“La epidemia de obesidad es mayor en zonas de bajos recursos

El nivel de ingreso es determinante para acceder a alimentos saludables.

Las expectativas del consumidor, su sensorialidad, hábitos y posibilidades de acceso a cada alimento son diversos parámetros que dialogan en el individuo a la hora de elegir qué comer. Defasajes en esas conductas como el sobrepeso y la obesidad pueden ser estudiadas desde esas perspectivas.

El especialista en análisis sensorial de alimentos, doctor en Química e investigador emérito de la Comisión de Investigaciones Científicas de la Provincia de Buenos Aires (CIC) Guillermo Hough entiende que el creciente interés por una alimentación saludable por parte de la población plantea una serie de desafíos para mejorar su salud y entender de qué manera y bajo qué condicionantes se lleva a cabo el acto de consumir.

–Según la Organización Mundial de la Salud, al menos 41 millones de niños menores de cinco años son obesos. ¿Cómo se combate ese fenómeno?

–La epidemia de obesidad y sobrepeso es mayor, paradójicamente, en las personas de bajos recursos. En nuestro país, la gente que no tiene un ingreso alto no es que no puede comer, lo que no puede es elegir una dieta saludable. La situación de pobreza te lleva a consumir alimentos ricos en energía y grasa porque son los más económicos, los que están contenidos dentro de los programas alimentarios municipales y acentúan el problema. Que un nutricionista diga que hay que elegir brócoli está bien, pero hay gente de bajos recursos que no tiene la posibilidad de llegar a esos alimentos. No pasa tanto por los consejos nutricionales, se trata de mejorar el poder adquisitivo de la población.

–Se refiere a un cambio social, más profundo, pero ¿cómo se modifica un hábito tan arraigado en la cotidianidad del individuo como es el acto de comer?

–Hay que postergar el placer de la comida por otro ulterior, que también va a ser muy satisfactorio y, por eso, voy a hacer el esfuerzo. Muchas veces pasa que la gente de bajos recursos no tiene ese otro objetivo como prepararse para un viaje o hacer un deporte, y entonces, frente al evento de comer, se termina haciendo foco solo en la comida. ¿Por qué le vamos a pedir que postergue su placer? No buscan algo más allá y eso genera un conflicto. Las personas con otro ingreso planean, por ejemplo, hacer un trekking por la Patagonia y saben que tienen que permanecer en forma para lograrlo.

–¿Hay una conexión real entre las emociones y la elección de la comida?

–A través de encuestas y otros estudios analizamos qué emociones generan diversos alimentos y bebidas. El alcohol, por citar un caso, generó en varias personas de bajos recursos emociones negativas como enojo o angustia; en cambio, en la gente de clase media produjo sensaciones relacionadas al amor, la amistad, porque lo identifican con una situación de reunión, festejo. Por otro lado, hay personas que tienen pocos ingresos para dedicar a la comida y, si alguien de la familia tiene ganas de tomarse una bebida alcohólica, gasta los pocos recursos que tienen en eso; ese gusto influye en el presupuesto familiar y suscita angustia, conflicto al condicionar la alimentación familiar.

–Vinculado a eso está el estrés, otro de los trastornos que aqueja a la sociedad actual…

–Exactamente, uno de los factores que potencia la obesidad es el estrés. Ante una situación estresante el organismo pide ingerir más azúcares y grasas. En ese momento, la necesidad de estar sano queda relegada y se busca la gratificación a través de la comida. Los que más sufren estrés en la población son aquellos de bajos recursos, que se quedan sin trabajo, no les alcanza el dinero o tienen problemas de salud. Todo eso hace que, para mitigar esa ansiedad, se vuelquen a comer en forma indeseable y se genere un círculo vicioso que termina contribuyendo a la epidemia del sobrepeso.

(Agencia CTyS-UNLaM)

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Salud


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