Radiografía del malestar español

La frustración juvenil en España parece extenderse por Europa. Las razones de esta “indignación” están en el estallido de la “burbuja” económica, la paradoja política de un gobierno “progresista” que encabeza un ajuste y un rediseño general del sistema capitalista global que deja muchos heridos.

AP

La sensación de malestar está en el aire. Bien porque los desafíos que la economía impone a la política local parecen abrumadores o bien porque el mundo, y en particular el europeo, está revuelto y resulta impredecible. Parte de la ciudadanía canaliza su frustración a través del voto, mientras otra parte, más juvenil, adopta una actitud beligerante sin trascender, por el momento, de lo que es una simple manifestación de estentórea protesta.

España afronta una gran crisis que es la sumatoria de varias crisis que se han ido incubando en los últimos años. Hay una crisis económico-financiera, derivada del estallido de la burbuja inmobiliaria, que ha dejado un tendal de trabajadores sin empleo (20% de la población activa, es decir, casi cinco millones de desempleados) y ha afectado el equilibrio de las cuentas públicas. Hay una crisis política local, derivada de la paradoja de que un gobierno “progresista” ha tenido que renunciar a su programa político para escribir uno nuevo dictado por los mercados financieros. Y, por último, hay una crisis mundial del modelo de desarrollo capitalista que obliga a un rediseño general de las bases del sistema y que se hace sentir con más fuerza en los países periféricos de la Unión Europea.

Son demasiadas crisis que se han abalanzado de pronto sobre una población que apenas alcanzó a vivir un quinquenio de sosiego y tranquilidad, que comenzó cuando Rodríguez Zapatero asumió el poder en el 2004 y corrigió el tremendo error de Aznar de implicar a España en la guerra de Irak. La arrogancia que suponía colocarse junto a Bush y Tony Blair en la famosa foto de las Azores recibió el golpe mortal del 11-M –el cruel atentado terrorista de Atocha– que se tradujo luego en el inesperado vuelco electoral que colocó a los socialistas en el Palacio de la Moncloa.

La crisis económica

Con Zapatero la economía parecía marchar bien. Entre el 2000 y el 2007 España vivió uno de los períodos de mayor prosperidad económica. El crecimiento medio anual del PBI fue del 3,5%, superando ampliamente al 2,4% registrado en la UE en el mismo período. Se redujo el crónico desempleo hasta alcanzar un “nivel europeo” del orden del 9% y se crearon 4,7 millones de empleos netos. España –un país que repartió emigrantes por Europa en la época de Franco– se dio el lujo de recibir más de cuatro millones de inmigrantes latinoamericanos y del este europeo. Las cuentas públicas lucían ordenadas y equilibradas, con un ligero superávit, y la deuda pública no superaba el 36% del PBI en el 2008.

La vulnerabilidad del modelo residía en que el crecimiento económico (y las finanzas públicas) dependía de la construcción, una actividad de escasa productividad. Por otra parte, el turismo había dejado de tener el tradicional atractivo frente a otras plazas más baratas y con monedas más débiles. La economía iba bien y los beneficios subían, pero los salarios no acompañaban ese crecimiento. Los intereses reducidos hicieron que mucha gente se hipotecase para comprar unas viviendas cada vez más caras. Los bancos y las empresas de la construcción fueron las grandes beneficiarias del modelo, pero cuando el Banco Central elevó los tipos de interés ese mundo se vino abajo.

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Aleardo F. Laría

Jóvenes y crisis social en Europa

(Viene de la página 23)

A partir de ese momento el elevado precio de las viviendas hizo insostenible el endeudamiento necesario para adquirirlas. La consecuencia fue que los ciudadanos dejaron de comprar viviendas y se produjo una súbita reducción del consumo de las familias para llegar a fin de mes. Las empresas de construcción, con un enorme parque de viviendas que ya no podían vender, quedaron en situación de quiebra, despidieron personal y la debacle se contagió al resto de la economía. Las cajas de ahorro de las comunidades autónomas, dirigidas por antiguos políticos devenidos en banqueros, quedaron al borde del despeñadero.

El excesivo endeudamiento hipotecario de las familias constituye ahora uno de los problemas no resueltos de la economía española. El otro es el exceso de endeudamiento bancario con el resto de la economía europea. El endeudamiento privado español está en el orden del 180% del PBI –triplica el actual endeudamiento público– y un 70 % está en manos de bancos extranjeros, principalmente alemanes y franceses. Ésos son los famosos “mercados” que han obligado a Zapatero a ajustar las tuercas de la economía española.

La crisis política

Rodríguez Zapatero se ha visto obligado a aprobar un duro plan de ajuste de la economía española, lo que no entraba ni remotamente en sus planes.

Los bancos alemanes exigieron –como condición para refinanciar la deuda pública y privada– la aprobación de medidas impopulares como el retraso de la edad de jubilación o la flexibilización del mercado de trabajo reduciendo las indemnizaciones por despido. De este modo se ha dado la paradoja de un gobierno socialdemócrata de centroizquierda ejecutando un programa conservador más propio de los partidos de centroderecha.

El precio que deben pagar todos los gobiernos cuando la economía va mal se ha visto incrementado en España por esta pirueta de Zapatero que le ha costado la pérdida de casi dos millones de votos en las recientes elecciones municipales y regionales. Extrapolando los votos recibidos por los dos partidos mayoritarios a unas futuras elecciones generales, el Partido Popular obtendría 165 diputados (al borde de la mayoría absoluta de 176 diputados) y el PSOE, que ahora cuenta con 169, quedaría reducido a 116 diputados, tras perder 53 escaños.

En el PSOE se han levantado voces reclamando una “refundación” del partido, lo que parece un objetivo demasiado ambicioso para resolver el problema coyuntural de enfrentar con el menor daño posible las próximas elecciones generales (previstas, en principio, para marzo del 2012, fecha en que se agota la legislatura). La duda actual de la ejecutiva socialista se mueve entre convocar a elecciones primarias –como marcan los estatutos– y realizar un congreso extraordinario para elegir una nueva dirección con un nuevo candidato, dada la renuncia de Zapatero a su reelección. Las primarias, que entrañan el riesgo de una división partidaria, son sin duda el método democrático y Zapatero ha anunciado que es el que finalmente se respetará.

La crisis subyacente

La democracia es un sistema frágil que necesita rehacerse periódicamente y que nunca termina de resolver su eterna disputa con la dinámica que imprime el sistema capitalista. El capitalismo da lugar a un crecimiento desbordante, pero si se lo deja librado a sus propias fuerzas provoca un rápido incremento de las desigualdades y puede dañar de modo irreversible el ecosistema natural. No existe todavía una fórmula que permita una convivencia pacífica entre mercado y regulación, de modo que los gobiernos se ven obligados a realizar una labor de sintonía fina para establecer en cada caso la mezcla más conveniente.

El período que ha terminado en la actual crisis financiera internacional ha tolerado muchos excesos que ahora deben ser reparados. Ni la excesiva desigualdad, ni las privilegiadas recompensas obtenidas por el capital financiero ni la agresividad productiva sobre el medio ambiente son sustentables en el largo plazo. Hace falta introducir cambios drásticos en el modelo productivo mundial, y esta labor excede con mucho la capacidad de los gobiernos o partidos políticos españoles para transformar una realidad tan compleja. De modo que ese escenario, por el momento, no sufrirá variaciones importantes.

Sólo resta formular una consideración casi filosófica sobre el peso de las circunstancias contingentes que moldean los procesos políticos. España, en los últimos 35 años, ha realizado una enorme labor de modernización de sus estructuras económicas, políticas y sociales. Una mirada comparativa con la prolongada anomalía argentina –donde todavía imperan increíbles prácticas políticas y sindicales feudales– marca una distancia sideral entre ambas sociedades. Sin embargo, está visto que la capacidad del hombre para dominar las fuerzas de la historia sigue siendo débil.

Parece una labor inútil anticiparse a conocer proféticamente los fines de la historia.

Por el momento, sólo cabe al hombre esforzarse por asignarle alguno y esperar luego, con resignación, que la fortuna lo acompañe.

AP


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