La Iglesia está insoportable

Por JORGE GADANO

El sexo, y todo cuanto se relacione con esa actividad maldita (condones, anticonceptivos, mujeres aun islámicas, heterosexuales, mucho más homosexuales y lesbianas, pornografía, lenguaje sexista, lencería, Bill Clinton y otros distinguidos presidentes norteamericanos como Roosevelt y Kennedy, y un etcétera interminable), es el blanco principal de una cruzada permanente de la jerarquía católica argentina, que no descansará hasta que todos logremos el estado de pureza que los curas -en verdad, sólo algunos- han logrado gracias al celibato.

No se trata sólo del sexo por el placer, que es el que más ofende a Dios, como lo demostró cuando liquidó masivamente y sin piedad a los pecadores de Sodoma y Gomorra. También el sexo procreativo es una mancha en la pura piel cristiana, porque de no ser así no se denominaría «Inmaculada Concepción» a la de la virgen María, la que también concibió sin mácula a su hijo Jesús. El espermatozoide es una creación de Lucifer.

La Iglesia admite, sin embargo, la relación sexual entre un hombre y una mujer con fines reproductivos, pero rechaza el uso del condón -y de cualquier otro método anticonceptivo- porque inhibe una creación divina, puesta en acto cuando, ya expulsados del paraíso, nuestros antepasados Adán y Eva concibieron a Caín y a Abel. Aquél, después de matar a su hermano, continuó con otra mujer que no se sabe de dónde salió.

La Argentina gobernada por Néstor Kirchner es un país que, según prestigiosos analistas, tiene un manejo «confrontativo» de la política exterior. Eso habría quedado demostrado en la cumbre de Mar del Plata y, antes, en la crisis con el Vaticano producida a raíz de la remoción de monseñor Basseoto del cargo de obispo castrense.

Basseoto había recurrido a una cita bíblica para sugerir que al primer distribuidor de condones del país, el ministro de Salud Ginés González García, «le ataran al cuello una piedra de moler y lo hundieran en el fondo del mar». Lo dijo Jesús respecto de quienes «hacen perder el rumbo» a niños y adolescentes.

Obviamente, el Redentor no se refería a los condones, que entonces, hasta donde sabemos, no existían. Fabricados por el mítico doctor Condom, el primer personaje que los habría usado, en el siglo XVII, fue el monarca inglés Carlos II, con el propósito de prevenir la sífilis. La materia prima para confeccionarlo era la tripa de carnero. Pero antes, en el siglo XVI, el italiano Gabrielle Fallopio recomendaba utilizar una funda de lino fino bañada en una infusión de hierbas astringentes.

Llegada la modernidad, y como los norteamericanos inventaban de todo, dícese que Benjamín Franklin habría inventado un preservativo pero, o el invento falló o no lo destinó a su uso personal, porque, haciendo caso omiso de las recomendaciones sacerdotales, tuvo 53 hijos ilegítimos.

De todas maneras, cualquiera de esos inventos, por su elaboración artesanal y sus asperezas, no era de uso masivo, con lo cual la Iglesia se dedicaba a otros menesteres, como eran los de quemar a judíos y herejes.

Todo cambió cuando llegó el látex, que posibilitó la fabricación industrial del condón y, consiguientemente, su uso masivo. Fue una liberación, porque habilitó la relación sexual sólo por gozarla. Bastaba con colocarse esa funda y ya. Libre del control sacerdotal, uno podía decidir cuándo quería un hijo y cuándo no.

Obviamente, la clerecía no puede abandonar pacíficamente ese control. El pecado debe existir, como condición necesaria para la existencia del poder de absolver. De modo que ahora, después de la cruzada de Basseoto, apareció la de Carmelo Giaquinta, obispo del Chaco, quien, no satisfecho con reiterar la amenaza de enviar al ministro de Salud al fondo del mar, dijo que estaría dispuesto a «animar a los cristianos a la desobediencia civil».

El escándalo que encendió la cólera de Giaquinta se produjo en una escuela de La Plata, donde una madre denunció que a su hija de 11 años y a sus compañeras les habían dado anticonceptivos orales. «La quieren hacer adulta a las patadas», bramó el obispo.

En el fondo, lo que se cuestiona desde la Iglesia es la educación sexual porque, en efecto, aleja a chicos y chicas del confesionario y, por lo tanto, de la tutoría autoritaria de un hombre -y sólo de un hombre- investido de poderes sobrenaturales, que blande sobre ellos la espada celestial que castiga el pecado.

En esa línea, la asamblea de obispos que se reunió en Pilar discutió el miércoles pasado el proyecto de ley que crea el Programa Nacional de Educación Sexual. En una declaración dada a la prensa, los obispos, sin mencionar la proclama subversiva del colega Giaquinta, pretextaron la necesidad de «un amplio debate previo» para demorar la aprobación del proyecto, que perderá estado parlamentario si no es sancionado este mes.

Después de pasar indemne por la comisión de Educación de la Cámara de Diputados, el proyecto fue bloqueado en la comisión de Familia por «padres de familia» que pidieron, en sintonía con los obispos, una «amplia discusión», a la par que aplaudían palabras contrarias al proyecto de la diputada Irma Roy.

Uno de los convocados a discutir debería ser -es lo que piden los obispos- el rector de la Universidad Católica de la Plata, Ricardo de la Torre. En una carta publicada en «La Nación», De la Torre cita a Chesterton para sugerir que quien admite la educación sexual participa «en el canibalismo, o en el asesinato de bebés o en cualquier otra forma de reducir la población». Aunque usted no lo crea.


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