La selección y un final más esperanzador que aquel debut lleno de dudas



El planteo que Argentina intentó trazar en esta Copa América fue el de la consistencia, el sacrificio, el esfuerzo. Todo ello debido a la carencia de un plan, que no es lo mismo que táctica o distintos posicionamientos de jugadores. El estilo te da margen para transformarte, quita rigidez y eso siempre será clave para quebrar líneas. Las del pizarrón, esas de ‘vos te parás a acá y vos por allí…’, como si el fútbol no tuviera movimiento, se desvanecen cuando alguien rompe el molde forjado en el proceder de un modo determinado.

Saber a qué se juega no es característica de esta Argentina que se armó como pudo, fue de menor a mayor y cayó de pie. Esta selección puso el corazón, la grandeza que le dieron los nuevos portadores de la camiseta ensombrecieron al gigante en su casa, que tuvo la gran capacidad de aprovechar las únicas jugadas reales de peligro de las que dispuso en la noche.

El testazo de Agüero que dio el travesaño, el misil de zurda de Messi que pegó en el palo de Alisson, los veinte centímetros que le faltaron al Kun en la asistencia para la segunda jugada del crack, al que el tiempo (cumplió 32 años en plena Copa América) le ha ido minando el engaño y la magia. Aún así, anoche se vio al mejor Messi individual en esta Copa. Haciendo lo que nadie es capaz de hacer en el equipo nacional: Messi es el que elude las piernas rivales, el que tiene la lucidez en los metros finales, la que tuvieron Gabriel Jesús y Roberto Firmino.

Brasil mostró la frialdad en la zona caliente que no tuvo Argentina. Por momentos el Kun, el implacable de la Premier League, careció de la sapiencia necesaria en el momento más urgente de la selección. Y se le reclama un plus a él como a Messi, como en Brasil se le pide a Dani Alves, la gran figura de la noche.
Argentina estuvo a la altura del clásico, pero no pudo con la lógica que da un ciclo como el de Tité de 41 partidos con apenas dos derrotas (una de ellas ante la Argentina de Sampaoli), donde convirtió 87 goles y sufrió apenas diez.


El tablón argentino dirá que el equipo no ligó, y es cierto. También que el VAR, la estrella tecnológica de esta Copa, no estuvo tan sensible como en otros compromisos. Hubo un claro penal de Arthur a Otamendi, con diez minutos por jugar, que en otro contexto terminaba en los doce pasos. Cuando se repase y analice el clásico con tranquilidad, se confirmará el protagonismo no deseado del árbitro Roddy Zambrano.

La potencialidad de Brasil hizo la diferencia ante las intenciones de una formación que recién va vislumbrando el carácter, el estilo. Hubo jugadores que derramaron lágrimas en el Mineirao. Leandro Paredes, Lo Celso, Lautaro… Son ellos los que tendrán revancha, son el futuro. Messi seguirá intentando y quizás sea parte de un equipo que juegue con él y no para él. El desquite nos queda cerca: el año que viene se jugará la Copa América en nuestro país y en Colombia.
Seremos allí la consecuencia de una idea de juego, o no seremos nada.


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La selección y un final más esperanzador que aquel debut lleno de dudas