Mucho miedo



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Inevitable es recurrir a la primera persona del singular y desistir de los eufemismos y artilugios del lenguaje. Es lo mejor cuando hay que hablar del miedo. Del miedo propio. Yo tengo miedo. Miedo fue lo que sentí cuando, hace algún tiempo en medio de la creciente sensación de inseguridad, escuché propuestas para constituir guardias urbanas de vigiladores en San Martín de los Andes. Una cosa es la comprensible asociación de vecinos solidarios, que se envían “mensajitos” o llaman por teléfono a la Policía si algo les resulta sospechoso en la acera de enfrente, y otra es organizar rondas civiles sin entrenamiento, que lo mismo pueden alertar sobre un robo que hacer un desastre, ya sea por exceso de malentendido heroísmo o por prejuicio. Ese mismo prejuicio que lleva a algunos a temer de aquel que parezca desalineado, acaso pobre, y ande dando vueltas en horas inconvenientes. Cuando escuché la idea por primera vez no puede evitar el escalofrío de la memoria. De allí a una versión dominguera de los “camisas pardas” hay un paso, pensé con exageración. Pero puedo decir en mi defensa que el miedo se lleva muy bien con las exageraciones. Por fortuna, las guardias civiles fueron abandonadas como idea –eso creo– y nos llenaron la ciudad de cámaras de vigilancia. No me convencen del todo pero, eso sí, al menos no miran con mala cara. El problema es que hace unos días me enteré de otro asunto la mar de grave. Y otra vez tuve miedo. En la zona más rural de la Vega sanmartinense destacan decenas de pequeños y muy medianos ruralistas. No son crianceros de subsistencia, como nuestros paisanos bien de campo adentro, pero tampoco son potentes hacendados. Tienen cerdos, ovejas, vacas, y destinan algún cuadro a la explotación medida de esos animales. En los últimos 30 días les mataron y faenaron en sus propias parcelas 45 animales, entre ovinos, bovinos, equinos. En los últimos cinco meses han contado el sacrificio de 30 vacas –algunas preñadas– con igual método. La Dirección Municipal de Bromatología decomisó en los últimos cuatro meses 1.000 kilogramos de carne que se comercializaban de modo ilegal, sobre todo en carnicerías y algo en restaurantes. No se trata del peso de animales aún sin despostar, sino de decenas de cortes vacunos ya puestos en cámaras o ganchos. Eso equivale a unas diez reses cuatrereadas. Una buena vaca en pie puede costar entre 5.000 y 7.000 pesos. Los muchachos del abigeato disimulan de día. Van por los callejones rurales, detectan a los animales y se lanzan luego con el amparo de la noche. Los matan, cuerean y faenan lo grueso en el lugar, dejando tras de si los restos de la fechoría para festival de perros y alimañas. Luego, esa carne va a parar a los circuitos oscuros de comercialización y en su mayoría se vende por aquí. Hay trabajo policial y coordinación con Bromatología, por lo que no es casual que en los últimos meses hayan aparecido –en este diario y en otros– informaciones sobre decomisos o cuatreros sorprendidos en plena faena, que lo abandonan todo y huyen a campo traviesa. Según consultas de esta columna, se estima que la red de cuatreros de estricta raigambre zonal abarca a una veintena de miembros, entre los que matan a campo y los que sirven la logística, sin contar a los que venden y a los que compran en la clandestinidad. Son muchos y se mueven con sigilo y rapidez. En ese amargo trance hay damnificados tentados de abandonarlo todo. Pero hay otros que deslizan por lo bajo que no queda otra que armarse, que recorrer los campos por turnos con la escopeta al hombro. Eso me da miedo. Mucho miedo.

la semana en san martin

Fernando Bravo rionegro@smandes.com.ar


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