Para salir de la decadencia hay que pensar en grande

Redacción

Por Redacción

Los hombres de Mayo de 1810 decidieron la autonomía respecto del reino de España como primer paso hacia la independencia política y económica. El régimen mercantilista español ahogaba el potencial económico de las tierras del virreinato del Río de la Plata. Los hombres que encabezaron la lucha intelectual y armada contra Rosas creían que había que poner fin a un régimen autoritario para establecer las bases jurídicas que aseguraran el orden, la paz interior y las libertades civiles y económicas de la Argentina. La sanción de la Constitución de 1853 fue un hito histórico que daría paso a seis o siete décadas de continuo progreso. Las fuentes de este proceso fueron las mayores garantías a la propiedad privada y la libertad de culto, de enseñanza, de prensa, de comercio y de trabajo. También confluyeron a mejorar la situación la supresión de la suma del poder público y la división de poderes. Las tres “presidencias históricas” de Mitre, Avellaneda y Sarmiento organizaron el Estado nacional, terminaron con las disputas entre las provincias y Buenos Aires, ordenaron la hacienda pública nacional, la administración y la Justicia federal; redactaron los códigos, impulsaron la educación pública y vigilaron el cuidado de la salud pública. El 12 de octubre de 1880 asumió el cuarto presidente de este nuevo período, Julio Argentino Roca. En el discurso de asunción estableció los objetivos de su gestión: establecer un sistema de transporte ferroviario que uniera el interior agropecuario argentino con los puertos de exportación y establecer definitivamente la paz en toda la república. El lema de Roca fue “Paz y administración”. Entre 1865 y 1914 la población creció de menos de un millón a más de siete millones de habitantes, las exportaciones se multiplicaron por quince y las importaciones por once, la superficie sembrada creció cuarenta veces, el stock vacuno más que se duplicó, la red ferroviaria se incrementó de 1.300 kilómetros a casi 34.000, los analfabetos se redujeron del 78 al 33% de la población total y el producto bruto per cápita aumentó tres veces y media (3,5% anual). El historiador Cortés Conde definía así la situación al momento de festejarse el primer Centenario: “Existía el generalizado convencimiento del éxito logrado. No solamente en el ámbito del progreso económico (…) sino también en el de la educación, la cultura y aun en el de la vida política, con una apertura electoral de importancia. (…) Nadie dudaba de la solidez del progreso y de su proyección hacia el futuro”. Hacia 1910, la argentina era la principal economía de Latinoamérica, con un PBI levemente superior al de México y un 53% más grande que el de Brasil. Hoy la economía brasileña es casi seis veces mayor que la argentina y la mexicana triplica la nuestra. En 1910 el estándar contra el cual se comparaba cualquier logro en la República Argentina eran los países desarrollados o en vías de serlo, como Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña, Canadá y Australia. Antes de la Primera Guerra Mundial el ingreso per cápita argentino equivalía al 77% del inglés o al 63% del norteamericano. Hoy el ingreso promedio argentino equivale a un 23% del estadounidense y a un 18% del inglés. Hace un siglo a los inmigrantes europeos les daba exactamente lo mismo tomarse un barco con destino a Boston, Sydney o Buenos Aires. Hoy la ciudad capital argentina atrae a inmigrantes de los más empobrecidos países limítrofes mientras que los argentinos siguen haciendo cola en los consulados de los países europeos “por las dudas” de que se tenga que tomar la decisión de emigrar ante una nueva crisis doméstica. Las causas de este escenario económico que hoy vivimos, y que no es de ahora sino que se arrastra desde hace ya varias décadas, son múltiples. Por supuesto que hubo malas políticas económicas sustentadas en recetas siempre fracasadas a lo largo de la historia, como el populismo redistribuidor de lo ajeno que desincentiva la formación de riqueza, las amplias y pesadas regulaciones en los mercados de bienes y factores que hacen más costoso el proceso de producción, el mercantilismo comercial que protege a empresarios ineficientes y ataca letalmente el bolsillo del consumidor o las políticas monetarias financiadoras de subsidios y gasto público obscenos que liquidaron cuatro signos monetarios como consecuencia de los incontables procesos inflacionarios vividos. Pero, fundamentalmente, el pecado o problema de fondo de las últimas décadas es pensar en chiquito. Ya no queremos parecernos a los países más desarrollados del orbe, nos conformamos con acomodarnos a la sombra de nuestros vecinos. Nos hemos habituado a escuchar y aceptar los discursos de una dirigencia política que nos ofrece canastas navideñas a bajo costo, un plan canje de bicicletas, el Fútbol para todos, el plan veraniego de las sombrillas y reposeras en las plazas porteñas, la inauguración con bombos y platillos de la “doble mano” en el tránsito en las principales avenidas de la Capital, el nuevo calendario con feriados y días festivos para todos los gustos y ahora, como última novedad, “Milanesas para todos” a 21 pesos el kilo. Hay que retomar la decencia y también las ideas que nos llevaron a progresar durante ocho décadas continuadas. Pero también hay que recuperar los grandes sueños que nos llevaron a ser una nación respetable. (*) Doctor en Economía. Director académico de la fundación Progreso y libertad

PABLO GUiDO (*)


Los hombres de Mayo de 1810 decidieron la autonomía respecto del reino de España como primer paso hacia la independencia política y económica. El régimen mercantilista español ahogaba el potencial económico de las tierras del virreinato del Río de la Plata. Los hombres que encabezaron la lucha intelectual y armada contra Rosas creían que había que poner fin a un régimen autoritario para establecer las bases jurídicas que aseguraran el orden, la paz interior y las libertades civiles y económicas de la Argentina. La sanción de la Constitución de 1853 fue un hito histórico que daría paso a seis o siete décadas de continuo progreso. Las fuentes de este proceso fueron las mayores garantías a la propiedad privada y la libertad de culto, de enseñanza, de prensa, de comercio y de trabajo. También confluyeron a mejorar la situación la supresión de la suma del poder público y la división de poderes. Las tres “presidencias históricas” de Mitre, Avellaneda y Sarmiento organizaron el Estado nacional, terminaron con las disputas entre las provincias y Buenos Aires, ordenaron la hacienda pública nacional, la administración y la Justicia federal; redactaron los códigos, impulsaron la educación pública y vigilaron el cuidado de la salud pública. El 12 de octubre de 1880 asumió el cuarto presidente de este nuevo período, Julio Argentino Roca. En el discurso de asunción estableció los objetivos de su gestión: establecer un sistema de transporte ferroviario que uniera el interior agropecuario argentino con los puertos de exportación y establecer definitivamente la paz en toda la república. El lema de Roca fue “Paz y administración”. Entre 1865 y 1914 la población creció de menos de un millón a más de siete millones de habitantes, las exportaciones se multiplicaron por quince y las importaciones por once, la superficie sembrada creció cuarenta veces, el stock vacuno más que se duplicó, la red ferroviaria se incrementó de 1.300 kilómetros a casi 34.000, los analfabetos se redujeron del 78 al 33% de la población total y el producto bruto per cápita aumentó tres veces y media (3,5% anual). El historiador Cortés Conde definía así la situación al momento de festejarse el primer Centenario: “Existía el generalizado convencimiento del éxito logrado. No solamente en el ámbito del progreso económico (...) sino también en el de la educación, la cultura y aun en el de la vida política, con una apertura electoral de importancia. (...) Nadie dudaba de la solidez del progreso y de su proyección hacia el futuro”. Hacia 1910, la argentina era la principal economía de Latinoamérica, con un PBI levemente superior al de México y un 53% más grande que el de Brasil. Hoy la economía brasileña es casi seis veces mayor que la argentina y la mexicana triplica la nuestra. En 1910 el estándar contra el cual se comparaba cualquier logro en la República Argentina eran los países desarrollados o en vías de serlo, como Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña, Canadá y Australia. Antes de la Primera Guerra Mundial el ingreso per cápita argentino equivalía al 77% del inglés o al 63% del norteamericano. Hoy el ingreso promedio argentino equivale a un 23% del estadounidense y a un 18% del inglés. Hace un siglo a los inmigrantes europeos les daba exactamente lo mismo tomarse un barco con destino a Boston, Sydney o Buenos Aires. Hoy la ciudad capital argentina atrae a inmigrantes de los más empobrecidos países limítrofes mientras que los argentinos siguen haciendo cola en los consulados de los países europeos “por las dudas” de que se tenga que tomar la decisión de emigrar ante una nueva crisis doméstica. Las causas de este escenario económico que hoy vivimos, y que no es de ahora sino que se arrastra desde hace ya varias décadas, son múltiples. Por supuesto que hubo malas políticas económicas sustentadas en recetas siempre fracasadas a lo largo de la historia, como el populismo redistribuidor de lo ajeno que desincentiva la formación de riqueza, las amplias y pesadas regulaciones en los mercados de bienes y factores que hacen más costoso el proceso de producción, el mercantilismo comercial que protege a empresarios ineficientes y ataca letalmente el bolsillo del consumidor o las políticas monetarias financiadoras de subsidios y gasto público obscenos que liquidaron cuatro signos monetarios como consecuencia de los incontables procesos inflacionarios vividos. Pero, fundamentalmente, el pecado o problema de fondo de las últimas décadas es pensar en chiquito. Ya no queremos parecernos a los países más desarrollados del orbe, nos conformamos con acomodarnos a la sombra de nuestros vecinos. Nos hemos habituado a escuchar y aceptar los discursos de una dirigencia política que nos ofrece canastas navideñas a bajo costo, un plan canje de bicicletas, el Fútbol para todos, el plan veraniego de las sombrillas y reposeras en las plazas porteñas, la inauguración con bombos y platillos de la “doble mano” en el tránsito en las principales avenidas de la Capital, el nuevo calendario con feriados y días festivos para todos los gustos y ahora, como última novedad, “Milanesas para todos” a 21 pesos el kilo. Hay que retomar la decencia y también las ideas que nos llevaron a progresar durante ocho décadas continuadas. Pero también hay que recuperar los grandes sueños que nos llevaron a ser una nación respetable. (*) Doctor en Economía. Director académico de la fundación Progreso y libertad

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora

Comentarios

Estimados/as lectores de Río Negro estamos trabajando en un módulo de comentarios propio. En breve estará habilitada la opción de comentar en notas nuevamente. Mientras tanto, te dejamos espacio para que puedas hacernos llegar tu comentario.


Gracias y disculpas por las molestias.



Comentar