Frondizi y Eisenhower
Se evocan por estas horas las visitas a la Argentina de tres presidentes estadounidenses desde el restablecimiento de la democracia, los dos Bush y Bill Clinton. Pero vale la pena ir más atrás. No tanto como para recordar cuando en 1936 Agustín P. Justo recibió a Franklin Roosevelt sino la segunda visita de la serie, la de Dwigth Eisenhower a Arturo Frondizi, en 1960. Es interesante el parecido del contexto político de hace 56 años con el que enmarca el suceso que comienza mañana. ¿Y el económico? Necesitado de inversiones y de reposicionar a la Argentina en el concierto internacional, Frondizi estaba preocupado por la inflación, la ausencia de reservas, la falta de divisas en la economía, el déficit energético, la deuda externa…
Hay que considerar que Obama es el primer presidente de Estados Unidos que viene a Buenos Aires y que no es recibido por un presidente peronista, ni subordinado ni antiestadounidense, desde Eisenhower-Frondizi. Bush padre, que aterrizó en 1990 en pleno levantamiento carapintada, fue bien atendido por Menem. Siete años después Clinton consagró delante del mismo Menem las relaciones carnales. Pasaron ocho años más y Bush hijo, quien no vino en visita oficial sino que viajó a Mar del Plata para participar de una cumbre multilateral, recibió aquel destrato de Néstor Kirchner, el de la contracumbre, que en Washington nunca más olvidaron. “Siempre que vamos a la Argentina –habrán comentado en la Casa Blanca en el último cuarto de siglo– gobierna el peronismo, pero cada vez nos tratan distinto”. De la pleitesía a la hostilidad. Otro aporte a la proverbial dificultad de los norteamericanos para entender al peronismo de la que ellos se lamentan con complejo de inferioridad porque suponen que nosotros sí lo entendemos.
Pues bien, ahora el anfitrión es Macri, igual que el desarrollista Frondizi, ni peronista ni radical (si bien Frondizi ganó con los votos del exiliado Perón y aparte de su cuna yrigoyenista). Aunque a menudo se piensan las relaciones internacionales como un asunto más institucional que de amistad entre individuos, la política mete la cola y los vínculos personales siempre pesan. Desde el calendario: Obama está viniendo a ver a un presidente asumido hace apenas cien días o poco más, un récord. En términos de mandato del anfitrión, esta visita es la más temprana de las seis.
También el encuentro de Eisenhower y Frondizi fue el de un presidente norteamericano que salía y un presidente argentino que entraba. Frondizi, a cuya jura Estados Unidos mandó al entonces vicepresidente Richard Nixon, fue el primer presidente argentino que viajó a Estados Unidos en visita oficial. Eisenhower retribuyó la visita trece meses después. Frondizi apenas había completado el primer tercio de lo que debía ser su mandato de seis años.
En Bariloche (salvo los dos Bush, todos los presidentes norteamericanos que vinieron estuvieron en Bariloche, incluido Theodore Roosevelt, en 1910, ya expresidente) Eisenhower suscribió con Frondizi una declaración que hacía mención expresa del principio de no intervención, un tema del que se hablará esta semana. A la vez se consolidaba el alineamiento con Occidente. He aquí lo curioso, el núcleo donde la historia, en cierto modo, se repite. La visita de Eisenhower significó la sepultura de la política de neutralidad que la revolución del 43 había impuesto hasta último momento en plena Segunda Guerra y liquidó el aislamiento que el país había tenido durante los casi diez años de Perón, apenas modificado por la Revolución Libertadora. Cualquier parecido con el poskirchnerismo es pura coincidencia.
El giro en la política exterior había sido anunciado por Frondizi en el discurso de asunción, tal como sucedió ahora con Macri, pero se cristalizó a través de los diálogos con Eisenhower, primero, y con Kennedy poco después.
En 1961 Frondizi se reunió en Estados Unidos dos veces con Kennedy (quien, dicho sea de paso, también estuvo en la Argentina pero mucho antes de llegar a la Casa Blanca: el presidente asesinado a los 46 años cumplió los 24 en la estancia de los Cárcano, en Córdoba). Le pidió una rápida implementación de la Alianza para el Progreso. La ayuda económica para desarrollar la industria era la respuesta que Frondizi anteponía al reclamo de Estados Unidos en torno del flamante marxismo cubano. Desde entonces hasta hoy el tema Cuba marcó las relaciones, incluido, desde luego, el intento de mediación que encaró Frondizi cuando recibió en secreto en Olivos al Che Guevara. Es curioso que la visita de Obama a la Argentina, anunciada sin mucha anticipación, sea interpretada por la mayoría de los analistas de política internacional como indivisible –de alguna manera compensatoria– del histórico viaje del presidente de Estados Unidos a La Habana. Eso que los norteamericanos llaman el problema cubano, inaugurado justamente en el final de la presidencia de Eisenhower, principio de la de Frondizi, busca ahora su tardío epílogo tras medio siglo de obstinado bloqueo.
Es cierto, allí hay una de las diferencias –además del peso que tenía la Guerra Fría– con el antecedente bajo análisis. Eisenhower vino a la Argentina en el marco de una gira que incluyó a Brasil (donde se inauguraba Brasilia), Chile y Uruguay, itinerario más razonable desde el punto de vista geográfico que el de ahora, La Habana-Buenos Aires-Bariloche-Buenos Aires-Washington (sí, claro, Brasil no está para recibir visitas). Obama parece creer que tiene motivos para apoyar a Macri con gestos y con elogios, como los que empezó a repartir la semana pasada cuando lo entrevistó CNN en español.
Cuando se trasluce en la desclasificación de documentos un mea culpa norteamericano por el fomento de las dictaduras latinoamericanas, ya Macri no se pronunciará contra la expansión del comunismo como lo hiciera Frondizi para jolgorio de Eisenhower (y de los militares argentinos). Tampoco Obama pasará por la prueba de que alguien interrumpa su discurso ante el Congreso con el grito de “abajo el imperialismo”. No sólo porque ahora no está previsto que el visitante hable ante la asamblea legislativa sino porque Macri no tiene hijos trotskistas. En 1936, por exponer allí, Roosevelt se llevó la mejor anécdota del rubro presidentes norteamericanos de gira por la Argentina. Quien le gritó al presidente de Estados Unidos desde las galerías de la Cámara de Diputados “abajo el imperialismo” fue Liborio Justo (1902-2003). El presidente Agustín P. Justo, su padre, lo mandó preso.
Opiniones
Pablo Mendelevich
@PMendelevich