Marx, un detractor de Bolívar

Cuando Simón Bolívar murió (1830), Carlos Marx tenía doce años y solía emplear su tiempo jugando con sus hermanos y amigos en la antigua, prusiana y natal ciudad de Tréveris. Entonces faltaban cuarenta años para que Lenin naciera (1870) en Simbirsk (hoy Uliánovsk, es decir la ciudad de Lenin) y nada hubiera permitido pensar que el autor del Manifiesto Comunista y el primer dirigente soviético se transformarían en padrinos ideológicos del promotor de la Gran Colombia. Pero, no obstante haber muerto Bolívar antes de que Marx produjera una sola idea política y también de que naciera Lenin, la frondosa imaginación de Hugo Chávez le asigna al Libertador venezolano una ideología que no llegó a conocer. El autor de “El capital” jamás hubiera aceptado que su nombre quedara pegado a un ser al que despreciaba. Si esto hubiera ocurrido en vida del pensador alemán, su carácter irascible se hubiera manifestado con mayor virulencia aún. Marx fue un implacable crítico –evaluación que llegaría al denuesto y el insulto– del Libertador venezolano. Chávez creó desde el poder un partido político al que llama Partido Socialista Unido de Venezuela. Es más, aclara que el término “unido” significa “unido para siempre con los ideales bolivarianos marxista-leninistas de Bolívar el Libertador”. El presidente de la República Bolivariana logra que quien no conoció siquiera la palabra “socialismo” quede unido “para siempre” al “marxismo-leninismo”. Más que una audacia política del chavismo, este forzado enlace parece una expresión ideológica del realismo mágico. La tirria que Marx sentía hacia Bolívar aflora en un artículo que publicó en enero de 1858 en “The New American Cyclopaedia” de Estados Unidos. La invectiva marxista contra Bolívar comienza desde el título de la crónica “Bolívar y Ponte”. Lo llama “Libertador” (las comillas son de Marx) de Colombia y alude a los dos apellidos de Bolívar para ubicarlo como originario de las aristocráticas y conservadoras familias centroamericanas llamadas “mantuanas”, denominadas así por la mantilla que usaban sus mujeres al concurrir a misa y por las capas (mantas) que se ponían los hombres, como señales, ambas, de pertenencia a la aristocracia criolla. En este artículo, que en realidad es una biografía del Libertador, Bolívar y sus connacionales son tratados como vagos e inconstantes: “…como la mayoría de sus compatriotas, era incapaz de todo esfuerzo de largo aliento”. Marx considera cobarde a Bolívar por huir ante una sublevación de prisioneros españoles que Miranda le enviaba regularmente a Puerto Cabello para su custodia. El Libertador se escapa “…aunque los españoles estaban desarmados, mientras que él disponía de una fuerte guarnición y un gran arsenal…”. La fuga de Bolívar sin siquiera avisar a sus propias tropas permite al comandante español, Monteverde, retomar nuevamente una plaza que estaba en poder de los criollos independentistas. Marx acusa a Bolívar de secuestrar a Miranda y entregarlo a Monteverde, quien lo envía engrillado a Cádiz donde muere en prisión. Esta acción merece el reconocimiento del comandante español, quien ve lo actuado por Bolívar como un “servicio prestado al rey de España con la entrega de Miranda”. Tampoco le reconoce capacidad militar: “…a fines de mayo de 1818 Bolívar había perdido unas doce batallas…”. Marx denuncia el pillaje de las tropas bolivarianas: “Aunque la ciudad (Bogotá) había capitulado Bolívar permitió a sus soldados que durante 48 horas la saquearan”. Y lo trata nuevamente de cobarde al citar al general Manuel Piar, prócer la Independencia de Venezuela, quien amenaza a Bolívar con someterlo a un Consejo de Guerra por deserción y cobardía. El creador del socialismo científico revela que Piar llamaba sarcásticamente a Bolívar el “Napoleón de las retiradas”. El que forma un Consejo de Guerra es Bolívar, pero para juzgar a Piar, a quien finalmente hace fusilar. Pero es en una carta fechada en Londres el 14 de febrero de 1858, dirigida a su amigo Federico Engels, donde el pensador alemán no ahorra munición semántica en sus disparos contra el prócer venezolano. En la aludida misiva lo trata como el “canalla más cobarde, brutal y miserable. Bolívar es el verdadero Soulouque”. Faustino Soulouque, llamado Faustino I, fue un dictador, cruel y megalómano, emperador de Haití. Marx pasa los últimos treinta y cuatro años de su vida en Londres (1849-1883), donde se dedica a estudiar e investigar en el Museo Británico, a escribir artículos en distintas publicaciones y a generar su obra fundamental: “El capital”. Milita en organizaciones políticas afines a su ideología y observa la vitalidad de ese capitalismo de la Revolución Industrial que lo obsesionaba y al que le asignaba posibilidades históricas casi mágicas, actividades que el creador del socialismo científico desarrolló sin dejar de disfrutar de una libertad que los sistemas políticos que se gestaron bajo su designio ideológico negaron a su población. Si alguien en la Argentina actual, tan proclive al insulto ideológico, justifica los crímenes del imperio británico en la India porque, según Marx, es la forma adecuada para que sus habitantes “entren en la historia”; aprueba, junto a su amigo Engels, el zarpazo del imperialismo norteamericano sobre México, por considerar a los perezosos mexicanos indignos de habitar California; llama vagos a mexicanos y venezolanos desde una postura discriminatoria y trata de cobarde y miserable a Bolívar, atravesaría raudamente los límites extremos de lo “políticamente correcto” y recibiría los clásicos denuestos ideológicos: “facho”, “reaccionario” y “cipayo”. Pero como estas afirmaciones están en los aludidos escritos de Carlos Marx, los seguidores de éste, poco inclinados a cuestionar a su ídolo, dicen: “Son expresiones que deben analizase adecuadamente”. Mi amigo Alejandro, profesor de Economía Política en una universidad porteña, suele decir que si Marx hubiera conocido a Roca su opinión sobre el presidente argentino sería opuesta a la que le mereció Bolívar. (*) Exdirectivo de la industria editorial

Héctor Landolfi (*)


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