Pícaros, bribones y tramposos

Redacción

Por Redacción

Las calamidades suelen ser crueles si se encadenan en forma de espirales progresivos. La historia humana está llena de situaciones en las cuales la subjetividad, unívoca y despótica, es justificada por antecedentes subjetivos, unívocos y despóticos. Curiosamente, en el otro extremo, la anomia también resulta un recurso sutil para conservar las claves del poder.

Desde ambos puntos de vista las ideas, los propósitos éticos o la sangre de los prójimos tienen muy poco valor. Girolamo Savonarola (1452-1498), fraile dominico, tuvo su momento de gloria cuando, ataque oscurantista de por medio, armó lo que se conoció como la «hoguera de las vanidades». A ella fueron a parar todas las obras del renacimiento florentino, consideradas -por él- como indecentes. Allí se consumieron las pinturas de Boticelli y los libros de Bocaccio y Petrarca.

Ni Miguel Ángel se salvó de este dedo, afanosamente delator.

De más está decir que Alejandro VI, patrono celestial de los excesos concupiscentes, no se quedó quieto. El sumo pontífice, cuyo nombre bautismal era Rodrigo Borgia (1432-1503), no se había privado de nada. Con varias amantes tuvo una nutrida descendencia, pero los hijos más destacados fueron Lucrecia, Juan y César. La cuestión es que, algo molesto por la intolerancia de Savonarola, le aplicó la excomunión. Luego lo entregó a la Inquisición, que después de torturarlo lo ahorcó y para garantizar la correspondiente tolerancia institucional lo quemó en la plaza principal de Florencia.

Fue el papa Borgia quien, por medio de cuatro bulas, repartió para los reinos de Castilla y Aragón y el de Portugal los territorios americanos recientemente conquistados. Un siglo más tarde Lima era la ciudad luz del nuevo mundo. Su opulencia y distinción la destacó por modos dignos de los mejores niveles de vida cortesana. Dios, como de costumbre, atendía en la capital de turno. Ése fue el sitio elegido por el Santo Oficio para instalar su dominio, desde el cual dictaba cátedra sobre cómo tratar a quienes eran sospechados de profesar en diferente.

Buenos Aires, para ese entonces una triste aldea de 500 habitantes, tenía estatus político de gobernación lejana y su quehacer estaba atado al comercio y a las mareas ribereñas. Quienes le inyectaron algo de vida fueron los migrantes portugueses que lograron un lugar en el mundo lejos de la inquisición lusitana primero y de la limeña más tarde, muy a pesar de Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias), quien defendía a capa y espada el señorío de los «beneméritos» en desmedro a los «confederados» y sus orígenes dudosos. Sin embargo estos últimos, con el tiempo, se transformaron en referentes patricios.

La realidad es que, alejados de los apetitos reales y prejuicios religiosos, los vecinos del Riachuelo realizaban sus actividades eludiendo todas las reglas que normaban los negocios de ultramar.

En otras palabras, el contrabando sacó patente de actividad decente ni bien amaneció el siglo XVII. Era un sitio sin paisajes atractivos y con un clima horroroso. No tenía actividades productivas con identidad agrícola, minera o industrial. Sin proximidad a la nobleza hispana, Buenos Aires desarrolló una genética bribona que marcó su manera de crecer un tanto transgresora. Para colmo el futuro fácil desembarcó en el sitio elegido por Carlos III para resguardar su negocio.

La enorme geografía se armó desde las actuales Bolivia y Paraguay para abajo, salvo Chile y las jurisdicciones brasileras. El virreinato inventado en 1776 tenía un solo propósito: el puerto de Santa María del Buen Ayre para gambetear a los piratas ingleses, que no daban tregua a los cargamentos preciosos en su ruta por el mar Caribe. Treinta y cuatro años tardaron los súbditos porteños en defenestrar la tutela española para luego consolidar el proyecto criollo de la industria nacional más próspera de toda la historia argentina. Les importó tres rábanos ceder todo lo distante del territorio heredado en tanto pudieran conservar el único tesoro en condiciones de garantizar la sustentabilidad eterna para su estilo de vida: la aduana.

Corrió mucha agua bajo el puente, pero el lucro fue más fuerte.

La ampliación de la frontera productiva (1853) y el «Grito de Alcorta» (1912) hicieron lo imposible por modificar el perfil de un país con ganas de esforzarse. Todo fue en vano pues, finalmente, después de muchas idas y venidas apareció la dupla Menem-Cavallo y por medio del «Argentine Dream» (la pesadilla convertible) forzaron el sentido de circulación del mercado, mano para adentro.

La importación de camisas asiáticas, por ejemplo, destruyó la industria textil, con lo cual los proletarios unidos mutaron en desempleados, demostrando al mundo entero que existe una cosa peor que el empleo mal pago: la falta de empleo. También se fortaleció el lado más oscuro de la ética política. Brotaron, a tales efectos, conductas que irremediablemente demandaban muelles, contenedores y -últimamente- bodegas voladoras. Como botón de muestra, el oro de Casa Piana, las armas para Croacia y Ecuador y las valijas con drogas de la empresa SW.

La sociedad no-tan-anónima del puerto tiene muy aceitados los axiomas exclusivos. Para ellos los costos, valores agregados, producción, productividad, rendimientos, etcétera son cuestiones tirando a tontas, baladíes y superfluas.

La pampa gringa, ésa que agacha el lomo y trabaja de sol a sol, pertenece a otra patria. No responde a las inquietudes recalentadas por el asfalto de la avenida Santa Fe. En cualquier otro país semejante potencial estaría protegido, promovido y alentado. Aquí los obligan a sembrar soja, a sabiendas totales del pan de hoy y el hambre para mañana. Total, siempre se mantendrán los mismos grupos que hacen la diferencia mirando con un ojo el comportamiento macroeconómico de moda y, con el otro, el sudor ajeno. Por algo el edificio de la Aduana es más imponente que el de Agricultura.

Un dato de la realidad: a los efectos del intríngulis generado por la crisis del año 2001 sólo modificaron el sentido del tráfico. Para ello subieron el tipo de cambio y se dedicaron a exportar cuanta cosa se podía elaborar en Argentina. Tuvieron un par de ayudas, producto de la demanda mundial de materias primas, pero lo cierto es que los perdedores, nuevamente, son quienes laburan. Su canasta actual de consumo compite con el mercado europeo o asiático, mientras los ingresos salariales siguen a niveles de países no desarrollados. Nuevamente el protagonismo portuario golpea la racionalidad de un territorio bendecido por la madre natura y maldecido por usos y costumbres varias veces centenarios. Trayectoria cultural, que le dicen.

Los excesos, generalmente, tienen origen vertical.

Es decir: la conducta política, feudal o teocrática no es extraña a los abusos para con la humanidad. En ocasiones las cosas se obtuvieron a sangre y fuego. Otras veces la logística de los preceptos (o la carencia absoluta de los mismos) sometió a los más inexpertos o débiles. Para estos últimos casos es imprescindible una semiótica que enmascare el discurso. Con paciencia y alianzas cómplices, siempre es posible perfeccionar el arte de convencer sobre la bondad de los espejitos de colores.

¡Cosa curiosa las variables de la vida!: la hidalguía de Perú y Bolivia forjó su bienestar gracias a la extracción de plata y mercurio de los yacimientos americanos. La aristocracia y los tribunales religiosos fueron partícipes necesarios para sostener utilidades apoyadas en el despojo. En la actualidad el antiguo esplendor es tan sólo una curiosidad arquitectónica.

Por otro lado se encuentra el paradigma de los plebeyos marginales del Río de la Plata. Ocultando picardías de sus ancestros (el comercio de esclavos, verbigracia), lejos de las garras inquisidoras e intrigas de palacio con escala monárquica, supieron construir auténticas presunciones de grandeza mundana. Para ello desarrollaron, como ventaja comparativa, un porvenir asociado a códigos portuarios encriptados por la trampa.

 

ANDRÉS J. KACZORKIEWICZ (Tecnólogo).

Especial para «Río Negro»

E-mail: dr-k@speedy.com.ar


Las calamidades suelen ser crueles si se encadenan en forma de espirales progresivos. La historia humana está llena de situaciones en las cuales la subjetividad, unívoca y despótica, es justificada por antecedentes subjetivos, unívocos y despóticos. Curiosamente, en el otro extremo, la anomia también resulta un recurso sutil para conservar las claves del poder.

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