Final conocido

por ALEJANDRO LOAIZA

alejloaiza@yahoo.com

¿Qué es esa extraña fascinación que sentimos como espectadores por las historias de superación que siempre tienen un final feliz? Las mismas aterrizan sobre la pantalla cada año (invariablemente) en diferentes formas. Todas nos enfrentan a estudiantes varios: hombres o mujeres, grandes o chicos, ricos o pobres, intentando un cambio. En ese recorrido encontrarán a «el/la» docente que servirá como disparador de ese proceso.

El principio será similar: una situación desesperanzada casi imposible de superar. Nuestro «héroe» arribará, con cierto pudor, casi pidiendo permiso pero, de a poco, establecerá el vínculo indispensable para promover la transformación. Que (obviamente) será rechazada al principio por los «beneficiados». Luego aceptada incondicionalmente. Más tarde repudiada por el entorno. Y, al final (siempre ocurre), desencadenará en la remoción del docente de su cargo.

A propósito del estreno en video y DVD del filme francés «Los coristas» (2004, Christophe Barratier), la llama vuelve a encenderse. Casi como un nuevo subgénero en el superpoblado espacio de variables cinematográficas, las películas de «superación escolar» ya son marca registrada. En la cinta gala, un docente (Gérard Jugnot) llega a un internado donde niños con problemas deambulan a la deriva del mundo real. Nuestro amigo formará un coro que no sólo resultará ser el bálsamo perfecto de sus existencias sino que también funcionará como catalizador de ciertos dotes musicales ocultos. La historia es sencilla y, sin embargo, nos emociona y atrapa más allá de que ya conocemos el desenlace.

Desde tiempos remotos hasta nuestro buen profe galo han caminado un sinfín de maestros por estos mismos trayectos. Robin Williams logró generar el amor a la poesía en un grupo de pupilos en «La sociedad de los poetas muertos» (Peter Weir, 1989), Michelle Pfeiffer se encarnó en «salvadora» de adolescentes de un barrio pobre en «Mentes peligrosas» (1995, John Smith), trabajo que compartió con James Belushi en «El director» (1987, Christopher Cain) y Samuel L. Jackson en «187» (1997, Kevin Reynolds), Julia Roberts fue la inspiración de las chicas ricas en «La sonrisa de Mona Lisa» (2003, Mike Newell), mientras Kevin Kline también lo lograba en «El club de los emperadores»(2002, Michael Hoffman) y Meryl Streep tomaba el violín para generar la «Música del corazón» (1999, Wes Craven). Y la lista sigue. Todas las cintas transitan los mismos clichés (que adoramos). La eterna resolución agridulce (en la que amamos llorar). Y todo vuelve a empezar.

Nadie, ni los amantes del cine de acción, puede escapar a ellas. No resulta fácil evitar la emoción. Y mucho menos la satisfacción. La de saber que algo puede cambiar. Aunque la realidad a nuestro alrededor es un espejo que, rara vez, arroja estas imágenes, el sueño sigue intacto. El de ver más allá del camino. Porque el cine (como la vida) está plagado de senderos que nos gusta recorrer una y otra vez, más allá de conocer lo que encontraremos al final de los mismos.

Entre tanta exigencia de creatividad valorada por los críticos del mundo para el cine en general, estos filmes parecen anclar (siempre) en nuestro corazón. Y, más allá de todo, es bueno disfrutarlos. Como la inocencia misma de conocerlos irreales. Después de todo, qué es el placer del cine sino soñar despiertos. Aunque al despertar nada haya cambiado.


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