«Es un idiota, yo sé lo que tengo»

ar, por otra parte, con Jacques-Alain Miller, del compromiso de alquiler por un arriendo de una duración de seis años. Pasaba allí sus tardes y sus noches, después regresaba a la calle de Lille, siempre acompañado, para recibir a sus pacientes, que, poco a poco, se alejaban discretamente. Atroz sufrimiento de un lado y otro: Lacan vivía como un abandono insoportable esos alejamientos progresivos y hacía todo lo posible por conservar a su alrededor a sus analizantes, los cuales sentían una intensa culpabilidad ante la idea de abandonarlo.

Por la fuerza de las cosas y por la que da la legalidad, el poder encarnado por los Miller, apoyados por Gloria González, Abdoulaye Yérodia y, durante algún tiempo, Laurence Bataille, se convirtió en el único refugio de Lacan.

En esa época, Miller empezaba a recibir analizantes y, por consiguiente, a imponerse no sólo como jefe de escuela, sino como practicante ante la nueva generación analítica, impaciente de distanciarse de los antiguos compañeros de ruta del maestro. Coautor de las obras por publicarse, coinquilino del domicilio donde vivía Lacan, esposo legítimo de su hija preferida y padre de los hijos de ésta, era así el que estaba mejor situado para controlar la redacción de los estatutos de la nueva Causa Freudiana, cuya creación se había anunciado en febrero. Fue en ese momento cuando estalló la última crisis que iba a llevar a la ruptura entre la familia legal y la familia psicoanalítica.

En la recepción de la Casa de América Latina donde se festejó la disolución jurídica de la Escuela Freudiana de París (EFP), decidida por voto mayoritario el 27 de setiembre de 1980, se hizo evidente que Lacan no estaba en capacidad de gobernar a su grupo. Desde el 20 de setiembre, el círculo íntimo sabía que estaba aquejado de un cáncer incipiente del colon. Se lo había diagnosticado él mismo mientras que un médico consultado para una exploración no había visto nada en el examen rectal: «Es un idiota», dijo Lacan, «yo sé lo que tengo».

A su edad, y en el estadio en que se encontraba la enfermedad, no había riesgo mortal. El tumor estaba localizado y no era invasivo, y si la ablación se hubiera efectuado en ese momento, hubiera llevado a una curación. Pero la cosa era ésta: Lacan se negaba obstinadamente a operarse.

Había manifestado siempre una fobia respecto de la cirugía y las enfermedades físicas en general, y no soportaba ningún atentado a su integridad corporal.

La revelación de ese cáncer tuvo el efecto de acelerar la caída de la Causa Freudiana. Una «verdadera» enfermedad, identificada, permitía en efecto, a cada uno abrir los ojos a la «otra» enfermedad, nunca nombrada, nunca diagnosticada, cuya existencia sólo se percibía por síntomas espasmódicos inscritos en el rostro y transformados de inmediato en chisme. En la velada de la Casa de América Latina, hubo pues por primera vez una especie de toma de conciencia colectiva de lo que se había reprimido hasta aquel día: «Ante el anuncio de la victoria», escribe Claude Dorgeuille, «Lacan, vagamente sonriente, no dio ninguna señal de satisfacción (…) Parecía lejano, apretando maquinalmente las manos que venían a ofrecérsele, dando la impresión de no reconocer siempre a los que se le acercaban. Un breve consejo de administración, el último, se celebró en el primer piso, donde se redactó el comunicado que anunciaba que la EFP ya no existía. Lacan se fue sin haber dicho una sola palabra».

Octave Mannoni tuvo una impresión idéntica: «Me miró fijamente mucho tiempo, como para tratar de reconocerme, pero permaneció mudo. Conmovido ante ese espectáculo, tiré por torpeza una copa de champaña. No se dio cuenta. Gloria velaba por él como un animal». Y Maud Mannoni: «Sus allegados lo habían traído como a un fetiche para celebrar la disolución de su propia escuela. Estaba sentado a una mesa, con Gloria haciéndole de mamá.

No reconocía a nadie. Su mirada estaba vacía, su mano inerte. A partir de esa fecha, durante un año, será arrastrado por su círculo a múltiples reuniónes para legitimar con su presencia lo que se hacía en su nombre. Asistíamos a la exhibición indecente de un hombre muy enfermo (…). Lacan se había vuelto enteramente enmudecido, pero el impacto de su leyenda era tal, que las gentes sugestionables lo oían hablar en su silencio».

El 9 de septiembre de 1981, Lacan murió en su casa de campo de Guitrencourt.

Del capítulo «La búsqueda de lo absoluto», un capítulo de la biografía de Jacques Lacan escrita por Elisabeth Roudinesco. Fondo de Cultura Económica.


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