Los que quieren que a la Argentina le vaya bien
Aunque sean ciertas, hay cosas que es mejor no verbalizarlas. Ya sea por obvias o porque cuelan una lógica tremebunda. Ninguna aerolínea, por ejemplo, se promociona diciendo “vuele con nosotros, nos esforzamos para asegurarnos de que nuestros aviones lleguen a destino, o sea que no se caigan en el trayecto”. Ningún restorán, pese a que están de moda las cocinas vidriadas para que se vea la higiene, pone un cartel del tipo “acá nunca se va a intoxicar porque si hay algo que no nos conviene es que usted termine internado después de probar nuestros platos”. Sobraría también el cirujano que en la puerta del quirófano le explicase al paciente el esmero del equipo médico diciéndole “queremos que usted salga bien de la operación, que sobreviva”. ¿Por qué entonces tantos dirigentes peronistas cuando se presentan en su flamante papel de opositores consideran necesario aclarar que ellos quieren “que a la Argentina le vaya bien”? La idea completa es una especie de silogismo de dudosa fortaleza lógica. Algo así: si Macri gobierna bien, al país le irá bien. Y si gobierna mal, al país le irá mal. Pero nosotros no queremos que Macri fracase, no trabajamos políticamente para hacerlo fracasar, porque queremos que a la Argentina le vaya bien, sólo buscaremos que el gobierno pierda las próximas elecciones. Un australiano probablemente no entendería la necesidad de un político argentino de dejar bien aclarado que su objetivo no son los malos resultados. A menos que fuera un académico de la Universidad de Sidney o de Michigan dedicado a estudiar al peronismo. Sólo quien sabe que este movimiento nacido en el corazón del Estado en 1945 y desalojado por la fuerza en 1955 se estrenó como opositor del lado de afuera del sistema y tuvo un entrenamiento de 17 años votando en blanco, practicando el sabotaje y desestabilizando gobiernos constitucionales (y dictaduras, claro está) puede llegar a fisgonear el sentido profundo del rezo patriótico azucarado, ese “queremos que a la Argentina le vaya bien”. Normalmente se da por descontado que un dirigente partidario anhela para su país un buen porvenir y no el apocalipsis, casi del mismo modo en que se espera que el dueño de un restorán prefiera ver a su clientela recomendándolo y no corriendo a la guardia de un hospital. Cuando uno aclara que busca el bien legitima la posibilidad opuesta. ¿Pero acaso es posible querer que a la Argentina le vaya mal? La respuesta está en la historia. Las premisas de la acción política se desfiguraron en los tiempos en que la democracia tutelada por el poder militar pretendía evolucionar con medio país proscrito. En la memoria genética del peronismo quedó estampado el boicot, dicho esto independientemente de que se quiera o no justificar su comportamiento defensivo –la famosa Resistencia Peronista– frente a la proscripción y a las persecuciones. De allí viene el mito de que el peronismo les hace la vida imposible a los gobiernos no peronistas y, si no los derroca, los desestabiliza. Inexacto: el peronismo no sólo ayudó a acortarles la vida a los gobiernos no peronistas de Alfonsín y De la Rúa sino también al gobierno peronista de Duhalde (quien se amputó seis meses del mandato que le había dado el Congreso) y liquidó en menos de una semana al presidente Rodríguez Saá, al que primero había empoderado. En 1973 Perón mismo sacó mediante un golpe palaciego ejecutado por López Rega a Cámpora. Todo esto sin contar que la guerrilla peronista entonces combatía con las armas a los sucesivos gobiernos peronistas bajo el apotegma nihilista “cuanto peor, mejor”, para que viniera una dictadura y hubiera un encuentro cara a cara con el enemigo. A menudo se dice que el peronismo, cuyo hábitat natural es el Estado, no sabe ser oposición. Quizás se trate de otra verdad a medias, porque el paradigma de la oposición democrática y eficaz en la Argentina siempre fue difuso. Cuando a los conservadores les tocó pasar a la oposición se dedicaron a conspirar y a reponer el fraude. Los radicales oscilaron entre la abstención y un republicanismo principista tan loable como poco influyente respecto del método autocrático de los gobiernos peronistas. Sobre la base de que el peronismo y el radicalismo son culturas complementarias, Alfonsín intentó un canje, el Pacto de Olivos, pero la reforma constitucional de 1994, glamorosa por su confección en la diversidad, junto con la reelección de Menem nos dejó el jefe de Gabinete, el tercer senador y el Consejo de la Magistratura, piezas institucionales cuya utilidad aun está por verse. Mientras tanto, frente al peronismo neoliberal de los noventa a los radicales les fue imposible frenar la destrucción de la industria. En síntesis, el peronismo, ideológicamente a merced de los vientos, no tiene una hoja de ruta para saber cómo caminar durante los próximos cuatro años, pero sería injusto no recordar que en la Argentina el “manual del buen opositor” viene sin ejemplos. Puestos a oponerse, muchos radicales recitan “el que gana gobierna y el que pierde acompaña”, aunque todavía no han podido establecer el significado del verbo acompañar y mucho menos su instrumentación. Cuando se trata de los peronistas aparece la aclaración de que no van a boicotear al gobierno porque quieren que al país le vaya bien. De paso, una confusión entre el éxito hipotético de un turno presidencial y el destino de la Nación, clásico melodrama argentino que inviste a los gobiernos nuevos de facultades fundacionales, de épicas liberadoras, y prefigura el no éxito del efímero mandatario como la segura extinción de la Nación. Como siempre, el problema está en la debilidad de las instituciones, la falta de reglas sostenidas, la escasa habitualidad a la alternancia, el conflicto con la rutina. Con el agravante, ahora, de que venimos de doce años y medio del segundo planteo binario instalado por el peronismo, igual que el de mitad del siglo XX sobre la base de que el adversario es el enemigo y que la guerra se reduce a dos bandos, la patria y la antipatria. Así las cosas, la mera reposición del diálogo ya constituye un hecho alentador. Un segundo avance sería ahorrar el almíbar de las metas trascendentales, evitar esta remake de la Argentina potencia tan anhelada y concentrarse en metas pedestres, concretas y templadas. Como la de que el sistema político funcione en continuado, con partidos vigorosos y a puro juego democrático.
Mirando al sur
Pablo Mendelevich @PMendelevich
Aunque sean ciertas, hay cosas que es mejor no verbalizarlas. Ya sea por obvias o porque cuelan una lógica tremebunda. Ninguna aerolínea, por ejemplo, se promociona diciendo “vuele con nosotros, nos esforzamos para asegurarnos de que nuestros aviones lleguen a destino, o sea que no se caigan en el trayecto”. Ningún restorán, pese a que están de moda las cocinas vidriadas para que se vea la higiene, pone un cartel del tipo “acá nunca se va a intoxicar porque si hay algo que no nos conviene es que usted termine internado después de probar nuestros platos”. Sobraría también el cirujano que en la puerta del quirófano le explicase al paciente el esmero del equipo médico diciéndole “queremos que usted salga bien de la operación, que sobreviva”. ¿Por qué entonces tantos dirigentes peronistas cuando se presentan en su flamante papel de opositores consideran necesario aclarar que ellos quieren “que a la Argentina le vaya bien”? La idea completa es una especie de silogismo de dudosa fortaleza lógica. Algo así: si Macri gobierna bien, al país le irá bien. Y si gobierna mal, al país le irá mal. Pero nosotros no queremos que Macri fracase, no trabajamos políticamente para hacerlo fracasar, porque queremos que a la Argentina le vaya bien, sólo buscaremos que el gobierno pierda las próximas elecciones. Un australiano probablemente no entendería la necesidad de un político argentino de dejar bien aclarado que su objetivo no son los malos resultados. A menos que fuera un académico de la Universidad de Sidney o de Michigan dedicado a estudiar al peronismo. Sólo quien sabe que este movimiento nacido en el corazón del Estado en 1945 y desalojado por la fuerza en 1955 se estrenó como opositor del lado de afuera del sistema y tuvo un entrenamiento de 17 años votando en blanco, practicando el sabotaje y desestabilizando gobiernos constitucionales (y dictaduras, claro está) puede llegar a fisgonear el sentido profundo del rezo patriótico azucarado, ese “queremos que a la Argentina le vaya bien”. Normalmente se da por descontado que un dirigente partidario anhela para su país un buen porvenir y no el apocalipsis, casi del mismo modo en que se espera que el dueño de un restorán prefiera ver a su clientela recomendándolo y no corriendo a la guardia de un hospital. Cuando uno aclara que busca el bien legitima la posibilidad opuesta. ¿Pero acaso es posible querer que a la Argentina le vaya mal? La respuesta está en la historia. Las premisas de la acción política se desfiguraron en los tiempos en que la democracia tutelada por el poder militar pretendía evolucionar con medio país proscrito. En la memoria genética del peronismo quedó estampado el boicot, dicho esto independientemente de que se quiera o no justificar su comportamiento defensivo –la famosa Resistencia Peronista– frente a la proscripción y a las persecuciones. De allí viene el mito de que el peronismo les hace la vida imposible a los gobiernos no peronistas y, si no los derroca, los desestabiliza. Inexacto: el peronismo no sólo ayudó a acortarles la vida a los gobiernos no peronistas de Alfonsín y De la Rúa sino también al gobierno peronista de Duhalde (quien se amputó seis meses del mandato que le había dado el Congreso) y liquidó en menos de una semana al presidente Rodríguez Saá, al que primero había empoderado. En 1973 Perón mismo sacó mediante un golpe palaciego ejecutado por López Rega a Cámpora. Todo esto sin contar que la guerrilla peronista entonces combatía con las armas a los sucesivos gobiernos peronistas bajo el apotegma nihilista “cuanto peor, mejor”, para que viniera una dictadura y hubiera un encuentro cara a cara con el enemigo. A menudo se dice que el peronismo, cuyo hábitat natural es el Estado, no sabe ser oposición. Quizás se trate de otra verdad a medias, porque el paradigma de la oposición democrática y eficaz en la Argentina siempre fue difuso. Cuando a los conservadores les tocó pasar a la oposición se dedicaron a conspirar y a reponer el fraude. Los radicales oscilaron entre la abstención y un republicanismo principista tan loable como poco influyente respecto del método autocrático de los gobiernos peronistas. Sobre la base de que el peronismo y el radicalismo son culturas complementarias, Alfonsín intentó un canje, el Pacto de Olivos, pero la reforma constitucional de 1994, glamorosa por su confección en la diversidad, junto con la reelección de Menem nos dejó el jefe de Gabinete, el tercer senador y el Consejo de la Magistratura, piezas institucionales cuya utilidad aun está por verse. Mientras tanto, frente al peronismo neoliberal de los noventa a los radicales les fue imposible frenar la destrucción de la industria. En síntesis, el peronismo, ideológicamente a merced de los vientos, no tiene una hoja de ruta para saber cómo caminar durante los próximos cuatro años, pero sería injusto no recordar que en la Argentina el “manual del buen opositor” viene sin ejemplos. Puestos a oponerse, muchos radicales recitan “el que gana gobierna y el que pierde acompaña”, aunque todavía no han podido establecer el significado del verbo acompañar y mucho menos su instrumentación. Cuando se trata de los peronistas aparece la aclaración de que no van a boicotear al gobierno porque quieren que al país le vaya bien. De paso, una confusión entre el éxito hipotético de un turno presidencial y el destino de la Nación, clásico melodrama argentino que inviste a los gobiernos nuevos de facultades fundacionales, de épicas liberadoras, y prefigura el no éxito del efímero mandatario como la segura extinción de la Nación. Como siempre, el problema está en la debilidad de las instituciones, la falta de reglas sostenidas, la escasa habitualidad a la alternancia, el conflicto con la rutina. Con el agravante, ahora, de que venimos de doce años y medio del segundo planteo binario instalado por el peronismo, igual que el de mitad del siglo XX sobre la base de que el adversario es el enemigo y que la guerra se reduce a dos bandos, la patria y la antipatria. Así las cosas, la mera reposición del diálogo ya constituye un hecho alentador. Un segundo avance sería ahorrar el almíbar de las metas trascendentales, evitar esta remake de la Argentina potencia tan anhelada y concentrarse en metas pedestres, concretas y templadas. Como la de que el sistema político funcione en continuado, con partidos vigorosos y a puro juego democrático.
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