La izquierda trucha

Por Redacción

Puesto que a virtualmente todos los dirigentes latinoamericanos, comenzando por aquellos que se proclaman “progresistas”, les encanta creerse paladines insobornables de los derechos humanos, la democracia y muchas otras cosas buenas, sería de suponer que están protestando con virulencia contra los abusos perpetrados a diario por el régimen chavista venezolano, de los que la reciente condena a 14 años de cárcel que sufrió el líder opositor Leopoldo López luego de un proceso judicial grotescamente viciado es sólo uno. ¿Lo están? Claro que no. Aunque los gobiernos de Chile, Perú, Uruguay y Paraguay han manifestado su desaprobación de lo que fue un intento indisimulado de intimidar a todos los políticos venezolanos que se animan a criticar al gobierno de su país, los demás han preferido mantenerse callados. No puede atribuirse tal actitud a intereses económicos, ya que hace tiempo Venezuela dejó de repartir cantidades apetecibles de petrodólares entre los amigos del fallecido comandante Hugo Chávez y su esperpéntico sucesor, Nicolás Maduro. Se trata más bien de permanecer fiel al principio que, en una ocasión, reivindicó el presidente Juan Domingo Perón: “Al enemigo, ni justicia”. No es que López y los otros presos políticos del régimen venezolano sean “derechistas” y por lo tanto merecedores de quedarse entre rejas hasta nuevo aviso. Es que los chavistas se las han arreglado para adquirir la reputación de ser progresistas de izquierda que luchan contra “el imperio” estadounidense, razón por la que cuentan con el firme apoyo de personajes como nuestra presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus equivalentes del resto de la región. En opinión de éstos, los atropellos perpetrados por los chavistas, entre ellos el supuesto por la expulsión de miles de colombianos pobres, lo mismo que los cometidos durante más de medio siglo por los castristas, son consecuencias acaso discutibles, pero así y todo comprensibles, de las maniobras malignas de la gente de la CIA y el Pentágono, razón por la que les corresponde minimizar su importancia. Por fortuna, algunos políticos latinoamericanos de trayectoria progresista, como el secretario general de la OEA y excanciller del gobierno del Frente Amplio en Uruguay Luis Almagro, entienden que no tendría sentido calificar de izquierdista el régimen autoritario y febrilmente nacionalista de Maduro, pero se trata de una excepción. No sólo en nuestro país sino también en muchos otros una parte sustancial de la presunta izquierda se ha apropiado de la causa de los derechos humanos, subordinándola a sus objetivos políticos que, en la actualidad, no incluyen la eventual “construcción del socialismo” por tratarse de una tarea que no estaría en condiciones de emprender. Antes bien, se limita a oponerse a Estados Unidos, además de “las corporaciones” y el “poder concentrado”, con el propósito de aprovechar el rencor que sienten amplias franjas de la población. Según las pautas tradicionales, los movimientos de este tipo deberían ubicarse en el lado derecho del mapa ideológico, pero abundan los dirigentes y los intelectuales que los acompañan que, por una cuestión de marketing, prefieren afirmarse de izquierda. Puede que a tales militantes no les importe actuar como cómplices de los represores más brutales de la región, pero convendría que otros que, por miedo a verse acusados de albergar simpatías “derechistas”, siguen hablando de la necesidad de castigar con severidad a quienes cometieron abusos salvajes hace treinta o cuarenta años, cuando los militares gobernaban muchos países, pero guardan silencio si se trata de dictaduras o cuasi dictaduras “izquierdistas” sí se preocupen. Lo entiendan o no, la indignación selectiva, es decir, la hipocresía, mata. Los chavistas y castristas saben muy bien que les es dado violar sistemáticamente los derechos humanos de sus compatriotas sin correr el riesgo de que haya protestas multitudinarias en otras partes del mundo, como las que con toda seguridad estallarían si de acuerdo común se tratara de regímenes fascistas. En el mundo político las imágenes suelen importar más que la realidad, razón por la que dictaduras determinadas pueden encarcelar, torturar y hasta asesinar a sus adversarios internos sin que los mandatarios de otros países se sientan constreñidos a solidarizarse con sus víctimas.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Jueves 24 de septiembre de 2015


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