«Hice de todo y lo mezclé con la guitarra»

Extraña y azarosa ha sido la vida del músico y compositor José Larralde. De los talleres en Lanús y las mateadas con los amigos a los escenarios y los discos de venta masiva. Larralde es un artista que parece conocer prácticamente todos los ámbitos y situaciones. "Aprendí muchas cosas sin perfeccionarme en nada", cuenta en esta entrevista exclusiva con "Río Negro". Desde ayer y hasta mañana presenta sus canciones en el Alto Valle.

«No me gusta dar notas, yo opino cuando canto». Larralde habla suave, con acento bien paisano bonaerense, todo el tiempo por delante, sin pelos en la lengua. Es de levantarse a las cinco de la mañana y escuchar radio mientras matea, salvo cuando vuelve de gira y le pega duro hasta casi el mediodía.

Le gustan las canciones de José Luis Perales, las películas «de Jean Claude Van Damme, Arnold Schwarzenegger (casi deletreando) y el Rambo de Stallone; mucho Julio De Caro y Gardel, Ignacio Corsini, Charlo, Rosita Quiroga, Nelly Omar… El Turco Cafrune, Atahualpa Yupanqui, Alfredo Zitarrosa, y también Ludwig van Beethoven, Frank Sinatra, Charles Aznavour, Los Beatles, Sandro. A mí me llaman folclorista, pero soy cantor orillero».

En 1967, José grabó su primer disco de los editados en Argentina, pero su trova que habla de oficios, personas y sucedidos a lo largo de su larga vida, llegó a Uruguay, Paraguay, Brasil, Chile, Colombia, Venezuela, México, Alemania, Australia, España… Soldador, ajustador-montajista de máquinas en una textil de Lanús, peón arador; escritor de versos que luego quemó. Nutrió sus textos de esa experiencia: «Galpón de ayer», «Semblanza de mi tierra seca», «El alegre canto de los pájaros tristes», «Si yo elegí mi destino».

«Aprendí muchas cosas, sin perfeccionarme en nada. Hice de todo y lo mezclé con la guitarra. Cuando se armaba alguna fiesta en los rancheríos a orillas de los pueblos que he andado por ahí, me las rebuscaba también con la verdulera (acordeón de doble hilera de botones). En años de sequía, cuando no había cosecha, salíamos con un amigo y la viola para el sur, a tocar en boliches, donde a veces ligábamos unas chirolas. Mechábamos con la bolsa de cereal, el arado, la mecánica o la albañilería.»

Hombre de barba blanca tupida y mirada áspera, fue premiado por la Asociación de Cronistas del Espectáculo con el ACE al mejor disco en el rubro Folclore Solista Masculino, «Como quien mira una espera», editado en el 95. Larralde nació en Huanguelén (1938), a 200 kilómetros de Bahía Blanca. A los siete, garabateaba sus primeros versos. Poco antes de cumplir los 30 se fue a tentar suerte en la Gran Capital del Plata.

«Hago lo mío con honestidad. Puede ser que parezca ingenuo o troglodita. Yo digo mis verdades, no le soluciono problemas a nadie. Jamás me bancó ningún ente estatal», dice y acota con orgullo, «dependo de mis pobres huesos pa» no pasar hambre. A veces me siento un cantor ingenuo, si, lo que digo es menos duro que la realidad. Sé de qué hablo, corrí la coneja por años.»

Vivió cerca del Luna Park, en una pocilga de Constitución, en la Tapera de Bernal cuya fachada aún se yergue derruida frente la estación, «en cuartuchos tan chicos que, cuando entraba, dejaba la sombra afuera… Siempre trabajé duro para comer. Hoy lo sigo haciendo».

Cuando la gola se le entusiasma, José recuerda al Dúo Caminito que, a los dieciocho años, supo integrar con el Bocha Palacios para descubrir la Patagonia trabajando de pintor y ganarse el puchero; al indio Godoy que vio cantar en Bahía desde la vereda de un boliche; el programa radial «Mañanitas camperas» y a Mario Jorge Acuña, su conductor; la peña del cura Monguillot en los albores de Cosquín; a Jorge Cafrune. Cuando RCA le adelantó 100 lucas para comprarse pilchas, él se las arregló con ropa usada y devolvió el resto a los productores de la discográfica, que no salían del asombro.

«El primer instrumento lo recibí cuando tuve sarampión. Había que chuparse una cuarentena encerrado pa» no contagiar. Tendría diez, once años y yo quería levantarme e irme a jugar como cualquier chico, pero había que seguir guardado. Un vecino, guitarrero, me regaló una guitarra vieja atada con piolines a cambio de mi promesa de quedarme en cama. Con ella saqué mis primeras canciones. Ese mismo hombre me dio una verdulera cuando se fue de Huanguelén, Marcelo Romero se llamaba y nunca más lo vi. Le hice una canción, por él estoy en la música», justifica con modestia.

«No puedo dejar de cantar porque si no, no como. Antes era menos complicado, me llamaban de todas partes. Pero hoy, eso no ocurre ni por las tapas y hay que buscar el laburo. No me jode, lo mío es andar caminos, cantando en ciudades y pueblos; a veces actúo para poca gente, pero no todo pasa por los grandes teatros. Algunos creen que porque no aparezco en los medios –y vos sabés que cuesta agarrarme- o no me presento en la avenida Corrientes, no existo. Mi trabajo principal está en el interior, donde le canto a la gente lo que recién le ha pasado, antes de ir al teatro: ensillar un caballo, arar la tierra, compartir a rueda del mate. Por eso me escuchan, porque canto lo que les pasa.»

Hincha de Independiente, de sangre vasca y árabe, José Larralde tiene tantos matrimonios como hijos, tres: el mayor Carlos Romualdo –igual que Gardel- es laboratorista; Julián -por el poeta lunfardo Julián Centeya- es músico; y Lautaro Huanguelén, el menor.

Cuando empezó a ser conocido lo tildaban de comunista o peronista, de contrera. «Alguna vez se ha dicho que hablo del hambre pero como siempre. Supe qué era cuando empecé a comer todos los días, antes creía que saltear comidas era normal. Cuando le canto a Marcelo Romero, al Cabezón Molina, a Tamayo, al Cachiporra de Olavarría, canto para mí, soy un pedacito de cada uno de ellos. Uno se crió de una manera diferente. Ibamos a la primaria, pero ayudábamos a parar la olla en casa. Por eso, tal vez, valoro tanto la libertad, la tierra del barrio, el pueblo provinciano con plaza, iglesia, comisaría, intendencia en el centro, pero a orillas de un camino, un arroyo, el terraplén de las vías. Y se diferencia a la gente que vive del otro lado… De chico también creía que el alambrado era pa» que no se escaparan las vacas; ignoraba que el campo era ajeno y el alambre pa» que yo no entrara. Igual voleaba la pata, lo cruzaba y me hacía amigo de las liebres y las perdices, corría teros a cascotazos, juntaba huevitos en la costa de la laguna Cochicó.»

Cantor y guitarrista surero, fue presentado públicamente por Cafrune en el Festival de Cosquín 1967. Posteriormente y desde hace años, desarrolló su labor artística lejos de los circuitos festivaleros y casi sin apoyo promocional, alejado del consumismo por decisión propia.

Sin embargo, su gente no lo olvida, lo demuestra cada presentación y las ventas de sus discos por más de doce millones de unidades. Su obra más popular «Herencia para un hijo gaucho» sobrepasó los cinco millones de placas y sólo en una semana, vendió 270 mil.

En 1995 Larralde recibió el premio Konex al Mejor Cantante Masculino de Música Folclórica. La primera de sus composiciones en lograr repercusión fue la milonga «El por qué». Le siguieron «Permiso» y «Quién». Fue de los primeros en difundir los loncomeos y cordilleranos de Don Marcelo Berbel.

A la orilla del mercado discográfico, de los festivales, de los cantores complacientes, Don José acumuló credibilidad a lo largo de más de cinco décadas de trayectoria y una enorme obra compuesta por unas 600 canciones, la mitad sin editar: «Sin pique», «Tamayo», «Cosas que pasan», «Mi viejo mate galleta», «Grito changa», los 27 minutos de «Herencia para un hijo gaucho», el recitado «Estatua de carne», la milonga «Aguaterito», su versión de «Quimey Neuquén» de Berbel y Milton Aguilar, «En una lágrima», «Amontonando cansancio», «Voy tranqueando mi mundo», entre otras.

Eduardo Rouillet

Tranqueando su música

Ayer José Larralde inició su gira por la región con un recital en el Centro Cultural de Cipolletti; hoy, a las 22 estará el Cine Teatro Español de Neuquén; y mañana a las 21, en la Escuela 32 de Roca. Escucharlo es participar de una íntima ceremonia, de una cada vez más necesaria mirada sobre la Argentina olvidada. (E. R.)


"No me gusta dar notas, yo opino cuando canto". Larralde habla suave, con acento bien paisano bonaerense, todo el tiempo por delante, sin pelos en la lengua. Es de levantarse a las cinco de la mañana y escuchar radio mientras matea, salvo cuando vuelve de gira y le pega duro hasta casi el mediodía.

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