La fuga del prisionero
Son tiempos duros para comunicarnos. El cambio de gobierno dejó aparentes heridos y supuestos vencedores. Escribo “aparentes” y “supuestos” porque es importante marcar que la democracia, si tiene una virtud, es la de ofrecer canales para la alternancia y la confrontación dentro de ciertas reglas de juego. Una de ellas, por supuesto, es aceptar los resultados electorales. Que, obviamente, en el largo tiempo histórico no son definitivos, pero que en la coyuntura son vividos como tales. Sobre todo, si involucran despidos y ajustes en la economía, porque impactan directamente en la cotidianeidad de las personas. Esa sensación de Armagedón se refuerza porque las distintas fuerzas políticas apelaron, durante años, a una retórica apocalíptica, maniquea y épica, que no fue acompañada por una construcción de consensos acerca de muchas cuestiones que deberían haber encarnado en definiciones concretas. Dos ejemplos polisémicos por excelencia: “cambio” y “modelo”. Un premio a quien indiqué qué no quieren decir. El resultado es que ante ese vacío conceptual todo es más o menos lo mismo, y predomina el énfasis en las formas: en las campañas, en las declaraciones y en las ponderaciones políticas. La famosa “grieta”, en parte, no deja de ser un comodísimo chivo expiatorio para escurrirle el bulto a otras definiciones, o para camuflar problemas estructurales irresueltos. Reducir todo a un cambio de forma es superficial. Nos trataremos bien, pero seguiremos rifando nuestros recursos; acaso nos apaleen próximamente, pero tratándonos de usted. En síntesis, las formas y los nombres son importantes, porque hacen a la convivencia, pero debemos estar atentos a que no absorban otras dimensiones de la vida política. Sin embargo, también es necesario reconocer que en tanto no volvamos a discutir será muy difícil articular algunos consensos. Mucho más sencillo, por supuesto, es quedarse cerrilmente en la posición construida de la propia verdad. En ese lugar estamos. Parecería, por otra parte, que todos tenemos algo que decir sobre todo. Todos tenemos el derecho a hacerlo, por supuesto, pero de allí a que nuestra palabra sea un aporte hay un gran trecho. La compulsión a posicionarse y a emitir juicio también achata el pensamiento. Caer irreflexivamente en ese juego es avanzar en la derrota del pensamiento crítico. Pero extorsivamente, muchos señalan el silencio o la preocupación por temas menos urgentes como cobardía o falta de compromiso. Lo que no sean definiciones sobre la coyuntura son excursiones rumbo a Úbeda. Da muchas ganas de tener un respiro. A veces, hasta de huir. Por ejemplo, a ese territorio de las lecturas juveniles, de las aficiones construidas cuando la omnipotencia de los pocos años nos hacía acercar con respeto pero sin temor a los grandes y eternos temas. Acercamientos que muchas veces tomaban la forma de placeres o actividades “superfluas” pero desde las que canalizábamos nuestras preguntas y respuestas sobre el mundo. Ese espacio del pensamiento debe ser protegido, porque de allí emerge lo mejor de nosotros. “¿Por qué ha de despreciarse a la persona que, estando en prisión, intenta fugarse y regresar a casa? Y en caso de no lograrlo, ¿por qué ha de despreciársela si piensa y habla de otros temas que no sean carceleros y rejas? El mundo exterior no ha dejado de ser real porque el prisionero no pueda verlo. Los críticos han elegido una palabra inapropiada cuando utilizan el término “evasión” en la forma en que lo hacen; y lo que es peor, están confundiendo, y no siempre con buena voluntad, la evasión del prisionero con la huida del desertor. Lo escribió J. R. R. Tolkien entre 1938 y 1939, para una conferencia que tituló “Sobre los cuentos de hadas”, mientras ya pergeñaba “El Señor de los Anillos”. Era una respuesta, claro, a los críticos literarios. Pero la distinción entre la deserción (que Tolkien, veterano de la Gran Guerra, use esa imagen refuerza su potencia) y la fuga de la prisión sería muy útil en estos tiempos que a veces resultan abrumadoramente estériles. ¿Qué veríamos desde fuera de la prisión de los juicios constantes? ¿Cómo volveríamos a la primera línea? ¿Con qué? ¿Con quiénes? ¿Para qué? En marzo de 1939, cuando Tolkien dio su conferencia, la España republicana estaba cerca del colapso y en pocos días más los nazis iban a entrar en Praga. Faltaban seis meses para el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. No hubo apocalipsis, ni Día del Juicio, ni hecatombe nuclear. Hubo, eso sí, mucha sangre, mucho sufrimiento y muchas esperanzas. Millares de mujeres y hombres que pensaron y actuaron alternativas. Prisioneros fugados de la cárcel de tragedias más grandes que la inmediatez, capaces de imaginar futuros y ponerse a realizarlos. Personas como cualquiera de nosotros, seguramente igual de indignados o preocupados, pero quizás no tan absorbidos por el murmullo de las increpaciones y los estigmas donde las cosas se resuelven solo en apariencia, ese estado de la cultura que se parece tanto a un Guantánamo del pensamiento liberador. (*) Escritor y director del museo Malvinas