La enfermedad mental y sus polos




Oscar Alfredo Elvira *


El trastorno bipolar sume al paciente en un profundo sufrimiento, al igual que a su entorno familiar y a la totalidad de sus vínculos, con los costos sociales que ello tiene en la comunidad.


La Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró al 30 de marzo como un recordatorio del trastorno bipolar. Con esta denominación se hace referencia a una enfermedad denominada maníacodepresiva. Implica que el paciente pasa por dos períodos: uno constituido por una depresión profunda y un segundo tiempo donde se manifiesta su padecer con una conducta de exaltación.

Padecimiento que, en sus vertientes más agudas, sume al paciente en un profundo sufrimiento, al igual que a su entorno familiar y a la totalidad de sus vínculos, con los costos sociales que ello implica para toda la comunidad.

Visitemos ahora el significado de estas dos palabras: trastorno y bipolar.

La palabra trastorno, significa en una de sus acepciones invertir el orden regular de una cosa o, en perturbar el sentido. Bipolar, implica la existencia de dos polos, dos extremos que lo constituyen. Estaríamos ahora en condiciones de comenzar a desentrañar la cartografía de este padecer.

Es decir, que en la constitución profunda de esta enfermedad, algo ha ocurrido que ha modificado un estado saludable en uno patológico.

Hasta donde nuestros registros escritos nos agencian, encontramos a Hipócrates, que pensaba este enfermar ligado a cuatro líquidos que producían humores y daban cuenta del estado patológico del paciente. Ellos eran: la sangre, la flema, la bilis amarilla y la bilis negra. Esta última es la que provocaba un estado emocional de abatimiento, lo que más tarde se habría de llamar depresión. Recientemente el cantautor Joaquín Sabina la ha llamado “la nube negra”, parangonando simbólicamente este saber milenario.

Estamos en condiciones de formular que este trastorno en uno de sus polos está ligado a la psicosis, sobre todo a estados depresivos profundos, cuestión que sume al paciente en una cosmovisión negativa de la vida. El sufriente pinta sus cuadros mentales con tonalidad negra, el negativismo y el sufrimiento alientan su vida cotidiana. También hallamos estos estados depresivos, de una forma leve en todo ser humano. Son circunstanciales y no el motivo central de su vida diaria. Podríamos decir que esta parte “oscura”, tiene su origen en las raíces prehistóricas del sujeto, que luego se revolverán en consonancia con su propia historia.

Prehistoria implica “adquisiciones filogenéticas”, señal de una formación constitucional, las que luego se agregarán las ontogenéticas: las propias experiencias, las que tejerán la urdimbre en una historia personal.

El psicoanálisis logró desentrañar desde la vertiente ontológica, lo que le iban trasmitiendo los niños en análisis. En la medida que se profundizó en el análisis de niños, surgieron nuevas lecturas de las formas tempranas de estructuración del psiquismo.

Por ello en las patologías maníaco-depresivas, le prestamos suma atención a las situaciones traumáticas vividas por el sujeto.

Hallamos en esos primeros años de vida, traumas de guerra, violaciones, violencia familiar, pérdidas tempranas, muerte de seres queridos, enfermedades de los padres o familiares, que no le permitieron al paciente elaborar los duelos necesarios. Allí está nuestra tarea, ardua y constante para encontrarles en el trabajo cotidiano una nueva posibilidad de reparar aquellas heridas tempranas.

La depresión, pensada desde el psicoanálisis, es un cuadro ligado a la psicosis. Patología, como ya lo señalara, que fue conocida por la medicina occidental desde sus albores. La palabra melancolía, “proviene de melas (Negra) y khole (bilis), da cuenta de una forma de psicosis, que se detecta en el estado sombrío, una tristeza profunda, un estado depresivo que pueden llevar al suicidio o, por manifestaciones de temor y desaliento que pueden o no tomar el estado de un delirio.

Los pacientes funcionan como pintores de una interioridad, utilizando predominantemente dos colores: el negro, símbolo del pozo depresivo y el blanco inmaculado, de la salida maníaca. No hay grises o colores vitales en su paleta mental.

El psicoanalista Enrique Pichón Riviére, le concedió a la depresión un lugar central en la patología mental. Para él, hay una enfermedad única que es la depresión y que la gran mayoría de las patologías mentales provienen de ella. Pensó en los estados ligados al duelo y propuso que: “La tristeza se debe combatir, es necesario como profilaxis, porque a partir de la depresión nacen todas las enfermedades mentales”. (Vicente Zito Lema. 1976 p. 63).

En la clínica, el sujeto que padece cuadros depresivos puros, se presenta en el análisis como alguien que carece de una buena autoestima, presenta marcados cambios en el humor desde la tristeza más oscura a la aparición de un sujeto-otro, que pasa por un estado de suma exaltación maníaca, donde ponen en escena un triunfo maníaco sobre el terapeuta, dado que tratan de invalidar sus intervenciones. En los cuadros neuróticos, las distinguimos en una fobia, vía los llamados ataques de pánico, en las neurosis obsesivas en las dudas permanentes, que no le permiten ser más plásticos y no tan controladores en sus vidas cotidianas, y en las histerias, cuando ha fallado el mecanismo de la seducción, se sumen en cuadros de profundo dolor.

En las enfermedades psicosomáticas, aparece la enfermedad en el cuerpo, la que puede encubrir una depresión.

Quiero formular un interrogante, dado que transitamos la tercera década del siglo XXI y, entiendo que es pertinente preguntarnos con qué nuevos tipos de versión de la depresión (además de las ya conocidas) nos habremos de encontrar. ¿Qué lugar ocuparán los duelos ligados a la pandemia que estamos viviendo, tanto por la pérdida de seres queridos como por la transformación profunda que se está observando en los vínculos humanos?.

* Psicoanalista de APdeBA y Magister en Cultura y Salud Mental (IUSAM).


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