Quiénes frecuentan a los travestis

Cómo viven. Sus ingresos. Sus familias. Un perfil de sus clientes. La crisis, que no fue un obstáculo para la demanda de sus servicios.

NEUQUEN (AN).- En la casa de Florencia -que tiene 27 años y es travesti desde los 14-, no hay más luz que los destellos de un televisor que empapelan con la cara de Mario Pergolini las paredes del living. El resto es oscuridad y discreción. Vive con B., otra travesti, que ahora está con un tipo en una de las piezas de la casa. Tal vez lo peor que podría sucederle a alguien que requiera los servicios de una travesti, sea encontrarse de improviso con un periodista que está haciendo una nota sobre, precisamente, travestis. Y por eso la oscuridad. Nadie puede ver a nadie.

«Pasá por acá», dice, mientras camina hasta el final de un largo pasillo. «Acá» es su habitación, y las cosas siguen tan oscuras como antes, pero con el aditamento de que Florencia tiene buen gusto para la música. Massive Attack, una exquisita banda inglesa, suena en su equipo para tres discos. Al lado, una foto de Susana Giménez y seis libros. Literatura. La puerta está cerrada. El murmullo de un hombre y los agudos y graves de la voz de B., se filtran desde el pasillo. Florencia sube el volumen. En su habitación no hay sillas.

Junto con P., de 30, y J., de 29, habló, sin dar nombres ni ponerse morbosa, de cómo son las personas que la visitan; de sus ingresos económicos; de la relación con sus seres queridos; de lo que pasa por la cabeza de alguien en el momento preciso en que decide ser una travesti; y de lo que ve como una mayor aceptación de parte del común de la gente en el último tiempo

Teléfonos calientes

La primera vez que Florencia se travistió fue a los 14 años. «Jamás me interesaron las mujeres», explica con una indiferencia que no guarda un ápice de rencor. Como la mayoría de las travestis, comenzó en la calle. «Un paso inevitable», dice. Luego de acceder a una cartera de clientes fijos pudo alquilar la casa donde ahora los recibe. «Hay que desmitificar eso de que vienen solamente viejos babosos a vernos. Es más fácil clasificarlos por lo que te piden que por la edad que tienen. Hay clientes de todas las edades. Eso sí nada de menores», se ataja. Si bien una travesti llega a trabajar unas 14 horas por día, los horarios donde son más requeridas coinciden con los de la administración pública y el sector comercial. «Muchos se escapan del trabajo, y otros vienen antes de entrar», dice Florencia.

P., que trabaja en el departamento donde vive desde hace 10 años, lo confirma un viernes por la mañana, mientras cuelga el teléfono una y otra vez. «Vuelven a llamar», dice con certeza irrevocable. Pero también hay una gran parte de llamados realizados por mujeres que quieren cumplir alguna fantasía con una travesti. «El porcentaje de mujeres que llaman es más alto de lo que se cree», dice Florencia y relata cómo a diario tratan de convencerla de múltiples maneras para mantener un encuentro: «con regalos, llamadas insistentes, piropos, me esperan a pocos metros de casa. Se hacen los ratones; es algo que muchas quieren experimentar», explica. Pero no hay caso, ella dice que nunca estuvo con una mujer y que no tiene la mínima intención de hacerlo.

Desconsiderado

Hace frío, son las ocho de la noche, y los conductores miran con sonrisa cómplice cuando pasan por la esquina de J. «Hay poca consideración por los seres queridos», dice al ser consultada por la cantidad de hombres que le piden mantener relaciones sin usar preservativos. Un hilo de indignación se le nota en la voz cuando piensa en eso. «Lo peor de todo es que la mayoría de los que te lo piden, son hombres casados y con hijos. No me gusta el tipo de clientes que por una calentura tiran una familia por la ventana. Entre ese tipo y un suicida, prefiero un suicida, porque se daña a sí mismo», dice

No tan distante

«Paseo a mi perro todos lo días por el barrio y no tengo problemas con los vecinos. Al contrario, mantenemos una excelente relación», dice P., mientras mueve delicadamente una larguísima cabellera de apliques negros y lacios. Hace 15 años que se decidió a ser una travesti y llegó a la ciudad desde Bahía Blanca («un sitio mucho más conservador que éste», indica). Tiene dos hermanas mujeres y otra travesti igual que ella («ahora somos cuatro hermanas», ironiza). Aquí también fue objeto de prejuicios que, según explica, disminuyen paulatinamente con el transcurso del tiempo. «La relación con el resto de la gente es más normal que antes», describe. Explica que en los 90, algunos se cruzaban de vereda cuando les pasaba al lado.

Por su parte, J. asegura que el cambio se puede ver en cosas pequeñas. «Alguien que se anima a pedirte un pucho, o preguntarte la hora, o el nombre de una calle. Antes nos hacían sentir que no existíamos. Es un poco más normal el trato con la gente. No hay tanta violencia en los acercamientos», dice. Y agrega que es amiga de sus vecinas y que «en mi barrio todos saben a lo que me dedico y no hay ningún problema. Mientras las cosas sean claras, y el respeto por los demás siga intacto, no hay problemas»

Las pilchas de mamá

Las travestis entrevistadas contaron que hubo un momento de quiebre en sus vidas que se dio entre los 14 y 15 años. Esa es la edad en la que decidieron usar definitivamente indumentaria femenina y maquillaje. Es el momento en que las cosas no se pueden postergar más. La necesidad de manifestarse tal cual desean ser apremia. Florencia dijo que la primera vez que se vistió de mujer lo hizo con ropa de su madre. Fue a los 14 años, frente a un espejo mientras «mis viejos se escapaban los fines de semana a una chacra». «Quería que llegara el fin de semana para ponerme ropa de mujer. Desde ese momento la situación se volvió insostenible. Necesitás sacarte la careta. Esa sos vos, y tenés que hacerte cargo o ser infeliz el resto de tu vida», dice. «Y yo lo hice».

Fernando Castro

Una travesti puede ganar entre 1.500 y 2.500 pesos por mes, de acuerdo a su cartera de clientes. Unos 15 o 20 fijos, en el caso de Florencia. «Se vive bien. A mí me alcanza para ahorrar y ayudar a mi familia», asegura. Explica que los coletazos de la crisis no tallaron tanto como en otros ámbitos. «Como dicen: siempre hay un restito para los vicios», comenta. Las otras travestis consultadas también coinciden en que las crisis casi no se sintió y que las cuentas corrientes ahora también juegan un papel importante, aunque esa confianza sólo queda para clientes «que estuvieron siempre». Por lo demás, el aumento de las tarifas post devaluación fue relativo, y en todo caso, algo netamente «personal». No fue tan desmesurado como para ahuyentar visitantes. Y ahí estaría la clave para que la demanda no haya decrecido. «Es cierto que cada vez hay más travestis trabajando. Las condiciones sociales y la rotura de algunas barreras, por así decirlo, permitieron que las chicas se animaran a salir más. Y la situación económica. Pero también es verdad que el número de clientes aumenta y está relacionado con el crecimiento demográfico», analiza Florencia, a mitad de camino entre un analista bursátil y una experta en urbanismo. (F. C.)


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