«Una historia familiar”, de Daniel Guebel: una saga de inmigrantes entre el humor y la tragedia

A partir de la historia que durante veinte años guardó en silencio por pedido de su tía, Daniel Guebel construye una novela de inmigrantes. Una saga familiar en la que el humor no atenúa la tragedia: la vuelve todavía más extraña.

Por Verónica Bonacchi

Hay algo de sainete en “Una historia familiar”, el nuevo libro del escritor argentino Daniel Guebel, que acaba de publicar Random House. Lo mismo que provoca risa puede generar angustia, un sentimiento ambiguo que hace equilibrio entre esas dos puntas. En pocas palabras, es una historia de inmigrantes en la que el esfuerzo por salir adelante a veces implica ir muy para atrás; una historia en la que se combinan la tristeza, la locura, las enfermedades, la muerte, los caprichos y los amores y enfrentamientos familiares.


Desde el comienzo hay algo absurdo y gracioso. Porque, efectivamente, “Una historia familiar” es tan familiar que quien le cuenta el relato a Guebel es su tía Blanca. Pero lo hace bajo una condición: que no la publique hasta que ella esté muerta. Guebel tuvo que esperar veinte años. Y ahora, finalmente, está aquí: “Esta es una historia de muertos que arden en mi memoria, la belleza esquiva y atroz de los difuntos”, escribe muy al principio.


Guebel cuenta todo sin solemnidad, dejando que lo absurdo y lo doloroso convivan en una misma escena, tal como se lo contó Blanca, “con tono desganado y casi ausente, como si nada la afectara”.


Lo que le cuenta Blanca es la historia de su padre, Bernardo, que llegó a la Argentina huyendo de los pogromos de Ucrania junto a su madre, Betsabé, y su hermana, Miriam. Un hombre bastante optimista para el pasado averiado que le tocó. Primero se instalaron en Santiago del Estero, donde Bernardo se casó con Sofía y nació Blanca. Después llegó Buenos Aires, donde nació Laura. De a poco, lo que había empezado un poco torcido se fue torciendo aún más.

Ya más grande y casada con Marcos, Blanca emigró a Estados Unidos. Pero la novela no construye con esos desplazamientos una saga de inmigrantes en clave épica. Al contrario: cada mudanza parece abrir nuevos y muchos problemas. Todo se va tiñiendo de una textura amarga. A la historia de los padres se suma la de Laura, casada con Ariel, un hombre hiperactivo, nervioso, difícil de soportar, y la de David, el hijo de ambos, cuyas conductas van pasando de un trastorno obsesivo a una acumulación compulsiva, en un crescendo preocupante. La locura, el miedo, los cuidados y descuidos, el amor, el odio, el desprecio, funcionan como piezas de una maquinaria que produce una desgracia detrás de otra.


Y sin embargo, hay algo cómico en esa acumulación. Guebel no convierte a sus personajes en casos clínicos ni los mira desde una distancia solemne: los deja actuar, hablar, equivocarse, insistir en sus manías. El humor, sin embargo, no funciona para suavizar la tragedia. Más bien la vuelve todavía más extraña. Uno se ríe de una situación y, un momento después, advierte que lo que acaba de escuchar es también una historia de abandono, enfermedad o muerte. La risa y el espanto, en una convivencia que incluso despierta cierta ternura, o comprensión al menos.


Pero quizá el verdadero asunto de “Una historia familiar” esté en otra parte: en el acto de contar. La novela nace de una conversación real. Guebel escuchó tres veces la historia que le contó su tía e incluso intentó grabarla, aunque el grabador no registró nada. Después escribió una primera versión y se la entregó a Blanca. Ella le pidió que no la publicara mientras los protagonistas siguieran vivos. Es más, le dijo que era una porquería lo que había escrito. Guebel esperó, volvió sobre el texto, lo corrigió y lo trabajó hasta convertir aquella narración oral en una novela.

El libro se inscribe, además, en una zona visible de la obra de Guebel, que desde fines de los años ochenta construyó una narrativa siempre dispuesta a cruzar géneros y registros. En libros como “El hijo judío”, la familia, la memoria y la identidad ya habían ocupado un lugar central. En “Una historia familiar”, esa materia parece expandirse: cuatro generaciones, varios países y una interminable sucesión de parientes componen una especie de teatro doméstico donde lo grotesco y lo doloroso conviven a empujones.


«Una historia familiar» no cuenta una excepción. Cuenta esa mezcla de amor, resentimiento, enfermedad, humor y fracaso que puede esconderse detrás de cualquier álbum de familia, un remedo de la frase que abre Anna Karenina: “Todas las familias felices se parecen unas a otras; cada familia infeliz lo es a su manera”.


Hay algo de sainete en “Una historia familiar”, el nuevo libro del escritor argentino Daniel Guebel, que acaba de publicar Random House. Lo mismo que provoca risa puede generar angustia, un sentimiento ambiguo que hace equilibrio entre esas dos puntas. En pocas palabras, es una historia de inmigrantes en la que el esfuerzo por salir adelante a veces implica ir muy para atrás; una historia en la que se combinan la tristeza, la locura, las enfermedades, la muerte, los caprichos y los amores y enfrentamientos familiares.

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