La bondad puede matar

Por Redacción

El arma más poderosa en el arsenal de los islamistas que están librando una guerra santa sin cuartel contra el Occidente no es la bomba humana o el Kalashnikov AK-47. Tampoco lo sería la bomba nuclear sucia que, conforme a los servicios de inteligencia europeos, están procurando conseguir. Es la compasión, la voluntad de ayudar a quienes están sufriendo, que es una de las características más admirables de nuestra civilización contemporánea.

Para obligar a los europeos a abrir las fronteras para que entren millones de musulmanes, entre ellos centenares, tal vez miles, de yihadistas, los islamistas no han tenido que organizar una ofensiva militar. Les ha sido más que suficiente advertirles a quienes, lo entiendan o no, son sus enemigos mortales que cualquier intento de impedir el ingreso masivo de sus correligionarios provocaría más muertes, más hambre, más catástrofes humanitarias, lo que para los europeos actuales sería intolerable.

Lo dijo con todas las letras el cada vez más autoritario “sultán” turco Recep Tayyip Erdogan: a menos que la Unión Europea le entregue mucho más dinero, además de concesiones que harían de su país un miembro de facto del club, aseguraría que decenas de miles de chicos musulmanes como el pasajeramente célebre Aylan Kurdi cuya tragedia, el año pasado en Turquía, fue atribuida por los europeos mismos a su propia falta de solidaridad, mueran ahogados en el mar o en las playas del Egeo. Asustada por tal eventualidad, Angela Merkel le dio cuanto exigía.

La estrategia de Erdogan y otros islamistas se parece mucho a la adoptada por aquellos mendigos en países como la India que se mutilan, y a veces mutilan a sus hijos, para que les sea más fácil conseguir limosnas de los caritativos. Tales prácticas horrorizan a los biempensantes –y brindan materia muy atractiva a cineastas deseosos de denunciar la crueldad del mundo–, pero desde el punto de vista de quienes apenas logran sobrevivir de un día para otro, tienen su lógica: dirían que es mejor ser ciego que morir de hambre.

Los islamistas temen que la civilización con la cual están comprometidos, basada como está en un credo que es demasiado rígido para adaptarse a un mundo que cambia a un ritmo alucinante, no podrá superar los desafíos planteados por la modernidad occidental, y que por lo tanto no les cabe más alternativa que la de declararle la guerra. Es una guerra “asimétrica”, una de guerrilleros que luchan contra ejércitos convencionales que, si no fuera por el código de valores imperante en el Occidente, serían capaces de aplastarlos en un par de semanas, pero creen poder ganarlo actuando como yudocas que derrotan a contrincantes físicamente más fuertes al hacerlos víctimas de su propia superioridad. Puede que hayan acertado: con la esperanza de apaciguarlas, los gobiernos europeos se han habituado a ofrecerles una concesión tras otra. Hace apenas una semana, la mandamás alemana Merkel decidió avalar el procesamiento judicial de un comediante que se había mofado de su interlocutor turco, Erdogan, señalándole así que los europeos ya no valoran la libertad de expresión.

Arabia Saudita se niega a permitir entrar a los sirios e iraquíes que huyen de los asesinos fanáticos del Estado Islámico porque, aseveran los voceros gubernamentales, su presencia en el reino sería desestabilizadora, pero muchos occidentales influyentes se sienten tan conmovidos por lo que está sucediendo en el Oriente Medio y África del Norte que se resisten a dejarse preocupar por los riesgos. Cuando Jorge Bergoglio acusó a los europeos de “indiferencia” frente al horror y, con miras a agregar más brillo a sus propias credenciales morales, acogió en el Vaticano a una docena simbólica de sirios musulmanes que encontró en la isla griega de Lesbos, actuaba como un colaborador de los islamistas que se han propuesto desestabilizar a la ya precaria Unión Europea.

En efecto, con la ayuda vigorosa de la luterana Angela Merkel, una multitud de militantes progresistas y un enjambre de organizaciones no gubernamentales, el papa está contribuyendo a que más personas arriesguen la vida para llegar a los países prósperos del norte del Viejo Continente al hacerles creer que, a pesar de la resistencia de una mayoría creciente de los europeos, podrían alcanzar su objetivo. Otras víctimas de la bondad papal son los cristianos que aún quedan, como rehenes, en Siria, Irak e incluso Turquía: les desespera saber que el santo padre está más interesado en procurar congraciarse con los islamistas presuntamente moderados que en tratar de proteger a sus propios correligionarios contra quienes están violándolos y matándolos sin que los líderes de los países occidentales hagan más que declararse horrorizados por tanto salvajismo, para entonces aconsejarles a no olvidar que muchos musulmanes están sufriendo un destino igualmente terrible.

Aunque los islamistas más radicales han optado por la barbarie por entender que les resulta ventajosa, entienden muy bien cómo funcionan las sociedades occidentales contemporáneas. Con habilidad notable, se las han ingeniado para aprovechar mucho de lo que las diferencia de las islámicas: la democracia pluralista, el multiculturalismo, el respeto por los derechos humanos, el repudio a la discriminación por motivos religiosos, étnicos o, siempre y cuando no sea cuestión de nazis declarados, políticos. Gracias a los esfuerzos de sus propios propagandistas y sus aliados coyunturales, en algunos países occidentales cualquier manifestación de lo que llaman “islamofobia” suele ser tratada como una forma de “racismo”, de ahí los intentos de las autoridades alemanas y suecas de amordazar a los medios locales cuando bandas de inmigrantes o sus descendientes cometen delitos.

Mientras que en el mundo occidental clérigos como Bergoglio, políticos e intelectuales dan prioridad al torneo moral en que están compitiendo al llamar la atención a la nobleza de sus propios sentimientos, en otras latitudes abundan personajes de ideas tradicionales que están más que dispuestos a sacar provecho de lo que toman por un síntoma evidente de debilidad. Para ellos, los temas que atormentan a los occidentales más destacados carecen de sentido. Toda vez que un dirigente occidental dice que sería imposible frenar el influjo de refugiados o migrantes económicos, o poner fin a las atrocidades del Estado Islámico, los guerreros santos tienen más motivos para creer que, andando el tiempo, su causa triunfará. No es inconcebible que resulten tener razón.

James Neilson

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