Leticia, Carina, Valentina y Violeta: femicidios anunciados y evitables

¿Son efectivas las medidas cautelares en casos de violencia de género? Es la gran pregunta que dejan los recientes hechos en la región. Ya sea en Roca o en Las Ovejas, la denuncia de previas agresiones ante la Justicia no impidió la escalada asesina.

24 jun 2018 - 00:09

El femicidio de Leticia Gómez, la joven de 25 años de Roca, madre de dos pequeñas hijas, volvió a poner sobre el debate la efectividad de las medidas cautelares como las restricciones de acercamiento ante denuncias de violencia de género.

No es la primera vez que pasa. Al contrario, es cada vez más común que mujeres mueran en manos de agresores a los que ya habían denunciado. Le pasó a Leticia, le pasó a Carina Apablaza y su pequeña hija Valentina en febrero en Las Ovejas, le pasó a Violeta Matos el año pasado en Plottier. Y le pasó también a un montón de mujeres no sólo de la zona sino de todo el país.

Mario Bravo era un enfermero de Roca, que según sus propios allegados, tenía problemas de depresión y ya había sido denunciado por Leticia por violencia de género.

Incluso había protagonizado situaciones que mostraban algún tipo de desequilibrio, como cuando en 2015 estuvo desaparecido varios días, sin tener contacto con nadie, y apareció una noche deambulando por la Ruta 22, cerca del ingreso a Cervantes.

No tenía heridas y su estado de salud era “bueno”, pero nunca se supo por qué estuvo ausente cuando toda su familia y amigos lo buscaban.

Hace unos meses Leticia había decidido terminar la relación porque se sentía asfixiada, extremadamente controlada, por su pareja, casi 30 años mayor que ella. Leticia tenía 25 años y su agresor, 54. Tenían en común una hija de 4 años, que era la más chica de las 5 hijas mujeres de Bravo.

La familia de “Leti” le había insistido en que debía alejarse del hombre, y ella estaba tratando de hacerlo. Estudiaba en un colegio nocturno y fue precisamente cuando regresó de un día de clases cuando Bravo la esperó y la agredió. Hace unos meses fueron unos golpes. Esta semana la mató.

No frenaron al agresor

Carina Apablaza también había denunciado a quien terminó con su vida y la de su hija.

Lorenzo Muñoz estaba acusado de abusar de la nena en septiembre de 2017 y tenía programada una audiencia un par de días después del doble femicidio, en la que se iba a analizar un pedido de prisión preventiva y seguramente iba a quedar detenido. Pero él se adelantó a los tiempos judiciales y las mató.

A pesar de que lo buscaron semanas enteras, luego se descubrió que se había suicidado minutos después de haber cometido el doble femicidio.

Muñoz no sólo había sido denunciado por su expareja, sino también por compañeras de trabajo (era auxiliar de servicio en varias escuelas) sobre las que también ejercía violencia.

Esa situación no sólo había sido advertida por las víctimas, sino también hasta por el gremio ATEN. Pero él seguía libre.

Violeta Matos es otro ejemplo de que se podría haber evitado una muerte más.

La mujer ya había advertido que era un hombre violento y por eso lo había dejado unos meses después de iniciar la relación. “Un día me llamó y me dijo ‘soy tu nuevo cuñado, y el último’ contó un hermano de Violeta en el juicio que terminó condenando Cristian Muñoz Tapia a prisión perpetua.

Leticia, Violeta, Carina y Valentina, son apenas un puñado de ejemplos en los que ya se advertía que los agresores estaban camino a matarlas. Si no se logra que las prohibiciones de acercamiento sean efectivas, o se aplican otras medidas más estrictas, probablemente habrá muchas más mujeres que pagarán con su vida esta falencia de la Justicia y el Estado en su conjunto.

Cuando nos encontramos ante un nuevo caso de femicidio, nos preguntamos por qué, y quizás tengamos la tentación de pensar que el problema son los individuos anti-sociales que cometen algún delito, en este caso un hombre violento que arremete contra una mujer. En parte es así, pero esto es algo que se viene sucediendo hace mucho tiempo, así que debemos buscar nuevas respuestas. Los violentos no nacen se hacen, y ésta es una sociedad que favorece determinadas actitudes que parecen normales, comunes, inocentes, pero no lo son. La actitud de querer ganar siempre parece muy legítima, pero no lo es, no nos han enseñado a perder, a que nos digan que no, a tolerar la frustración, a pedir ayuda, a manejar nuestros impulsos de manera saludable, a sentir las emociones en vez de taparlas con medicamentos, diversión y consumismo.
La pareja sigue siendo casi el único lugar donde encontramos placer y afecto, y hacemos que todo gire a su alrededor, por eso que nos deje una pareja equivale a perder “el sentido de la vida”. Y es por ellos que no soltamos cuando debemos soltar. La posesividad y la dependencia es lo más común encontrar en una relación, cuando en realidad debiera estar regida por la libertad, el respeto y la autenticidad. La inmadurez emocional, el apego afectivo hace que una pareja no pueda reconocer los límites de lo saludable y lo patológico. Un hombre antes de golpear o matar, ha demostrado varios signos de violencia, que a veces las mujeres pasan por alto, justifican, postergan, se paralizan ante el miedo y no piden ayuda, y se exponen en demasía.
Algo que muchas mujeres vienen advirtiendo en toda nuestra sociedad occidental, “el eje de la Violencia es la Cultura Patriarcal.” La Cultura Patriarcal es la hegemonía, la preponderancia que tiene lo masculino por sobre lo femenino. Y es así que se enaltecen e idolatran de manera más o menos consciente, todos aspectos que tienen que ver con lo masculino, como la competencia que anula al otro, la racionalidad a ultranza, el poder económico, la fuerza, la acción continua, la posesión, el progreso desmesurado, acumular, el perfeccionismo, la lucha, la guerra. Y se desvalorizan aspectos/valores como la afectividad, el amor, la cooperación, la creatividad, la reflexión, la compasión, el juego por diversión, la paz interna, el tiempo libre, el saber perder, la ternura, el perdonar, el placer, la amistad.
La educación, la publicidad, los medios de comunicación son los principales reproductores del modelo Patriarcal. Lengua y matemática siguen siendo el eje, y todo gira en tener el cuerpo quieto, reprimido, dominado atrás de un banco y en fila. Si reprimimos nuestro cuerpo, nos desconectamos de nuestras emociones que luego saltan en impulsividades. Nada se brinda desde el aprendizaje afectivo, desde el juego, desde el arte, desde el autoconocimiento (y cuando es así, no es estructural), del aprender a decir no, y tolerar las pérdidas. Esto se repite en todos los niveles educativos. Nada cambiará si no cambian nuestros valores sociales, el consumismo, la vida light, la racionalidad, la violencia contra el medio ambiente, la falta de compromiso con uno mismo, el individualismo son aspectos que afectan nuestro psiquismo y nos predisponen a la violencia o la sumisión.
Roca

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