«Fue como una película»

VIEDMA (AV).- El testimonio de las víctimas de este inesperado acontecimiento es por momentos desgarrador. La explosión provocó, en algunos casos, graves quemaduras en las manos que obligarán a intervenciones, suturas y tratamiento durante varios días. Pero, la peor consecuencia es la que el hecho generó en sus estados de ánimo.

«Fue un minuto, pero no me lo olvido más», afirma Daniel Etman, un periodista local que en esos momentos pretendía cruzar de Viedma a Patagones a reunirse con su padre que llegaba de Bahía San Blas por razones de salud.

«Había resignado el brindis del Día del Periodista -que se celebró al mediodía de ayer en el Hostel Austral- por ir a almorzar con mis viejos», recuerda «El Turco», como se lo conoce en la ciudad.

Hoy está en la habitación 14 del Hospital Artémides Zatti junto a Mauricio Figueroa, un trabajador del Ministerio de Familia que iba a hacer trámites a la localidad maragata. «El me salvó», dice Etman, el periodista de 35 años, señalándolo a su compañero de habitación. Es que al momento de la explosión estaban sentados uno junto al otro, de espaldas a Patagones.

«Cuando llegamos vi que el patrón le echaba combustible de un bidón. Cuando le dio arranque no se encendió y parecía como si se hubiera ahogado. Se sintió un fuerte olor a nafta y ante un nuevo intento explotó», relatan todavía conmovidos los hombres internados.

El techo se despedazó y las maderas incendiadas cayeron sobre sus cuerpos. El menor de los dos, de contextura pequeña, se tiró al agua por un hueco. Mientras «El Turco» intentaba sacarse de encima las llamas. «Cuando vi que se tiraba me di cuenta de que no quedaba otra y me tiré yo también», recuerda ahora con las manos vendadas producto de la gravedad de las lesiones.

La descripción de los hechos en boca de Etman y Figueroa es escalofriante. «Fue como una película», coinciden. «Cuando le dio arranque a la lancha, explotó, en dos segundos. Y todo fue llamas», dice Daniel Etman. Ya en el agua lo ayudó el propio Mauricio a arrimarse al muelle y ponerse a salvo, aterido por el agua fría del río Negro.

«Tenía culpa, porque no sabía cómo estaba el resto, quería ayudar, pero me tranquilizaron que ya habían salido todos», dice «El Turco». Mientras tanto, la Talita II giraba enloquecida. Sin control.

«Recuerdo que nos asistieron las personas que bajaron de la otra lancha que había amarrado unos minutos antes al lado, y la gente del quiosco, que se acercó», recordó Etman agradecido.

La experiencia de ambos, como la del resto de los tripulantes quedará grabada en la memoria para siempre.


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