La India apunta a invertir en la vecina Nepal

EMILIO J. CÁRDENAS (*)

Nepal, el particular país del Himalaya, se prepara para recibir inversión externa, consciente de que sin ella su desarrollo seguirá estancado y no logrará romper el aislamiento en que se encuentra desde hace ya más de una década como consecuencia de una larga guerra civil en la que la guerrilla maoísta terminó destronando a un monarca inepto, en el 2006. Desde entonces ha procurado, sin éxito, diseñar y aprobar una nueva Constitución en un ambiente político complejo, en el que el marxismo maoísta sigue siendo el dominador, pero ahora dividido entre los “ortodoxos” (que miran a Mao, como si el mundo y China no hubieran evolucionado jamás) y los “revisionistas” (que, en contraposición, procuran imitar a la China actual, económica y políticamente). El actual primer ministro, Baburam Bhattarai, es maoísta, pero “revisionista”. En rigor, es el segundo jefe de Gobierno de esa línea en Nepal. Por esto ha salido en busca de inversiones provenientes de la vecina India, país que atraviesa ciertamente un momento económico excepcional. Confía así en el Estado en el cual, de joven, estudió arquitectura en la Universidad Jawaharlal Nehru. Como es normal, la India le ha abierto los brazos, pero en las condiciones habituales. Sin correr riesgos no queridos. Esto es, sin arriesgar el dinero de sus inversores privados que decidan trabajar en Nepal. Para ello le pidió suscribir un tratado clásico de protección de sus inversiones, como el que acaba precisamente de firmar también con otra nación vecina: Bangladesh. Como cabía suponer, los maoístas “ortodoxos” se opusieron y siguen oponiéndose a ello. Ocurre que, por definición, no creen en el capital privado y prefieren forzar a su pueblo a vivir en el atraso y la precariedad antes que recurrir a la inversión privada, y menos aún a la extranjera, cualquiera fuera su color. Como ha sucedido hasta ahora en Cuba, en gran medida. Pero confirmando aquello que algunos sostienen en el sentido de que a veces puede ser mejor tener a la izquierda en el gobierno que en la oposición, porque con el timón de un país en sus manos no puede hacer los desatinos que resulta fácil proponer cuando se está fuera del gobierno, Bhattarai suscribió el tratado de protección de inversiones. No logró, sin embargo, celebrar uno de doble imposición, que aún está en carpeta. Y los maoístas “ortodoxos” le declararon –por ello– una huelga general de diez días, que paraliza a Nepal, como si estas cosas no tuvieran costo. El pragmático premier nepalés difícilmente dé marcha atrás. Porque sabe que lo primero que está en juego es una inmediata línea de crédito de la India, de 250 millones de dólares (al 1,75%, con un plazo de repago de 20 años) que se utilizaría para financiar diversos proyectos de infraestructura que Nepal necesita imperiosamente. Sin ellos no se mejoraría con urgencia la generación eléctrica (hoy importa electricidad desde la India). Tampoco se construirían carreteras, ni puentes. Nada. Es evidente que no está de acuerdo en condenar a su pueblo a tener que vivir en el atraso. Particularmente, cuando tiene muy cerca la comprobación de que puede cambiar el rumbo y crecer mejorando la situación de su gente. La encuentra con sólo mirar lo que sucede tanto en el éxito de China, como en el de la India, que hoy compiten entre sí por poder invertir en Nepal. Veremos cómo evoluciona la cuestión. Pero la sensación de que –después de demasiados desencuentros– Nepal tiene finalmente posibilidades reales de comenzar a crecer y flotar ciertamente en el aire. Aunque todos los pasos previos que para ello son necesarios aún no se hayan concretado. (*) Ex embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas


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