“No acuso, quiero saber”
Desgraciadamente, la enfermedad que terminó con la vida de mi querido hermano Manuel García hizo que viviera una experiencia difícil de olvidar. Pero por otra parte, más allá del dolor de la pérdida y del esfuerzo de enfermeras y doctores de clínicas y hospitales en donde nos tocó estar con Manuel, me quedó una duda que quiero hacer pública. Se trata de una pregunta casi filosófica, aunque por momentos pueda parecer una acusación, que siempre busca una respuesta y va dirigida principalmente a los políticos que gobiernan nuestra provincia y que –entre otras responsabilidades– tienen en sus manos diseñar políticas de salud pública. En el terrible laberinto peleando por la salud de Manuel nos tocó internarlo en el Hospital de Choele Choel. A esa altura de su enfermedad –cáncer gástrico– casi no podía ingerir alimento, ni cosas sólidas ni líquidas, pues no las toleraba. De hecho se sostenía con suero, por donde su organismo se alimentaba e hidrataba. Para nuestra sorpresa –la de los hermanos y familiares que estábamos acompañándolo– llegó un momento en el que la profesional médica que lo atendía nos informó que debíamos llevarlo a casa y tenerlo allí, aunque para ello era necesario darle la medicación de manera oral, cosa que –como he dicho– no toleraba. Insistí personalmente en solicitarle a esta médica que lo dejara internado por los motivos descritos, pero ni el cuadro general de la deteriorada salud de Manuel ni nuestros argumentos fueron suficientes para convencerla, y nos vimos obligados a llevarlo a la internación domiciliaria, en una casa con muchas barreras arquitectónicas para alguien que no podía moverse por sí mismo y que en ese momento sólo pesaba 60 kilos, escaso peso para un hombre de 1,80 metros. El jueves la doctora habló conmigo y me dijo que el hospital es para enfermos agudos, no crónicos. El viernes lo hizo con mi hermana y mi sobrino, y el sábado Manuel decidió irse al mediodía. Desde entonces, y hasta el martes a la mañana cuando decidimos internarlo en una clínica, estuvo sin alimentarse, sin hidratarse y sin la tan necesaria medicación que mitigaba el tremendo dolor que conlleva la enfermedad que padecía. Y aquí va mi duda: ¿para qué están hechos los hospitales públicos? Uno supone que para atender a todo aquel que allí llegue y para brindarle contención, atención médica y luchar para que el sufrimiento del paciente sea el mínimo posible. ¿Por qué se insistió tanto en enviar a mi hermano a su casa en el delicado estado que presentaba? Nosotros, sus familiares, estábamos conscientes de que se trataba de una enfermedad terminal, aunque –al igual que los muchos médicos y enfermeras que nos atendieron en distintos lugares– sólo queríamos que llegara al minuto final con el menor sufrimiento y con la mayor dignidad posibles. En el trato diario con la vida y la muerte ¿será que algunos profesionales pierden la sensibilidad del dolor ajeno o se trata de un protocolo de salud, en el diseño de las políticas? Por ello, no acuso, simplemente quiero una respuesta a mi duda. Tal vez pueda servir para que otros sufran un poquito menos. Graciela Isabel García DNI 17.058.487 Choele Choel