Las vacunas cubanas no escapan a la politización

Abraham Jiménez Enoa *


La isla está en el peor momento de la pandemia. Aunque con sus propias vacunas comenzó a inmunizar, fue uno de los últimos países de América Latina en hacerlo.


La bandera roja y negra del movimiento 26 de julio, que en 1959 logró alzarse con el poder en Cuba, cuelga en la puerta del centro de vacunación de mi barrio en La Habana, un comedor laboral reconvertido en clínica médica por estos días. “Abdala, más que una vacuna, es un país”, reza un cartel en el salón de espera, donde también hay otro que dice “la salud, esencia de la revolución” y un “¡Somos continuidad!” debajo de los rostros de Fidel Castro, Raúl Castro y el presidente Miguel Díaz-Canel, en ese orden. Dentro, en el cuarto de vacunación, un retrato de Ernesto “Che” Guevara en la pared enuncia sobre él: “ejemplo de soberanía”.

Abdala es uno de los dos candidatos vacunales cubanos que, según los resultados de los ensayos clínicos ya realizados en la población, en breve podrá convertirse en vacuna contra el Covid-19, una vez que el Centro para el Control Estatal de Medicamentos, Equipos y Dispositivos Médicos apruebe su uso de emergencia para luego iniciar el proceso de certificación ante la Organización Mundial de la Salud (OMS). Soberana 02 es la otra potencial vacuna que está apunto. La primera tiene una eficacia de 92.28 % y la segunda de 62%, según las cifras que maneja el gobierno cubano. Si finalmente ambas logran la conversión de candidatas a vacunas, Cuba se convertirá en el primer país de América Latina en desarrollar vacunas contra el coronavirus.

La biotecnología es hoy uno de los poquísimos sectores de los cuales el gobierno cubano se puede vanagloriar. Los más de 30 años desarrollando vacunas, que han sido avaladas por la OMS y distribuidas por buena parte del mundo, hicieron que el gobierno se planteara la idea de, amén de proteger a su ciudadanía, dar un golpe en el mercado de las vacunas contra el Covid-19 y, de ese modo, paliar la grave crisis económica por la que atraviesa el país. El hecho que el gobierno haya decidido destinar sus pocos recursos para desarrollar no una, sino cinco vacunas a la vez, lo evidencia. Y que todas estas potenciales vacunas lleven nombres patrioteros, Abdala -un poema del héroe nacional-, Soberana 01, Soberana 02, Soberana Plus y Mambisa, habla del carácter político en la intención del gobierno de Díaz-Canel.

Pese a estar próximos a conseguir un valioso e innegable logro, los científicos cubanos se tardaron más de lo esperado por el gobierno, por lo que el mercado mundial de las vacunas ya está en parte copado por las creadas hace meses en otras regiones. De igual manera, siempre podrán comercializar con países aliados o países que acostumbran a consumir los productos biotecnológicos cubanos y podrán cumplir con la intención primera: inmunizar a la población cubana lo antes posible.

Además, este resultado de la ciencia cubana le viene como anillo al dedo al régimen para armar su batería propagandística y sacar de ello una gran lasca simbólica que le sirve para encapuchar la situación de la nación. No hay alimentos en las tiendas, mercados y agros, pero hay vacunas. No hay medicamentos en las farmacias, pero hay vacunas. Hay represión para los que disienten, hay presos políticos, falta de derechos y libertades, pero hay vacunas. Hay embargo y más de 240 medidas comerciales y financieras contra Cuba por parte de Estados Unidos, pero hay vacunas. Así, una suerte de escudo ante la opinión pública para mantener la imagen romántica de David contra Goliat, de país subdesarrollado hacedor de grandes hitos, y sobre todas las cosas, para otorgarles argumentos y materiales de trabajo a los diplomáticos cubanos para subir sin miedo a los estrados de las organizaciones internacionales.

Con lo anterior no estoy minimizando el gran logro científico -aún por confirmar- de los cubanos. Solo estoy apuntando que, para el régimen, la carga política de lo logrado tiene la misma o mayor magnitud que el resultado científico, ya que el gesto es una estrategia dirigida a alcanzar, como resultado, un capital simbólico del mismo alcance que el humano.

Cuba está hoy en el peor momento de la pandemia y, aunque con sus propias potenciales vacunas comenzó a inmunizar a parte de su población, fue uno de los últimos países de América Latina en comenzar a hacerlo. Porque Cuba apostó por su estrategia y desechó hasta el mecanismo Covax, de la OMS, que provee vacunas a los países pobres, ni quiso adquirirlas en el mercado internacional.

La ecuación de cómo es posible que Cuba, un país pobre y subdesarrollado de 11 millones de habitantes, con un embargo estadounidense encima, tenga casi listas dos vacunas contra la COVID-19 y otras tres más en proceso de desarrollo, se despeja explicando que ahora el gobierno no tiene cómo vacunar a toda la población porque no tiene jeringuillas para hacerlo y por ello depende de organizaciones internacionales de solidaridad que donen parte de ellas.

Un botón de muestra de lo que es Cuba: un país con un potencial humano tremendo, capaz de lograr lo increíble, pero que vive en una penuria extrema.

* Columnista The Washington Post


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