Los costos del engaño
Por motivos vinculados con “la contracultura” que hace medio siglo se propagó entre la juventud occidental, hasta la semana pasada la automotriz Volkswagen tuvo una buena reputación entre los ecologistas, mientras que los productos de la industria alemana siempre han disfrutado de un merecido prestigio internacional. Puede entenderse, pues, que haya provocado estupor en el mundo entero la revelación de que Volkswagen, una de las empresas más emblemáticas de Alemania, se las había arreglado para falsificar, mediante un programa informático, los datos ecológicos de más de diez millones de vehículos con motores diésel. En todas las bolsas importantes, la reacción de los inversores fue inmediata. Al difundirse la noticia de que investigadores estadounidenses se habían enterado del engaño sistemático practicado por la automotriz más grande del mundo, las acciones de la empresa se hundieron: en un solo día, se esfumaron 20.000 millones de euros, más que el monto en términos netos de las reservas de nuestro Banco Central; y en los días siguientes la caída se hizo aún más estrepitosa. Asimismo, a Volkswagen le esperan en Estados Unidos multas de por lo menos 18.000 millones de dólares, y es más que probable que las autoridades europeas adopten una actitud igualmente punitiva. No cabe duda de que los responsables de poner el software especial en los vehículos para permitirles superar las pruebas ambientales son culpables de lo que para muchos es el mayor escándalo de la historia de la industria automotriz mundial. Para colmo, en opinión de expertos en la materia, Volkswagen pudo haber resuelto el problema planteado por la polución de los motores diésel con facilidad usando un filtro un poco más grande que no le hubiera costado mucho. De todos modos, no se equivoca el nuevo jefe del grupo, el exconsejero delegado de Porsche Matthias Müller que acaba de remplazar a Martin Winterkorn, el que renunció luego de afirmar que no había estado al tanto de la estafa, cuando califica lo que sucedió como “un desastre moral y político”, que atribuyó a la mala conducta de “un pequeño grupo de empleados”. Es “moral” porque es legítimo esperar que las empresas más grandes, las que, como Volkswagen, dan trabajo a centenares de miles de personas diseminadas por el mundo e influyen más en la evolución de la economía internacional que la mayoría de los países, respeten normas muy exigentes. Y es “político” porque la estafa ha desprestigiado no sólo a Volkswagen sino también a Alemania, puesto que muchos están preguntándose si no se ha desarrollado en dicho país una cultura empresarial basada en el fraude que acaso no ocasionaría sorpresa en otros, como Grecia e Italia, que con cierta frecuencia son blancos de acusaciones pronunciadas por referentes alemanes, pero que parece inapropiada para una nación acostumbrada a creerse mucho menos corrupta que las demás. Por cierto, ha sido un golpe muy doloroso para la canciller Angela Merkel el que la empresa que supuestamente encarna las virtudes alemanas haya caído en el barro de forma tan espectacular justo cuando trataba de impresionar al resto del planeta con su propia superioridad moral al abrir las puertas de su país para que entraran centenares de miles de migrantes indocumentados. Lo mismo que los partidos políticos, las grandes empresas dependen de la imagen que logran adquirir. La de Volkswagen y otros integrantes del grupo, como Porsche, se ha visto tan empañada por la decisión de eludir controles con lo que la Agencia de Protección Ambiental norteamericana llama “un sofisticado algoritmo de software” que a los ejecutivos no les será nada fácil restaurar el brillo perdido. Para empezar, tendrán que probar que todo se ha debido a aquel “pequeño grupo de empleados” al que aludió Müller, o sea, a una banda de saboteadores, no a una decisión tomada por miembros de la cúpula o avalada por ellos. A menos que lo consigan, para recuperarse sería necesario que la empresa llevara a cabo una purga interna mucho más drástica que la prevista hasta ahora, lo que, huelga decirlo, no la ayudaría a competir con las automotrices de otros países, como Japón y Corea del Sur, que ya estarán tratando de sacar el máximo provecho del paso en falso que ha dado su gran rival europeo.