“Cuando la Niebla llega cada mañana: Comprender y acompañar la depresión”

Redacción

Por Isabel Mansione (1) y Natalia Mudarra (2)

«Cada mañana, Mateo abría los ojos esperando que aquel día fuera distinto. Pero allí estaba otra vez la Niebla, sentada en el borde de la cama, silenciosa, pesada, apagando los colores del mundo. Mateo sentía su presencia en cada gesto que no podía hacer, en cada palabra que se quedaba atrapada en su garganta, en cada proyecto que ya no lo convocaba.

Un día, su vecina Lucía llegó con una planta pequeña entre las manos.

—Te la traje porque pensé que podrías cuidarla —dijo con una sonrisa suave.

Mateo dudó. ¿Cómo iba a cuidar algo si ni siquiera podía cuidarse a sí mismo? Pero aceptó, más por no ofender que por convicción. Colocó la planta junto a la ventana y un rayo de luz atravesó el aire denso de su cuarto. La Niebla seguía allí, pero Mateo vio cómo una hoja de a pequeña planata se abría lentamente, buscando el sol con una terquedad hermosa, aquella fragilidad de la plantita mostraba también una vitalidad que contagiaba.

A la mañana siguiente, la Niebla, puntual, se hizo presente. Pero Mateo encendió la luz, se levantó, y regó la planta. Fue un gesto mínimo, casi insignificante. De a poco, la habitación se llenó de pequeños verdes. La Niebla no desapareció del todo, pero comenzó a quedarse en los rincones, ya no ocupando cada espacio de su vida».

(Reseña de un cuento anónimo)

Contar con un espacio para pensar y sentir en comunidad algo sobre la depresión es una oportunidad valiosa para acercarnos, para tejer puentes donde a veces solo hay abismos, dudas, muchas veces desinformación y otras tabúes que se constituyen en estigmas.

Es momento de ponderar juntos la importancia del ambiente, de la comunidad, de la tribu, que con sus vínculos y presencia puede prevenir y también acompañar esta forma tan particular de sufrimiento.

La depresión, en sus distintas formas de presentación, trae consigo un sentido de la vida que bajo su efecto se vuelve indiferente, se pierden las ganas, la voluntad, y una especie de juez interior implacable culpa, acusa y humilla, haciendo sentir a la persona que la padece que no se es valioso, que no se es importante o no merece bienestar. Este juicio interno profundiza el malestar y captura a la persona en un tiempo detenido, sin horizonte, sin devenir.

Las cifras hablan: más de 350 millones de personas en el mundo viven con depresión, y se predice que para 2050 esta realidad será aún más extendida (OIM). En estas estadísticas, la falta de soporte social no es un dato menor. Es, de hecho, uno de los factores más determinantes. La ausencia de redes que sostengan y acompañen, deja a las personas a la intemperie, en una noche que parece no tener fin, sumergida en la oscuridad.

Por eso necesitamos que la comunidad se convierta en Lucía —en luz—. y construir entre todos prácticas de ternura que amortigüen la crueldad de sociedades que discriminan por edad, que niegan oportunidades laborales, que desatienden a quienes no encuentran placer en vivir. Vivimos en vínculo, y es justamente en ese espacio relacional donde podemos acercar palabras, gestos, presencias que le permitan al otro soltar esa ausencia, ese dolor del que no logra sanarse solo.

La depresión como experiencia humana

La depresión, vista desde esta perspectiva, es menos una enfermedad en el sentido médico tradicional y más una batalla silenciosa con duelos no elaborados, con culpas que se enquistan, con la fragilidad del deseo que ya no encuentra algo o alguien que lo convoquen. Es un estado donde el futuro se vuelve impensable, donde cada día se vive como repetición agotadora de lo mismo.

Pero aquí está lo esperanzador: así como Mateo encontró en esa pequeña planta un motivo para levantarse —no porque todo estuviera bien, sino porque algo minúsculo lo necesitaba—, cada persona que atraviesa la depresión puede encontrar pequeños anclajes que vuelvan a conectarla con la vida. En los vínculos genuinos, en los gestos de cuidado cotidiano, en la compañía paciente que no exige ni juzga, hay una fuerza transformadora.

Cuando Lucía le llevó esa planta a Mateo, no estaba ofreciendo una cura. Estaba diciendo: “Te veo. Sé que estás atravesando algo difícil. Y creo que todavía hay vida en ti.” Quienes viven con depresión necesitan ser vistos sin ser juzgados, ser acompañados sin ser apurados, ser sostenidos mientras encuentran su propio ritmo de regreso.

La depresión nos invita a la tarea colectiva de ayudar a reconstruir pequeños espacios donde valga la pena estar. Todos podemos ser presencias que iluminen al escuchar.

¿Qué hace falta para que nuestras comunidades sean más parecidas a Lucía y menos a ese juez interior que condena? Primero, comprensión: entender que quien está deprimido no es flojo, débil o pesimista. Está atravesando un dolor real que afecta su capacidad de experimentar placer, de conectar con otros, de imaginar un mañana distinto.

Segundo, paciencia: la recuperación no es lineal. Habrá días donde la Niebla vuelva con toda su fuerza. No se trata de celebrar solo los grandes avances, sino de reconocer también esos pequeños actos de resistencia: levantarse, regar una planta, responder un mensaje, salir a caminar aunque sea hasta la esquina.

Tercero, accesibilidad: asegurar que existan espacios terapéuticos, grupos de apoyo, recursos comunitarios donde quienes sufren puedan encontrar ayuda sin estigma ni barreras económicas. La salud mental no puede ser un privilegio.

La historia de Mateo no termina con la desaparición total de la Niebla. Y quizás ese sea el mensaje más honesto y esperanzador que podemos compartir: no se trata de eliminar para siempre el dolor o la tristeza de nuestras vidas. Se trata de activar los recursos y herramientas comunitarias para poder sobrellevarlas.

Si estás atravesando una depresión, queremos que sepas que la Niebla no eres tú. Y no define quién eres. No tienes que atravesarla solo. Buscar ayuda no es debilidad; es el acto más valiente que puedes hacer. Por otra parte si conoces a alguien que la está atravesando, sé su Lucía. Solo necesitas llevarle una pequeña planta.

(1) APdeBA

(2) APAP y ASOVEP


"Cada mañana, Mateo abría los ojos esperando que aquel día fuera distinto. Pero allí estaba otra vez la Niebla, sentada en el borde de la cama, silenciosa, pesada, apagando los colores del mundo. Mateo sentía su presencia en cada gesto que no podía hacer, en cada palabra que se quedaba atrapada en su garganta, en cada proyecto que ya no lo convocaba.

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