Frente a un mundo cambiante
En otros países una tasa de crecimiento oficial del 6,9% anual sería festejada por casi todos, pero en China es motivo de preocupación porque a juicio de los especialistas significa que ya queda atrás una etapa signada por una expansión vertiginosa. Asimismo, para desazón de los exportadores de materias primas y productos agrícolas, la desaceleración de la economía china ha tenido un impacto muy fuerte en los mercados internacionales. Con todo, en comparación con el estado económico de tres de los países emergentes que integran el grupo de “los BRICS”, al cual la presidenta Cristina Fernández de Kirchner quisiera agregar la Argentina, el de China aún parece relativamente saludable. Brasil ha caído en una recesión agravada por la confusión política, Rusia está depauperándose con rapidez a causa del desplome del precio del petróleo y sanciones occidentales y Sudáfrica enfrenta una multitud de dificultades tanto económicas como políticas. En cambio, por ahora al menos la economía de India está creciendo a un ritmo satisfactorio pero, a diferencia de Brasil, China y Rusia, no es un “aliado estratégico” de nuestro país. La política exterior kirchnerista, lo mismo que la económica, se basó en el presupuesto de que la situación imperante en un momento determinado se prolongaría por mucho tiempo, pero las previsiones de hace un par de años según las cuales China se erigiría en eje de un nuevo orden mundial, Brasil continuaría su marcha ascendiente y Rusia lograría restaurar una variante del imperio de los zares, no tardó en desactualizarse. Mal que les pese a los profetas del hipotético nuevo orden, parecería que Estados Unidos aún no está por hundirse y, si bien la Unión Europea corre peligro de desintegrarse, en su conjunto los países principales que la conforman continuarán desempeñando un papel económico muy importante. Lejos de prenunciar un cambio paradigmático, el aumento de los precios de los commodities que tanto nos benefició en la década pasada ha resultado ser un fenómeno meramente coyuntural posibilitado por la rapidísima industrialización de China y la incorporación de centenares de millones de consumidores a la clase media del gigante asiático. Si bien China seguirá constituyendo un mercado muy importante para los productores de alimentos, la Argentina dista de ser el único país que estará en condiciones de suministrarlos; también lo estarán Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda y Australia, además de Brasil, mientras que los chinos mismos se esforzarán por aumentar su propia producción. China aparte, los aliados o socios “estratégicos” elegidos por el gobierno de Cristina están en graves problemas. A menos que Brasil consiga salir pronto de la crisis en que se ha metido, no dejará de perder valor el real, lo que nos perjudicará mucho al hacer inviables los intentos del próximo gobierno de reducir drásticamente las barreras comerciales. Los empresarios locales, ya debilitados por un gobierno nacional que a veces brindó la impresión de aspirar a la autarquía para que absolutamente todo, incluyendo “los clavos” al decir de Cristina, se produjera aquí, temen verse frente a una auténtica avalancha de bienes brasileños a un tiempo baratos y de calidad superior a los que saben fabricar. Las perspectivas económicas frente a Rusia parecen aún más sombrías que las de Brasil. Según se informa, el país de Vladimir Putin está gastando las reservas acumuladas cuando el petróleo costaba 100 dólares el barril a una velocidad desconcertante para financiar sus guerras y el gobierno, consciente de que es muy poco probable que suba mucho en los años venideros, está adoptando una política autárquica muy parecida a la ensayada por los kirchneristas. Es por tales motivos que, en los meses previos a las elecciones, quienes esperaban formar el próximo gobierno comenzaron a negociar en Estados Unidos con representantes del mundillo político y económico. Dadas las circunstancias, al país no le cabe más alternativa que prepararse para enfrentar los desafíos que le planteará el mundo que le aguarda, un mundo que, bien que mal, no se asemejará mucho al imaginado por los pensadores kirchneristas cuando decidieron que nos convendría alejarnos de los socios tradicionales para acercarnos a otros que, a su juicio, eran mucho más promisorios.