Quieren huir ya del barrio donde mataron a Nadia Hidalgo
Las patotas juveniles no dan respiro a quienes viven en el San Martín, en Regina. La ausencia de políticas sociales extrema la inseguridad actual, denuncian los vecinos.
HORACIO LARA
hlara@rionegro.com.ar
¿En qué momento de sus vidas estos pibes, que tienen entre 12 y 20 años de edad, recibieron el mensaje de que sus vidas no valían nada para que ellos mismos no valoren la suya ni la de los demás, hasta el punto de llegar a matar al otro (sea porque lo quiere, porque lo ama, porque se le da la gana, porque está borracho, porque si nomás…?).
¿Cómo es que no controlan sus impulsos más primarios y violentos y se descargan sobre el otro hasta eliminarlos -al impulso y al otro-? ¿No es posible que un valor, una ley o una creencia internalizada los frene en estos momentos cruciales de ira, rabia, frustraciones o lo que sea que los hace explotar por momentos?
Dicen los vecinos del barrio San Martín que no son más de diez los pibes -entre 12 y 20 años- que tienen a mal traer a todo el barrio y que no hay nadie ni nada que los ataje. ¿Cómo es que siendo tan chicos han podido adueñarse de la vida de tantas personas hasta el extremo de convertirlas en un infierno, igual al de sus propias vidas?
Estas eran algunas de las dudas que condujeron el recorrido por este barrio ubicado en pleno centro de Regina, donde asesinaron de 20 puñaladas días atrás a Nadia Hidalgo (17) y que quedaron imputados dos conocidos de ella, Iván Garrido -por homicidio- y Natalí Garrido -por encubrimiento-. La intención era ver también quiénes son los responsables de esta situaciones límites que se viven en este sector de la comunidad, en este momento, más allá de los posibles culpables puntuales del crimen.
El barrio San Martín tiene 260 viviendas de un plan ex IPPV-donde la mayoría de ellas tienen cuatro y tres dormitorios-, que ocupan una manzana. La extensión, se ve, es escasa y la intensidad demográfica, elevada. Tan elevada como los 37 grados de calor del jueves pasado que acrecentaba esa intensa sensación de estar viviendo en una caldera que está a punto de estallar.
Cercan esta manzana la sede del Club de Leones, La Anónima y una decenas de casas confortables de clase media.
«Vivir aquí se nos hace insoportable. Es un calvario», coinciden en decir todos los testimonios de los vecinos, que pidieron el anonimato más absoluto al hablar con este diario. «Acá, si no te hacés amigo de los chorros la pasás muy mal», agregan.
Una de las entrevistadas decidió hablar a través de las rejas de la ventana de su casa. «No quiero problemas, sabés. De todos modos, a esta hora (casi a las 10) los chorros están durmiendo. Por eso aprovecho para ventilar toda la casa. A la noche los flaquitos se tiran acá abajo de la ventana, ahí afuera, Hablan y hablan toda la noche. Molestan, por supuesto. Además con la humareda de la marihuana que se fuman y que entra por la ventana me puedo porrear un rato», habla con humor. «No te queda otra que hacerte amiga de ellos», se resigna.
«Son pibes muy solos, que están a la deriva. Les da lo mismo todo. No tienen educación. Ninguno va a la escuela. La verdad es que me dan pena por más que me molesten. Y por el crimen de Nadia no dejo de pensar que tres familias quedaron destrozadas. Todos son víctimas: es que son muchos años de no tener trabajo, de andar chupando, de haber perdido la dignidad…me parece que es eso, ¿no?».
Ya es mediodía y se nota que algunos empiezan a despertarse. Por ello, con la nueva entrevistada hubo que entrar a su casa. «Pase, pase, porque no sé cómo hacen pero lo cierto es que estas pandillas se enteran de todo lo que pasa acá. Nos controlan todos los movimientos. Con silbidos, chiflidos y otros sonidos…los escucho. La cuestión es que estos pibes se pasan toda la data», comenta.
El ruido ambiente ya amenaza con hacerse inaguantable, acá adentro. Del depto. de arriba baja una estruendosa música tecno que hace vibrar todo el techo. De un costado, Paulina Rubio cargosea a todo volumen. Y del otro, una cumbia chingui-
chingui taladra la paciencia hasta del más santo. «Ni te digo a la noche. Yo madrugo para ir al galpón. Jamás puedo descansar. Pero, andá a decirles algo. Primero, si llamás a la Policía se enteran y te lo hacen pagar; segundo, del destacamento que está acá en frente nunca hay un milico para que venga y ponga un poco de orden. Verás, por arriba o por abajo, siempre estamos fritos».
«¿Viste el calor que hace ahora? Bueno, con esta misma temperatura, ayer, a las dos de la tarde decidieron hacer un asado acá, en el medio del barrio, sobre el césped de un espacio común del plan. Por supuesto que arrasaron con las leñas que más de uno tenía en su patio. Hasta robaron una banqueta de por ahí y la hicieron fuego. La verdad, estos vaguitos se cagan en todo».
«No sabés las ganas que tengo de irme, pero ¿adónde caigo muerta?», agrega. «Acá en Regina vos decís que sos del San Martín y se te cierran todas las puertas. Porque piensan enseguida que todos somos chorros, y no es así. Pero si quiero vender esto, ¿quién me lo compra?, ¿quién se va a venir acá? Nadie. Y si nadie me lo compra o cambia, ¿adónde me voy?» Sin salida, siempre.
Soltero él, laburante como buena parte de la población adulta de este barrio, dice que después del crimen de Nadia la cosa aflojó un poco…hasta
nuevo aviso, será. «De todos modos, por las noches hay corridas por peleas, por conseguir alcohol o porque la cana los persigue».
«Estos pibes no tienen educación. No van a la escuela. No han tenido contención nunca: es que la ausencia de padres es grandísima. Suelen tener cinco o seis años y ya no saben qué hacer con ellos. A esa edad los chavones ya no tienen límites. Me parece que la Junta Vecinal o la comuna debieran hacer algo por ellos y por nosotros. Talleres, quizás. Hacer algo productivo. No se me ocurre qué pero alguien debiera saber».
Justo enfrente nuestro hay una inmensa torre donde alguien alguna vez escribió, con grandes letras, «tenemos derechos a recibir ayuda o socorro cuando hay problemas graves».
Un taller de guitarra planteó hacer tiempo atrás Desarrollo Social del municipio, cuyas oficinas están justo enfrente del barrio. «Todo es complicado: se convoca pero no vienen. No es fácil», se excusa Juan Delicia, secretario de esta dependencia. «No se integran, no se interesan», sigue diciendo con cara de «ni».
En un barrio tan acotado en tamaño y donde los casos problemáticos son tan evidentes e identificables con nombre y apellido, ¿la comuna no puede intervenir en forma más activa, que no solo sea con una convocatoria?, preguntamos. «Son cosas que escapan a nosotros», reconoce el funcionario. Se sabe que corre la droga, menciona, pero «no se tienen pruebas a la hora de poder detenerlos con la Policía». ¿Por qué enfocarse tanto en el delito y no en un trabajo social más de prevención?, insistimos. «Resolver esta situación es una prioridad para la actual gestión comunal», agrega.
«Acá, a las siete de la tarde las balas corren como nada», comenta otra entrevistada. «Hay que salir volando a buscar a los críos que juegan afuera y entrarlos. Y a partir de las 9 ya nos ensobramos todos, tras las rejas. Viste que acá todo parece una gran jaula. Es que se roban todo. Hasta trepan por el primer o segundo piso, como arañas, y te sacan todo. Si te descuidás te desvalijan. Ni te digo si dejás la casa sola por un rato: te la usurpan. Acá
el robo es entre pobres. Y donde protestás te tienen de punto. Y ahí sí que la pasás mal. Tenés que irte, como lo ha hecho mucha gente».
Ella vive aquí desde que entregaron este plan, hace más de 20 años. «Siempre estuvimos hacinados. Me querés decir qué necesidad tienen de hacer planes de viviendas con casas tan amontonadas, tan amuchadas, donde no tenés espacio para nada, donde no hay privacidad. Si en estas condiciones de por sí la convivencia se hace más que difícil, imaginate esto con la pobreza de por medio. Nadie soporta a nadie. Es una locura. Pareciera que todo está hecho, como en las cárceles, para que los pobres nos eliminemos entre nosotros. Claro que me quiero ir de acá, como todos. Fijate lo de Nadia. Una piba que no le hacía mal a nadie. Y terminó como terminó. Eso no lo quiero para mis hijos ni para ningún pibe de acá».
Si no se resigna, entonces, ¿qué le queda por hacer acá? «Agachar la cabeza. Qué le vas a hacer».
«¿Qué gobernante dice algo de todo esto? ¿Qué funcionario hace algo? Porque esto no solo ocurre acá en Regina. Planes iguales de viviendas, o muchos más densos, hay también en Viedma, Bariloche, Roca, ¿no?», dice en la despedida. «Pareciera que para ellos acá está todo bien».
«Acá está todo bien, man», asegura este joven de 19 años que dice que trabaja como cosechador. «Una que otra birra, uno que otro porro, nada más…cada uno hace la suya, nadie jode a nadie. ¿Lo de Nadia? Se les fue la mano por barderos. Pero son cosas que pasan. Una desgracia», cuenta con tono relajado, medio dormido, sacándose las lagañas. ¿Y hoy no fuiste a trabajar? «Me pegué un faltazo. Estuvimos de choripaneada hasta tarde… Estaba bueno y nadie se iba. Que levante la fruta otro».
Todos los que hablaron admitieron que están llegando a sus límites posibles -tanto físico, mental como espiritual- para seguir soportando este infierno. Pero que, al estar librados a su propia suerte, es más que probable que sigan sus vidas aquí. Como hasta ahora, o peor. Porque saben por experiencia propia que cuando los pobres sólo pueden recurrir a otros pobres para recibir una pobre ayuda, corren el serio riesgo de dejar de ser personas para pasar a ser desechables, sin importarles a nadie. Y es en ese momento que constatan que sus vidas no valen nada.
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