Javier puso la energía, María Elena la belleza

Espectacular jornada en la décima edición de la Expo Plottier.

NEUQUEN (AN).- La quinceañera se trepó a la reja de contención y, desesperada, transformó su ojo derecho en un lente fotográfico. Gatilló y desprendió de sus amígdalas un alarido que buscó un sólo interlocutor: Javier Calamaro.

El sábado por la noche el músico congregó a miles y miles de personas en el predio de la Expo Feria Plottier, que anoche cerraba su décima edición con el plato fuerte, un show con el sello furioso de Catupecu Machu.

Pero volvamos a la jornada del sábado, o mejor dicho, del domingo por la madrugada. Javier Calamaro dejó en claro que puede ser un artista masivo, de esos que venden placas de a miles, se codean con los mejores, se dan el lujo de comenzar un recital a la hora que se les antoja. Esos que despiertan gritos en las adolescentes.

Sus canciones deambulan por el ecosistema rockero, pero están impregnadas con algo -o bastante- de pop. Algunas con letras interesantes, otras marketineras. De una u otra forma, el hermano de Andrés goza de un buen contacto con el público, tiene onda y «chispa»: un plus importante.

La ventisca fresca y el polvo que se levantaba en el predio no acobardó a nadie. Tampoco el intenso humo que escapaba de las decenas de parrillas instaladas en el lugar.

Una vez que comenzó a sonar el primer tema del ex líder de Los Guarros, miles se trasladaron lo más cercano al escenario principal. Y se hizo escuchar el alarido de la quinceañera, y Calamaro aclaró que «es la primera vez en la vida» que tocaba por estas latitudes, y con tono condescendiente dijo que esperaba «se repitiera por cien años más».

Cayó el primer hit con «Navegar», pero antes el cantante reveló el gusto de la banda: «respetamos el veredicto del jurado, pero nos gustaba la 6». ¿A qué se refería? A que antes de su show eligieron a la reina de Plottier, y la elegida fue María Elena González, una hermosa muchacha de 19 años; ella será acompañada durante un año por la primera princesa Marisol Lara, y por la segunda, Jazmín Valdéz.

El primer tema calentó la maquinaria, algo helada por el tímido pero persistente viento que golpeó en el predio. El coro fue ganando voces con el correr del recital, mientras Calamaro cantaba cargando un niño, y el «Indio» Márquez ponía los mejores toques «violeros» a una noche cargada de emociones. Una de las mejores canciones fue esa que en el último disco -Kimika- canta con su hermano.

«No me nombres» desprendió los mejores momentos, una ovación contenida pero sentida; quizá en ese momento se pueda entender el éxtasis de la quinceañera trepada a la reja.

Calamaro contonea su espigado cuerpo, lo hace balancear acomodándolo a los punteos del «Indio», desperdigando quizá más energía de la que contagia su música. Es un entusiasta, un quitapenas.

Las miles de almas agradecen la energía, dentro y afuera del predio. Muchos ya se imaginan en los pogos de Catupecu. Y entonces se dan cuenta que podrán conciliar el sueño.


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