Juan Cedrón, el tata del tango

Volvió a Neuquén con su cuarteto y ofreció un recital espléndido.

NEUQUEN (AN).- De entrada la cosa no es habitual, y no es que han contado mal sobre el escenario. En cierta ocasión su voz grave aclaró tal circunstancia, recordando que si los Tres Mosqueteros eran cuatro por qué su cuarteto no podía ser de cinco. Entonces, si los parámetros ceden, por qué no hacer una forma de tango distinta, rozando el humor y el misterio, la luminosidad y lo oscuro.

Claro, Juan «Tata» Cedrón siempre fue un hombre que sacó los pies del molde. Porque instrumenta sus canciones borrándole información a la cadena genética del tango, seduciendo con un estilo único, de impronta, de marca registrada, y a eso le agrega un plus que matizan las veladas con un aura peculiar: baña cada rincón del recinto con poesías exquisitas, sugestivas, maravillosas. En realidad, es más que un plus, sin dudas.

El «Tata» y su cuarteto estuvieron en el cine Español de esta capital el jueves por la noche. Asistió poca gente, es verdad, pero esos 250 aplaudieron de pie a un hombre con porte de abuelo 'malcriador', humor particular y un canto que cuesta descifrar, de voz grave, entre serena y acelerada, un «made in Tata» repleto de contornos claros y otros no tanto.

Donde las cuerdas vocales de tantos naufragan, las de Cedrón tienen aires de conquista, clavan la bandera y provocan un estado de contemplación.

Por momentos revientan las venas y la garganta de este artista que no se cansa de afirmar que retornó a la Argentina -después de tres décadas de exilio en París- porque así lo demandan las raíces.

El amigo del Cronopio mayor tiene las espaldas bien cubiertas, cobijadas por un trío de cuerdas -Emilio Cedrón en violín, Miguel Praino en viola y Román Cedrón en contrabajo- y el bandoneonista Facundo Torres, el bien llamado cuarteto. Grupo que utiliza lo acostumbrado para pisar en tierra firme, y que levanta vuelo en pocos metros, con alas melódicas. El Tata y los suyos hacen de la música una cuestión de principios: belleza y precisión.

Reconforta escuchar sus milongas, valses y candombes, hablar de yugos, putas, cervezas, maníes y catingas, defender los versos de Raúl González Tuñón, verlo robar palabras de los labios de Roberto Arlt. O someterse a la melancolía de Homero Manzi, desde sus ojos y cuerdas, a partir de la retórica y la idiosincrasia de un músico y compositor al que alguna vez la ortodoxia tanguera lo acusó de no hacer honor a los orígenes del dos por cuatro.

Si el «Tata» no canta tango, estuvimos en otro lugar.

Sebastián Busader


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