Mis días como cronista junto a 60 peregrinos del Alto Valle

Acompañé a un grupo de fieles que conocieron al papa. Algunas de mis impresiones.



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Contar un viaje debería significar algo más que la sucesión de eventos afortunados o desafortunados que se viven recorriendo unos cientos de kilómetros. Se trata de conectarse y conocer historias de las vidas que viajan a bordo. Personas que por sobre toda creencia se mueven y organizan por un objetivo claro.

Desde el último domingo viajé con un grupo de fieles de distintas ciudades del Alto Valle (Regina, Godoy, Contralmirante Cordero, Cinco Saltos, Cipolletti, Neuquén, Roca, Plottier) en su peregrinar hasta Temuco, para participar de la misa que ofició el papa Francisco en la base militar Maquehue.

El viaje en general fue agradable, solo con algunos inconvenientes previsibles de un encuentro tan masivo. El paso fronterizo Mamuil Malal no tuvo demoras y la llegada a Pucón para almorzar el lunes fue con una temperatura más que agradable. El destino final era Villarrica, en realidad “Pedregoso”, un pequeño poblado donde estaba el hospedaje: un albergue de escuela rural muy acogedor y pintoresco al pie de la montaña.

Cada momento del viaje lo fuimos contando entre todos en las historias de Instagram y en Twitter. La posibilidad de salir en alguna publicación diario generó interés de casi todos y los mensajes de Whatsapp con las familias no pararon nunca. “Dice mi hija que me vió en el Face”, “Mi nieta me escribió que vio una foto nuestra”, fueron algunos de los comentarios sobre el micro.

Seguro alguien ya lo dijo pero el viaje lo hacen las personas. Nemo, Marta, Titina, Maximina. Rosa, Norma, Barbi, Miriam, Sabrina, Mariana, Ana y Joni fueron algunos de los nombres propios con los que me encontré en el camino. Nombres con historias para contar.

Por ejemplo, Norma y Rosa Vergara son primas, viajaron desde Godoy y Plottier para conocer a Francisco. Pero también les interesó el recorrido porque conocerían la tierra de su familia: Villarrica.

Por razones económicas no habían podido volver en muchos años. Los padres de ambas nacieron en la ciudad chilena y sintieron con emoción cada paso que dieron en esas tierras. Prometieron volver algún día con más tiempo, mientras terminaban unas banderas que más tarde agitarían frente al papa.

Romana Bavaresco tiene 82 años. Es italiana pero desde hace mucho que vive en Villa Regina. En el 2000 participó de los festejos del jubileo del nuevo milenio en la ciudad de Roma. Desde entonces – y por 18 años – guardó una gorra roja con inscripciones doradas, que pensaba utilizar en alguna ocasión especial. Esperaba poder mostrarsela a Francisco en Temuco, pero lamentablemente no pudo llegar hasta el predio por la logística de llegada.

Por motivos de la organización, nuestra ubicación en una de las primeras parcelas ingresó a las doce de la noche del miércoles. Esto motivó que un grupo de 9 pasajeras decidieron no participar de la ceremonia. “Estamos grandes y no podemos hacer ese sacrificio, nos va a hacer mal a la salud” me contó una con tristeza en un pasillo antes de cenar. No era para menos, recorrieron muchos kilómetros con un objetivo que no pudieron cumplir.

El chiste irónico entre todos era “pasamos de la hipotermia al golpe de calor en menos de doce horas”. Quienes fuimos, vivimos 10 horas a la intemperie soportando bajas temperaturas que pasaron de los 3 grados a los 30 sobre el mediodía. La noche fue larguísima. Todo sirvió para taparse: mantas, camperas, repasadores, remeras, lo que sea. Había que pasar la noche. Desde las 2 de la mañana y hasta las 8 hubo bandas sobre el escenario que más tarde se convertiría en altar. Escuchamos cumbia, rock, pop y hasta reggaetón católico.

Pero en el campo las actitudes eran dispares: o intentabas dormir algo abrigado cómo sea, o intentabas bailar para entrar en calor. El primer suspiro de calor llegó recién con la salida del sol cerca de las 7 de la mañana.

Todo estaba listo. La orquesta y el coro probaron sonido, las banderas chilenas, papales, mapuches y argentinas se agitaron con la leve brisa del oeste. “Ahí está, llegó” gritó un cura desde el escenario. En el papamovil y con una velocidad media, Francisco ingresó a un predio donde lo esperaba una multitud. Muchos corrieron o se apretaron contra las vallas celular o cámara en alto.

El grupo vivió la misa con atención y emoción. El silencio era supremo cuando Francisco hablaba, sobre todo en la homilía, que despertó aplausos efusivos de casi todos. Levantaron carteles que habían preparado antes, sostuvieron fotos de familiares por los que rezaron, cantaron, se abrazaron, se desearon paz. Sintieron.

La organización planeó todo dentro del predio. Afuera no. Esto generó una larga procesión por los mismos 4km del ingreso, apretados y al rayo del peor sol del mediodía. Había mucha gente grande entre los asistentes, por lo que las descompensaciones no fueron pocas.

El grupo se dispersó, era imposible mantener el orden en la marea de gente. Nos reencontramos en el colectivo: a 2 km más del punto de encuentro.

El regreso, nos encontró a casi todos durmiendo, tratando de relajar después de 18 horas de peregrinar sin descanso. Los pasos internacionales, de nuevo sin demoras por lo que la vuelta a casa fue un poco más corta. Al llegar al Valle, sobre la madrugada del jueves, los abrazos y el deseo de seguir en contacto se multiplicaron mientras recorríamos cada ciudad.

Hubo 193.000 historias en Temuco. Solo pudimos contar un puñado, pero todos llegaron hasta ese lugar esperando algo. Buscando respuestas o queriendo encontrarse con ellos mismos.

No importa en qué creas y hasta puede sonar naif, pero allá ocurrió esa magia inexacta, de cuando la gente se reúne por un mismo fin.


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