La trinchera criolla

Por James Neilson

Los países latinoamericanos son mucho más pobres que los anglohablantes, los de Europa occidental, el Japón y, últimamente, algunos territorios de Asia oriental, porque los dominan élites que se oponen tenazmente a la única modalidad económica, la capitalista liberal, que ha resultado ser lo bastante productiva como para que casi todos puedan disfrutar del nivel de bienestar que se considera «normal» para los días que corren. Si dichas élites optaran por dedicarse a reducir la distancia que separa a las sociedades latinoamericanas de las «avanzadas», la región no tardaría en adquirir las herramientas que le permitirían emularlas. Sin embargo, la posibilidad de que muchas lo hagan es escasa. Por cierto, los reveses dolorosos que ha experimentado la Argentina desde mediados de los años noventa no han persuadido a su clase dirigente de que le ha tocado liderar un proceso de cambio sino que, por el contrario, la ha hecho aún más decidida que antes a oponérsele. Formados por una mezcla de catolicismo y progresismo contestatario, tanto los dirigentes políticos como los intelectuales cuasiorgánicos del orden arcaico que a través de los siglos se ha consolidado en América Latina siguen tomando el capitalismo en cualquiera de sus variantes por un fenómeno ajeno contra el cual todo hombre de bien debería luchar a fin de mantener impolutas las esencias locales.

Es por este motivo que los miembros de las élites dirigentes reaccionan de manera ambigua frente a cada nueva manifestación del fracaso colectivo. Al difundirse la información nada sorprendente de que el 63 por ciento de la población del país malvive por debajo de la «línea de pobreza» y que la mitad de los así calificados es «indigente», pocos políticos argentinos opinaron que por lo tanto al país le convendría hacer un esfuerzo denodado por adaptarse mejor al sistema que le permitiría dejar atrás una realidad tan lúgubre. Antes bien, quienes suelen hablar en nombre de las corrientes tradicionalmente hegemónicas dieron a entender que se trataba de una prueba más, si una fuera necesaria, de lo terrible que es el capitalismo moderno, que todo es consecuencia de los intentos de introducirlo en un país que treinta años atrás, antes del desembarco de los odiados «neoliberales», era un auténtico paraíso terrenal. Lejos de estimular cambios drásticos, pues, la caída en la miseria de cinco millones de personas entre octubre del año pasado y mayo del actual ha servido para paralizar al gobierno y a sus críticos más vehementes. Es lógico: al fin y al cabo, Eduardo Duhalde, sus allegados y quienes se toman por progresistas imaginan que el destino los ha convocado ya para resistirse al cambio, ya para replegarse hacia la trinchera corporativa del «campo nacional y popular».

Por supuesto que la negativa a poner en marcha reformas procapitalistas ha desconcertado a los norteamericanos, europeos y otros que sencillamente no entienden los motivos de la pasividad ante una situación catastrófica no sólo del gobierno duhaldista sino también del resto de la clase política. Sin duda la comprenderían mejor si los «dirigentes» que están luchando por frustrar todas las iniciativas que podrían suponer cambios afirmaran con el orgullo indicado que se sienten tan comprometidos con el orden existente que antes de rendirse estarían dispuestos a dejar que el país entero se hundiera en un abismo, pero ocurre que nadie soñaría con hablar de este modo. Si bien se comportan como fanáticos decididos a subordinar todo a su ideología particular, a diferencia del cubano Fidel Castro, el que sí ha proclamado urbi et orbi que pase lo que pasare nunca abandonará «la revolución», entelequia que a su juicio importa mucho más que la mera vida de sus compatriotas, los que mandan en la Argentina son plenamente conscientes de que el orden que encarnan es intelectualmente impresentable, razón por la que no intentan defenderla ni en público, ni, es de suponer, en conciliábulos privados. Claro, el que rehusen confesar sus convicciones no quiere decir que no las tengan: se asemejan a aquellos ateos que se persignan, por si acaso, toda vez que vean una iglesia, admitiendo de este modo que sus creencias son una cosa y su conducta, otra.

Aunque a partir del colapso de la Unión Soviética, aquella tiranía monstruosa por la que muchos vinculados con las élites nacionales sentían cierta simpatía por creerla evidencia de que sí había «alternativas» eficientes al capitalismo democrático, la mayoría ha estado dispuesta a afirmar que ya sabe muy bien que el reinado del capitalismo se prolongará muchos años más, la perspectiva así evocada les ocasiona más pesar que satisfacción. En el fondo, quieren que el orden capitalista se desplome también para que algo distinto termine reemplazándolo. ¿Qué tendrían en mente? Por desgracia -o por suerte-, no tienen la más mínima idea, de ahí aquellas conferencias conmovedoras en las que los disconformes se aseguran, con fervor milenario, que «otro mundo es posible» sin por eso entrar en detalles acerca de lo que podría venir, acaso por entender que si pensaran demasiado en ello pronto se encontrarían reivindicando una nueva pesadilla fascista o bolchevique.

Mientras tanto, siguen tratando de impedir que se lleven a cabo cambios encaminados a hacer de la Argentina un país más capitalista a la espera de que, un día de éstos, por fin irrumpan triunfalmente los heraldos que traigan noticias sobre la llegada de la alternativa salvadora. Puede que esta forma de pensar sea no sólo totalmente irracional sino también tremendamente destructiva, pero la historia de nuestra especie está atiborrada de ejemplos de conducta similar. Jamás es fácil modificar las creencias de una élite aun cuando ésta haya fracasado de manera realmente espectacular: en los balnearios más salubres del sur de Europa, en California, Nueva Inglaterra y en muchos otros lugares del planeta pueden encontrarse grupos de exiliados, algunos «reaccionarios», otros «revolucionarios», que se aferran a fórmulas políticas que se desactualizaron hace medio siglo o más, negándose tercamente a abandonarlas. Pocos son imbéciles. Por el contrario, muchos son personas inteligentes, cultos y óptimamente informadas. Sin embargo, lo mismo que los políticos argentinos y los que, lo confiesen o no, comparten sus puntos de vista, prefieren continuar militando bajo las banderas de siempre, con la diferencia de que las actividades de los exiliados sin posibilidad de volver al poder suelen ser inocuas mientras que las de los políticos criollos que sí cuentan con poder están resultando extremadamente perjudiciales.

Todos los días, docenas de voceros de la Iglesia Católica y sus equivalentes de la clerecía progresista anatematizan el «neoliberalismo» y el «capitalismo salvaje»

-o sea, el capitalismo a secas-, mientras que las escasas personas que se animan a señalar que sus deficiencias no obstante son decididamente superiores a los sistemas ideados por eclesiásticos o izquierdistas se ven descalificadas como ultras exóticos que sencillamente no entienden la razón. Los problemas del país -el desempleo masivo, la pobreza mayoritaria y la indigencia que se propaga como una plaga medieval-, son habitualmente atribuidos a un exceso de capitalismo, como si la Argentina hubiera sido un país pionero en la materia, no uno atrasado que bajo una serie larga de gobiernos corporativos y regímenes militares hubiera tratado durante décadas de mantenerse al margen del mundo capitalista. La prédica en tal sentido es incesante y, puesto que el periodismo gráfico y electrónico está en buena medida en manos de los comprometidos con lo que podría denominarse el pensamiento único criollo, los desastres recientes sólo han servido para convencer a las élites de que siempre han tenido razón.

¿Comparten su punto de vista los demás? Parecería que no. Si bien el repudio generalizado a la «clase política» se basa en hechos concretos, no en discrepancias ideológicas, el grueso de la ciudadanía no oculta el fastidio que le provoca el verso de los políticos que, huelga decirlo, no es tan diferente del favorecido por los clérigos y los consustanciados con el consenso populista. Asimismo, el que, de tener la oportunidad, millones no vacilarían en emigrar a Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea o Australia, hace pensar que incluso los que a veces se desahogan protestando contra «el modelo» entienden muy bien que les iría mejor personalmente en un país netamente capitalista que en uno marxista o teocrático. No son necesariamente hipócritas. En América Latina siempre ha sido habitual distinguir entre las convicciones abstractas y la conducta propia, de suerte que abundan los que dicen ser contrarios al «liberalismo» pero que así y todo sueñan con trasladarse a una sociedad liberal con tal que haya sido construida por otros.


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