La autoridad docente desde el pupitre
MARCELO ANTONIO ANGRIMAN (*)
Hoy la idea de crisis de autoridad es una concepción que sobrevuela los cimientos de las escuelas y jaquea la investidura docente. Sobre todo en la educación secundaria. Autoridad viene del latín auctoritas y significa calidad de autor. Eva Giberti lo ha asociado al concepto de “ser garante”. La autoridad precisa de reglas que se cumplan y por ello es la antítesis de la anomia. El docente durante muchísimos años supuso una garantía de tranquilidad, de presencia de ánimo. En la actualidad se ha roto un pacto tácito entre el mundo adolescente y el de los adultos. Hoy en día la autoridad flaquea y los padres suelen estar ajenos a la realidad de sus hijos. Sin embargo estos necesitan de adultos que estén presentes, con la palabra, el diálogo y sobre todo con las acciones. Los adolescentes, sin decirlo, exigen que los adultos referentes vuelvan a ser la garantía que implica la autoridad. Es que el acto educativo presupone una relación de autoridad. Desde la desigualdad que conlleva la diferencia etaria entre el alumno y el docente, un conocimiento mayor y específico de este último y la delegación de poder conferida a su favor por la institución, se infiere una relación asimétrica. Mas el poder no es por sí mismo sinónimo de autoridad y ello quienes prontamente lo detectan son los alumnos. Para los educandos puede haber directivos y profesores que ostenten el poder y que a través del mismo consigan cierta obediencia, mas ello no será sinónimo de autoridad. El educando percibe inmediatamente a quien está delante de él repitiendo mecánicamente fórmulas y postulados, esperando el toque del timbre o, algún día, la llegada de la bendita jubilación. El reconocimiento de la autoridad por parte de los alumnos hacia un docente se testimonia en el respeto y el interés que se advierte en sus clases por su modo de enseñar. Pero ello no es producto de la casualidad. Se trata de educadores que han preestablecido reglas claras sin favoritismos, las que cumplen a rajatabla; que conocen los contenidos de sus materias y saben transmitirlos; que cumplen con su palabra y, por sobre todas las cosas, que reflejan pasión por lo que hacen. Es en la sumatoria de todos estos “tips”, en la preocupación por sus alumnos y en el exigir lo mejor de cada uno de ellos, donde se diferencia al profesor reconocido de aquel que no lo es. Se trata pues de una reverencia a la exteriorización de esa particular vocación, traducida en actos, gestos y palabras. Son los denominados profesores con “keeling”, definidos como aquellos que pueden generar un vínculo basado en la reciprocidad, aun cuando se tenga en claro la distancia que debe existir entre los roles que a cada uno le caben. Más la autoridad para que no se disperse en personas puntuales debiera ser establecida desde la institución mediante un trabajo en equipo, una coherencia y un clima o atmósfera que sustente tal mirada formativa. En tal sentido el hecho de que los alumnos identifiquen en el respeto y en la confianza hacia ciertos profesores valores que les permiten crecer reconociendo voluntariamente su ascendencia, puede ser una de las claves para repensar cómo debiera ser la autoridad no sólo a título personal sino también a nivel escolar y, por qué no, también social. (*) Abogado. Profesor nacional de Educación Física marceloangriman@ciudad.com.ar
MARCELO ANTONIO ANGRIMAN (*)
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