Miguel Hernández, poeta del pueblo
El sábado a las 19, en el Salón Azul de la UNC, se realizará una jornada en su homenaje.
Hernández, uno de los auténticos poetas españoles del siglo XX
“Yo empuño el alma cuando canto”, escribió Miguel Hernández (Orihuela, 1910- Alicante, 1942). En la plaza de los Artistas, situada en Islas Malvinas e Illia de la ciudad de Neuquén, hay un monolito con un bajorrelieve que reproduce la cara del poeta oriolano. Hasta no hace mucho tiempo en mal estado de conservación, símbolo del olvido, la indiferencia y la negación de la poesía en nuestra sociedad. El centenario de su nacimiento nos convoca a hablar de Miguel Hernández, quien no sólo es uno de los más auténticos poetas españoles del siglo XX sino también un artista cercano al pueblo de esta ciudad, ya que aquí vivió muchos años un entrañable amigo del poeta, don Basilio Valeriano Marquina, héroe de la Batalla de Teruel y de la Resistencia de Madrid durante la Guerra Civil. Vaya pues este escrito como homenaje a ese vecino, exiliado dolorido de su patria española. Miguel Hernández tuvo un origen campesino, y como poeta lo definió un vigoroso espíritu de afirmación campesina. Muy pronto tuvo que dejar los estudios familiares por mandato paterno y dedicarse al cuidado del ganado familiar. Comenzó a escribir octavillas y sonetos cuidando sus cabras. Hernández se acercó a círculos literarios de su Orihuela natal, integró un cenáculo que se reunía en una panadería de Carlos Fenoll, y cuya figura descollante fue el joven José Marín Gutiérrez (cuyo seudónimo, Ramón Sijé, inmortalizará Miguel en “Elegía”). Ramón Sijé, dirigente de un catolicismo humanista, poeta también y amigo del alma de Miguel, contribuyó a su formación literaria y lo estimuló a publicar sus primeros poemas en revistas y periódicos. En los años que reside en Madrid se contacta con el grupo poético del 27, fue amigo de Federico García Lorca, Rafael Alberti, y sobre todo de Vicente Aleixandre. En el contacto frecuente con la capital española hay que buscar la simiente de su crisis personal que pone en cuestión su marco ideológico y religioso que se manifestará, de alguna manera, en todos los poemas que escriba entre 1933, 1934 y 1935, en la etapa que va entre Perito en lunas y El rayo que no cesa. Testimonio de esa crisis son estas palabras del poeta: “En el último número recientemente aparecido de El gallo crisis (revista dirigida por Sijé en Orihuela) sale un poema mío escrito hace seis o siete meses: todo él me suena extraño. Estoy harto y arrepentido de haber hecho cosas al servicio de Dios y de la tontería católica” (se refería a “Sonreídme” poema bisagra en su evolución ideológica y estética). Los poemas escritos entre 1936 y 1937 constituyen un corpus de su conversión, guarda un notable grado de coherencia: de la soledad y la pena pasa a la solidaridad con los amigos y la comunión con los poetas para arribar a la fraternidad revolucionaria y solidaridad con los oprimidos, umbral de la poesía combativa de la Guerra Civil. Es este acelerado cambio ideológico mucho tiene que ver las circunstancias sociopolíticas que se viven en una España convulsionada; también en el cambio estético hay una figura que será importante: Pablo Neruda. La guerra le hace ver con claridad cuál es su función, en uno de sus primeros poemas de guerra se llama a sí mismo ruiseñor de la desgracia y eco del infortunio. En la constitución estética del poeta, a partir de 1937, se asienta la obra cuyos constituyentes son: la tendencia hacia una poesía de reafirmación de un yo personal, en sus diversas expresiones psíquicas y sentimentales, por un lado y por otro lado, la elección hacia una poesía coral, hímnica en su enunciación y subversiva en sus propósitos. Fervoroso militante republicano, fue detenido al terminar la Guerra Civil, muere en 1942, en la cárcel de Alicante, a los treinta dos años (las últimas palabras que escribió fueron: “Adiós hermanos, camaradas, amigos/ ¡despedidme del sol y de los trigos!”). Su muerte, que resulta el equivalente carcelario del fusilamiento de Lorca, fue, tal vez más escandalosa, porque su agonía duró meses, y nadie pudo o quiso salvarlo, a pesar de los denodados esfuerzos de su esposa y de sus amigos. La derrota republicana y la muerte prematura del poeta interrumpieron la publicación y edición de muchas de sus poesías, artículos y escritos en prosa. La viuda del poeta, Josefina Manresa, confió siempre en el poeta y amigo, Vicente Aleixandre, que continuamente la asesoró y ayudó para completar y publicar la obra de Miguel Hernández, que se conoció en el mundo hispanohablante gracias a la labor de editoriales argentinas. Miguel Hernández escribe desde muy joven, casi desde niño, pero a partir de 1930 y 1931, ordena sus poemas de adolescencia y primera juventud con la idea de publicar un libro. “Perito en lunas” (1933) es un libro que resume una etapa en la formación de Hernández. “El rayo que no cesa” (1936) es un poemario sorprendente. Treinta poemas de perfecta factura. “Viento del pueblo” (1937) se inscribe en una poesía de índole coral y optimismo voluntarista, concebido como aliento épico par los combatientes. “El hombre acecha” (1939), integrarían con los del libro anterior el ciclo de los poemas de la guerra, aunque en éste es más pesimista. Publicado en forma póstuma, llega “Cancionero y romancero de ausencias” (1938-1941). La angustia de la ausencia y la muerte son los temas axiales de este libro, testimonio denso y apretado del poeta prisionero. Mucho más podría decir de esta voz lírica, pero prefiero terminar citando sus palabras: “Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas” (de la “Dedicatoria” en Viento del pueblo (1937). (*) Cátedra Literatura Española II (UNC)
Gloria Siracusa (*)
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