Lo necesario

Al fin de cuentas nunca estás muy seguro de cómo son las cosas. No sabes si éste, el camino que has elegido, será el primero o el último del juego que te toca protagonizar. Si el beso que diste, hoy tan dulce, no terminará convirtiéndose en un recuerdo amargo dentro de unos años.

Puedes jurarle a los demás que sabes bien dónde estás parado, caretearla, pero uno a uno con tu conciencia, mientras tratas de conciliar el sueño, debes confesarte que no tienes la más pálida idea de qué es lo que realmente deseas.

Eso que buscas no lo resuelve el dinero, y maldita sea esa verdad. Pero tampoco lo encuentras en un gramo de coca, en los consejos de un sabio con el don de levitar, ni en un spa de Córdoba. Alguna vez, cuando has visto pasar a ese grupo de alegres rapados, entonando «¡Hare Krishna!», te preguntas si no sería una decisión coherente unírteles a su coro y terminar sembrando papas en Brasil.

Te ocurre igual cuando vas a una estación de colectivos o cuando con el auto descubres a un mochilero aburrido en la ruta camino a El Dorado. Nunca es tarde para equivocarse de nuevo.

Hoy prefieres no jurar por nada sin antes cruzar los dedos en la espalda. Hace rato que huiste del país de los lamentos. Tu queja no es en serio, lo único creíble es el tamaño de tu duda, ¡ah!, y el sabor de la buena comida una noche de sábado.

Si tan sólo pudieras prolongar el placer que sientes cuando bajas por el vientre de una mujer a todas las demás cosas de la vida. Si pudieras verte y ser testigo de tu inocencia cuando empiezas un poema con el típico «te amo».

Si pudieras retener la particular energía que sientes fluyendo bajo tu piel cuando escuchas cantar a Rosario: «Cómo quieres que te quiera» (perdón, a vos te da por poner a 10 algún hit de Los Ramones. A cada cual su rollo). Si supieras ahora mismo que mañana morirás: ¿qué harías? ¿Cuál sería tu legado o el bosquejo de tu suspiro final? Porque, para qué vamos a hacernos los tarados, amigo mío, eso puede pasar. Les pasa a las estrellas, a los súper héroes, a los payasos de circo, a los ejecutivos de multinacionales que compran países en oferta. Les pasa a los dioses. Te ha pasado a ti, ya, tal vez no lo recuerdes, pero en el transcurrir de tu historia has muerto y resucitado varias veces.

Paradojalmente a lo que te han enseñado, el asunto se resuelve por el lado de lo más simple: lo que te alivia, te salva. Eso a lo que te aferras y contra los innumerables males del planeta, todavía surte efecto. Tu medicina. Tu escondite. Tu casa en el árbol.

Ayer alguien te dijo: te quiero hermano. Así, porque sí. Estuvo bueno. ¿No te me vas a morir tarado?, le preguntaste.

Es que te hace tanta falta escuchar lo que necesitas y decir lo que sientes. ¿Quién cuernos te dijo que hay otro momento más propicio para realizar lo que sea que te hace bien?

A mí, a mis años, me dio por el inglés, y sabes, ya aprendí a decir «gracias» y «adiós». Justo lo necesario.

Claudio Andrade

candrade@rionegro.com.ar


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