Negocios y servicios

El sistema capitalista está basado en el principio del lucro. Adam Smith, su primer teórico en la época de la Revolución Industrial segunda mitad del siglo XVIII inglés, postuló que si cada cual actuaba según su propio interés, resultaría el bienestar para todos; es decir, la suma de nuestros egoísmos daba como resultado el bien común. La entidad que se encargaría de lograr ese bien común era la famosa «mano invisible» del mercado.

Este principio sigue estando en la base de las teorías neoliberales que hoy ya no están tan en boga como hace 15 años, cuando la «historia había terminado» con el triunfo de aquel sistema en todo el mundo, a la caída de la URSS y la consiguiente admisión del fracaso del único sistema económico alternativo que se había intentado poner en práctica, el socialismo o su caricatura soviética. La expresión actualizada de la metáfora de la «mano invisible» es ahora la imagen del «derrame» de la riqueza hacia los más pobres sean ellos individuos o naciones, derrame que en toda evidencia no se ha producido. Y ¡guay! de cualquier intervención estatal.

Aquí hay que hacer una aclaración que muchas veces no se hace al criticar el sistema neoliberal: es cierto que se produce más riqueza. También lo es que un pobre de hoy vive mejor que su antepasado pobre en el siglo XIX o en siglos aún más remotos. La miseria de los campesinos en la Edad Media era tal que un indigente de hoy casi sería considerado opulento a su lado. Tanto los pobres como los ricos se han vuelto más ricos, pero los ricos se han enriquecido mucho más, con lo cual ha aumentado la brecha social, especialmente en los países más pobres.

También lo ha hecho la brecha entre los países ricos y pobres, piadosa o hipócritamente llamados «emergentes», y aun al interior de los países ricos mismos, donde las condiciones sociales empeoran y las brechas se agrandan. Especialmente en los EE. UU., hay fortunas personales que superan el PBI de países con millones de habitantes, y los EE. UU. gastan por año en armamentos el doble de nuestro PBI. Aparte de que eso es demencial, porque nadie puede hacer nada con tanta plata ni con tantas armas, más que ganar más plata, esto crea una sensación de injusticia muy flagrante, que en la época en que todo se sabe de inmediato resulta intolerable.

Para colmo, muchas de las tecnologías industriales modernas tienden a ahorrar mano de obra, con lo cual se crea una masa obrera desplazada que se «cae del sistema» y comienza a vegetar en sus márgenes mientras se amasan fortunas y se alienta un consumismo devastador. Esto es Darfur y la rabia de los «franceses de segunda generación».

El sistema productivo crea «bienes y servicios» y los comercializa. El sistema neoliberal quisiera considerar a estas dos categorías en un pie de igualdad: todo es considerado mercancía y por lo tanto está sujeto a ser vendido obteniendo un lucro, que constituye el bien privado de Adams, cuyo conjunto debe construir el bien común y «derramar» una parte. Y todo atisbo de protección a cualquier actividad aun a las culturales, como veremos más abajo es anatematizado. No hay diferencia esencial entre un libro y una lata de tomates, entre el agua potable y un teléfono móvil, entre un mueble y un medicamento necesario para la supervivencia de un enfermo. Los capitales fluyen cual agua, pero la gente debe recurrir a la ilegalidad y el tráfico de personas en la quimérica búsqueda de un futuro mejor y los ilegales sirven de trabajo semiesclavo si no quieren ser deportados.

En los EE. UU. la privatización ya ha alcanzado parcialmente incluso a las Fuerzas Armadas, lo cual, dicho sea de paso, exime al gobierno de hacerse responsable de las violaciones a las «leyes de la guerra» por parte de tales «voluntarios», inclusive la tortura a prisioneros.

De esa manera actuó el sistema de privatizaciones del menemismo. Tomemos el ejemplo de los ferrocarriles. Como el lucro tenía precedencia sobre el bien común y el ferrocarril fue considerado un negocio y no un servicio al país entero, los ramales que no daban beneficios privados a sus concesionarios fueron cerrados, dejando fuera del mundo a numerosas poblaciones para las que el tren era una fuente de vida. El argumento preferido usado como justificación para esa actitud era el subsidio que debían recibir los ferrocarriles. La consecuencia de esa política fue que la red ferroviaria argentina quedó reducida a una parte de lo que era en su época de máximo esplendor y muchas localidades se despoblaron o vegetan. Vale la pena recordar que esta reducción ya había comenzado mucho antes, cuando en los años '60 los intereses petroleros y automotrices comenzaron a tener mayor peso en las decisiones políticas y se desarrolló el mucho más caro sistema de transporte a larga distancia por carreteras.

El personal ocupado en los ferrocarriles es ahora mucho menor que antes de la privatización, pero máxima ironía los subsidios que reciben los operadores privados son mayores de lo que nunca fueron, porque la zona suburbana de Buenos Aires sencillamente no podría subsistir sin los trenes aunque éstos funcionen mucho peor que cuando eran operados por el Estado. Mientras tanto, en Europa y en Japón la principal forma de comunicación de media distancia es el tren, porque los trenes de alta velocidad llevan a sus pasajeros más rápido a su destino que los aviones. Además, se han hecho grandes inversiones en el ferrocarril, mientras que aquí no se renovó una vía en décadas y el tren de lujo de Bariloche a San Antonio no puede superar los 60 km/h porque, si no, descarrila. Pero ahora, por fin, por lo menos se habla del tema, y también se quieren hacer trenes de alta velocidad…

El transporte aéreo es otro servicio esencial que no tiene que ser rentable en forma puntual y ni tocaremos aquí el tema del mantenimiento de los equipos, ni del cumplimiento de los horarios ni del control. Para ir de cualquier punto de la Argentina a cualquier otro (por ejemplo, de Bariloche a Viedma, en la misma provincia, o de Bariloche a Neuquén, apenas una distancia de 400 kilómetros), hay que pasar por Buenos Aires y, eventualmente, pernoctar allí. ¿Por qué? Porque para el sistema dominante el concepto de servicio es desconocido o está tergiversado hasta ser irreconocible. Las rutas que no rinden dividendos en forma inmediata se eliminan. Los transportes y cualquier otra actividad deben ser lucrativos en forma individual, no en forma social. El bien de la sociedad no ha surgido de la suma de egoísmos, como ingenuamente creyó Adam Smith. En el esquema liberal, las empresas son las que deben ser rentables y no importa que la sociedad viva peor.

Casos muy particulares de este principio son los bienes culturales, que sirven para mantener viva la conciencia de una sociedad. Es absurdo e inmoral que los servicios culturales (sobre todo la educación) también sean tratados como negocios so pena de la desaparición de la nacionalidad misma. La industria del libro y del cine son ejemplos claros. Si el cine sólo es un negocio, queda en manos de las distribuidoras casi todas extranjeras, desaparece el cine nacional y sólo veremos películas estadounidenses, que de todas maneras dominan el mercado de modo cercano al monopolio. Esto incluye la televisión, que nos inculca su propio estilo de vida, creador de una mentalidad farandulesca y superficial. La industria editorial nacional alguna vez la más importante en lengua española está renaciendo ante la competencia española gracias al dólar alto, no por una política cultural importante. El Estado debe subvencionar la industria cultural argentina, si fuese necesario, para que nuestra cultura no desaparezca; esto incluye la industria editorial, la música, el cine… El renacer de instituciones como el Fondo Editorial Rionegrino es una buena señal, que estaría prohibida si fuese la OMC la que nos dictase la política cultural, así como estaría prohibido todo subsidio al cine nacional. Cualquiera que sea la política económica en otros rubros, la globalización no debe alcanzar los servicios esenciales a la vida y tampoco a la cultura, que debería ser un servicio al mantenimiento de la nacionalidad.

Un caso especial de esto es la educación, cuya consideración como negocio abierto a la competencia internacional nos condena a la desaparición como nación. Por eso debe volverse a las épocas sarmientinas en que la escuela pública era la mejor, en lugar de subsidiar a escuelas privadas que son, o bien negocios, o bien fuentes de infiltración ideológica.

Otro caso especial son los medicamentos. Es cierto que la investigación requiere ingentes fondos, pero si eso se lleva al límite de prohibir la producción de medicamentos baratos en los países más pobres, masivamente afectados por la malaria o el sida, el sistema es tan inhumano que se criminaliza. Pero eso es tema para otra nota.

 

TOMAS BUCH (*)

Especial para «Río Negro»

(*) Tecnólogo generalista


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