la isla y múltiples intereses. Esta fama y el prejuicio de que sea inevitable un choque entre los dos países que empezó a sedimentarse en los tiempos de “El Jefe”, ha infectado el discurso político y se ha visto exacerbado con un reciente fallo del Tribunal Superior que niega la nacionalidad a hijos de indocumentados nacidos en la república a partir de 1929, una medida que afecta a miles de hijos de haitianos que trabajan en el país. Como podía suponerse, ha repercutido en una polémica ardorosa según la cual aparecen carteles con reclamos “Fuera, haitiano ilegal”, “Primero la Patria”, “Ellos allá, nosotros aquí”. La cosa recién empieza. De visita días atrás a Santo Domingo, Gonzalo Vargas Llosa, hijo del Nobel y jefe de la Agencia para los Refugiados de la ONU, fue declarado “persona non grata” por un grupo de 60 organizaciones dominicanas que celebran la decisión judicial contra inmigrantes. Y en el acto público que determinó quiénes son considerados bienvenidos y quiénes no, los dirigentes de esas organizaciones pidieron al gobierno que impida en lo futuro el ingreso de Mario Vargas Llosa y, en razón de que su libro sobre Trujillo “ofende la dignidad dominicana”, apilaron, pisaron y quemaron cuantos ejemplares pudieron encontrar en bibliotecas y librerías. El Chivo sigue de fiesta. (*) Doctor en Filosofía


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