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Nunca podríamos saber si hubiera sido factible rescatar ilesos a más de los casi mil rehenes que fueron tomados por terroristas suicidas chechenos en aquel teatro de Moscú, de suerte que siempre habrá los que acusarán al presidente ruso Vladimir Putin de haber impulsado un baño de sangre en base de mezquinos cálculos políticos, pero parecería que dadas las circunstancias el desenlace fue el menos terrible de lo que era legítimo prever, razón por la que tantos representantes de la “comunidad internacional” lo han estado felicitando por su desempeño en una situación extraordinariamente difícil. Los dirigentes occidentales tienen buenos motivos para sentirse agradecidos por la actuación de Putin. De haberse llevado a cabo la amenaza de los terroristas de asesinar a todos los rehenes haciendo volar el edificio o, caso contrario, si hubieran conseguido obligar al gobierno ruso a retirarse atropelladamente de lo que es, bien que mal, una parte integral de la Federación Rusa, las consecuencias habrían sido aún más luctuosas. Toda vez que un operativo terrorista de este tipo resulta exitoso, los directamente responsables y los dispuestos a emularlos se las arreglarán para repetirlo, si es posible en escala mayor. Por eso, son muchos los gobiernos que sencillamente se niegan a negociar con bandas terroristas, aunque los costos inmediatos de tal actitud puedan ser muy pero muy elevados.

El conflicto feroz que ha reducido la capital de Chechenia a un baldío cubierto de escombros se inició como una rebelión nacionalista contra el dominio ruso y, de no haber sido por el hecho de que la zona fue administrada como una región de Rusia y no como otra “república soviética”, bien podría haber logrado su independencia lo mismo que otros países caucásicos como Georgia, Armenia y Azerbaiján. Sin embargo, en el curso de los diez años últimos la lucha ha recibido el apoyo de una multitud de grupos islámicos, incluyendo a Al-Qaeda, que la han transformado en una parte más de la guerra santa despiadada que los “fundamentalistas” están librando contra el resto del género humano, lo que ha sido un auténtico desastre para el pueblo checheno que antes nunca se había destacado por su fanatismo religioso. Por cierto, la decisión de los terroristas de no permitir que quedara duda alguna en cuanto a su propia identidad islamista, habrá costado a los chechenos la simpatía de muchos occidentales horrorizados por las violaciones brutales a los derechos humanos que han sido perpetradas en su territorio por el poco profesional ejército ruso. Asimismo, ha aumentado todavía más el peligro de que la minoría chechena que vive en otras partes de Rusia sea blanco de persecuciones.

El objetivo principal de los extremistas es provocar un “conflicto de civilizaciones” con la esperanza de que hasta sus correligionarios más moderados lleguen a comportarse como soldados en una “yihad” contra quienes no son musulmanes integristas. Al igual que los terroristas de otro signo que, fieles a la consigna leninista “peor es mejor”, querían forzar a sus enemigos a reprimir con brutalidad por suponer que de este modo terminarían separándolos del “pueblo” o de “las masas”, empero, sus provocaciones no podrán sino resultar contraproducentes porque sus enemigos son infinitamente más poderosos de lo que son ellos. De producir más irrupciones islamistas como la de Moscú en otras grandes ciudades, la reacción tendrá forzosamente que ser igualmente contundente porque ningún gobierno que se respete podría darse el lujo de procurar “negociar” una solución con quienes no están dispuestos a ceder nada. Asimismo, ya que parece evidente que elementos en cierto modo vinculados con Al-Qaeda estuvieron involucrados no sólo en la toma del teatro moscovita, sino también en el atentado atrozmente sanguinario de la isla de Bali -la que, a pesar de encontrarse en Indonesia, es mayormente hindú-, las fuerzas de seguridad de todos los países organizados del mundo se sentirán constreñidas a prestar la misma atención a las actividades de las comunidades islámicas locales que antes habían dedicado a las sectas de la ultraizquierda además, huelga decirlo, de estar preparadas para enfrentar con la máxima firmeza emergencias que podrían declararse en cualquier lugar y en cualquier momento.


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