La tentación totalitaria

Como ha ocurrido con casi todos los gobiernos del Neuquén que han precedido al actual y con pocas diferencias respecto de los gobiernos rionegrinos, el gobernador Sobisch ha desatado una campaña sumamente agresiva, tendiente a castigar a nuestro diario por su tarea informativa y editorial, que ha culminado con la supresión de toda publicidad oficial como represalia por la amplia cobertura que el «Río Negro» le dio al episodio protagonizado con el diputado Taylor.

Es poco probable que Sobisch tenga más éxito que sus predecesores. Aunque sin duda una medida de esa naturaleza provoca innegables perjuicios a cualquier medio informativo, en el caso del «Río Negro» sus ingresos provienen fundamentalmente de sus lectores y sus anunciantes privados, lo que le permite sobrellevar estos avatares sin temor al colapso y manteniendo la independencia y libertad de sus periodistas, que lo definen como su valor fundamental en su casi centenar existencia.

En cambio, hay pocas dudas de que atacar por ese medio a la prensa escrita le signifique al mandatario neuquino una cuota adicional de desprestigio que se sume a la ya considerable lograda con sus torpes maniobras para corromper a un diputado y conseguir de esa forma imponer sus candidatos en el Tribunal Superior de Justicia.

Sobisch pretende trascender los límites de su provincia y convertirse, según sus intenciones, en un político nacional importante. Hay que reconocer que lo está logrando, pero no por cierto en la forma que un político que se respete consideraría envidiable.

En aquella oportunidad, Sobisch apareció ante millones de teleespectadores como un político inescrupuloso, decidido a lograr sus propósitos sin importarle los medios, por más despreciables que fueran.

Ahora el gobernador neuquino se ha esmerado por brindar una imagen complementaria no menos degradante: la de un gobernante vengativo sorprendido con los pantalones caídos, que pretende destruir a un medio periodístico por haber contribuido a hacer conocer a sus lectores los pormenores del grotesco episodio. Un intento que seguramente ha de servir para que muchas más personas adviertan el valor que tiene la existencia de medios de prensa independientes y el riesgo que significa para una sociedad que una burocracia demasiado opulenta desvíe parte de los fondos públicos, para asegurarse que algunos periodistas estén suficientemente lubricados como para evitar que se conviertan en analistas críticos del gobierno.

Cuando los métodos tradicionales de corrupción fracasan, los gobernantes inescrupulosos utilizan el poder económico del Estado para sancionar a los medios que no se someten y la forma más corriente es la supresión de los anuncios del gobierno central y de las entidades descentralizadas.

Es explicable que los políticos tiendan a concentrar la mayor cantidad de poder posible y lo hacen bajo la justificación de que es la forma en que sus programas y compromisos electorales puedan cumplirse. En el caso de Sobisch y su movimiento político, su dominio sobre el escenario neuquino ha sido abrumador y, aunque las encuestas reflejan el fuerte impacto de las revelaciones sobre la opinión pública, no parece razonable suponer que el formidable aparato electoral clientelista del MPN vea seriamente amenazada su hegemonía.

De manera que es más lógico presumir que aquí la búsqueda de más poder tiene poco que ver con obligaciones programáticas y mucho en común con aquella definición del cartero Yabrán, émulo del numen de la filosofía neorrealista criolla, Luis Barrionuevo, quien definió la impunidad como la característica principal del poder.

A veces ambos propósitos se confunden y es difícil discernir si se trata de uno u otro designio. No es éste el caso ciertamente. Ni la Justicia ni tampoco el periodismo pueden intentar dominarse sin otro propósito que el de acallar voces críticas, ocultar hechos bochornosos, evitar investigaciones molestas y destruir en esencia los fundamentos de una sociedad libre y democrática.


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