Macri y los deseos imaginarios de un menemismo posible
Mirando al sur
A medida que avanza vertiginosamente el calendario político camino a las elecciones de medio término y pasados más de quince meses de la administración Cambiemos, las polémicas sobre las encrucijadas de Mauricio Macri levantan temperatura, y no sólo en el micromundo de los politizados. Las comparaciones (odiosas o no) se imponen en la conversación pública, no exentas de intereses en la disputa política.
A partir de la dura postura oficial ante el conflicto docente en la provincia de Buenos Aires, un analista de un diario español comparó a la gobernadora María Eugenia Vidal con la ex primera ministra británica Margaret Thatcher. El kirchnerismo emocional emparenta desde su origen (y aún antes) a Macri con Carlos Saúl Menem. Y no faltan quienes manifiestan su expresión de deseo con un espejo maldito que acecha al macrismo como un fantasma desde el inicio de su gestión: Fernando de la Rúa.
Con excepción de la última, pese a la mala imagen del expresidente riojano en la memoria colectiva de los argentinos, al oficialismo no le disgustan del todo las dos primeras comparaciones. En última instancia, Thatcher y Menem representaron administraciones “exitosas” desde el punto de vista de los objetivos que se autoimpusieron: una transformación regresiva de las relaciones económico-sociales de la Inglaterra de los años ochenta y de la Argentina noventista.
Sin embargo, hay que tomar en cuenta el género próximo y las diferencias específicas con el momento presente del gobierno de Cambiemos y la compleja transición en curso.
El 8 de julio de 1989, a cinco meses de finalizar el mandato de Raúl Alfonsín, se adelantó el traspaso a manos de Menem. El motivo evidente fue la crisis económica y social ruinosa en el ocaso alfonsinista, con la hiperinflación como factor sobresaliente.
Previo a la consolidación del Plan de Convertibilidad –en abril de 1991–, Menem lidió con bruscos vaivenes, exaltadas tensiones y equilibrios precarios en los primeros 18 meses de su gestión. Los diferentes ministros de Economía (Miguel Ángel Roig, Néstor Rapanelli y Erman González) intentaron domar la inflación con múltiples medidas. Pero el gobierno no pudo controlar del todo los brotes inflacionarios y se produjeron dos potentes recaídas en 1989 y 1990. La primera fue la más impactante, con porcentajes que alcanzaron un 79,2% en enero del primer año, y la segunda un 61,6%, en febrero del año siguiente.
Para “fundar” definitivamente el menemismo, el riojano tuvo que avanzar en un cambio cualitativo de las relaciones de fuerzas sociales. Una patriada al servicio de los dueños del país que tuvo hitos como la derrota de las grandes huelgas que enfrentaron las privatizaciones de YPF, los ferrocarriles o los teléfonos.
Para este objetivo, contó con la colaboración invalorable de la dirigencia sindical tradicional al precio de cooptar y adornar jugosamente a sus aparatos. Derrotas y desmoralización en las bases y prebendas para los dirigentes terminaron de configurar la fórmula siniestra que caracterizó al mundo del trabajo en la Argentina de los años noventa: trabajadores pobres y sindicatos ricos. Un modelo sindical que permaneció intacto en la llamada “década ganada” y del que hace uso también Macri.
La cooperación gremial se logró por el otorgamiento de los eufemísticamente llamados “beneficios suplementarios”. En el contexto del Programa de Propiedad Participada (PPP), que comenzó en 1989 y se amplió a partir de 1991, con el festival desenfrenado de privatizaciones de las empresas públicas. El gobierno concederá a los colaboracionistas sindicales la posibilidad de participar como “empresarios” con un porcentaje que rondará el 10% de las acciones de las privatizadas . Rogelio Rodríguez (telefónicos), Antonio Cassia (petroleros), Oscar Lescano (Luz y Fuerza), titular de Edesur a través de un representante suyo, José Valle (seguros), “delegado normalizador” del Instituto de Servicios Sociales para el Personal de Seguros (ISSS), Jorge Ibáñez, “director obrero” de YPF y José Luis Lingeri, director de Obras Sanitarias y Aguas Argentinas, entre muchos otros, fueron los beneficiados.
Pero hubo dos factores más que aportaron a las condiciones de posibilidad del éxito del programa menemista: el contexto internacional de un neoliberalismo que aún estaba en ascenso y habilitó un ciclo de negocios con la llegada de capitales, y el elemento disciplinante de la reciente “hiper” que abrumó a los argentinos y llevó casi a la impotente disolución social.
Con este itinerario, Menem arriba las primeras elecciones legislativas con el apoyo de los sindicatos. Las 62 Organizaciones organizaron un acto en respaldo a Eduardo Duhalde, candidato a diputado del justicialismo por la provincia de Buenos Aires en las elecciones de medio término de 1991. El triunfo en esa contienda consolidó al menemato y su reinado en la noche neoliberal.
Pese al profundo deterioro del esquema económico que rigió bajo el kirchnerismo, el gobierno encabezado por Macri asumió el poder sin que llegue a desatarse una crisis catastrófica que cumplió una función central como elemento de coerción y disciplinamiento para el éxito menemista. El avance con mayor o menor prisa, pero sin pausa, de lo que el periodista Martín Rodríguez llamó el microajuste infinito, fue garantizado durante este periodo por un blindaje político que va desde los dirigentes tradicionales de la CGT, pasando por la mayoría del peronismo parlamentario y los gobernadores, hasta llegar a los llamados “movimientos sociales”, bajo la influencia y orientación –para nada secundaria– del papa Francisco: un referente que, parafraseando a los teóricos del extinto autonomismo, “piensa globalmente, pero actúa localmente”.
El cambio de tono y de relato de Cambiemos se manifestó en el discurso polarizador de Macri en la inauguración de las sesiones ordinarias del Congreso (“Río Negro”, 9/3), en las respuestas de un desbocado Macros Peña en la interpelación en Diputados y en la dureza de Vidal frente a la docencia. Ante a la falta de resultados económicos, Cambiemos da un giro hacia un decisionismo más combativo en el camino de su menemismo posible.
Pero si en la superestructura política se expresó distorsionadamente una relación de fuerzas (triunfo ajustado y en balotaje, minoría parlamentaria en ambas cámaras), el grito de las recurrentes movilizaciones multitudinarias de marzo empezó a expresar esa disposición en el terreno social. El 6 de abril se escuchará el ruido sordo de un paro general, convocado tímidamente por los dirigentes.
Además, Macri no sólo “padece” de la ausencia coercitiva de una crisis catastrófica, sino que el mundo se cierra sobre sí mismo y la lluvia de inversiones se convierte cada vez más en un sueño eterno y su promesa en una letanía inalcanzable.
Colocar al conflicto docente como la madre de todas las batallas para recibirse de “menemista” parece una manifestación de exagerado entusiasmo.
Puede haber vencidos, pero es difícil que para los vencedores el resultado de estas paritarias en la educación tenga la densidad de lo que implicaron las derrotas de las privatizaciones y sus miles de despidos. Sin hablar de sus consecuencias políticas y específicamente electorales.
En ese laberinto aparecen los ribetes “delarruístas” (“caer” en la educación pública, confundir el mínimo de los jubilados) producidos, como corresponde a un gobierno paquete, no en la pantalla “populista” de Marcelo Tinelli, sino en la lujosa mesa de la señora Mirtha Legrand.
Para terminar de convertirse en el Menem blanco triunfante con el que sueña el establishment, a Macri le queda mucho por hacer en un terreno que no es el mundo Pro de los combates inmateriales en las redes sociales, sino el áspero escenario de la lucha de calles. En ese territorio inquietante e incierto nadie ha dicho aun la última palabra.
*Periodista