Reforma política: con cambios electorales no alcanza

El inicio de la discusión de la reforma política convocada por los gobiernos nacional y provincial encierra la necesidad de devolver a la ciudadanía la confianza plena en el sistema electoral y una mayor correspondencia entre la voluntad del elector al votar y el resultado de las urnas. Ciertamente, existe una necesidad de reformar cuestiones aparentemente tan sencillas como un diseño adecuado de la boleta electoral que les permita a los ciudadanos sufragar sin problemas. No obstante, es erróneo pensar que las normas electorales bastan por sí mismas para garantizar una transformación de las acciones políticas dominantes. El objetivo de esta reforma debería enfocarse en generar condiciones para instaurar de manera duradera reglas capaces de imponer la virtud cívica en las prácticas políticas de representantes y representados, afianzando así la vigencia del sistema democrático. La intención de esta nota es promover una discusión colectiva que genere un pensamiento crítico. Para ello se requiere superar la fragmentación de opiniones de individuos aislados para transformarlas en juicios reflexivos y públicos con eficacia política. Se debe lograr que la opinión individual de los representantes del pueblo no sea sólo la expresión de los intereses particulares de un sector o grupo social, sino la revelación del interés general y el bien común. La crisis de representación que se percibe tiene sus bases en la tecnología social y política del siglo XIX con los sistemas de comunicación vigentes entonces, que han servido para asegurar la reproducción de los aparatos partidarios y sus dirigentes pero no para entablar una fluida comunicación con la sociedad. En nuestros días la introducción de las nuevas tecnologías de la información y comunicación ofrece ventajas y amenazas que requieren de una mayor regulación, especialmente de la función de los medios masivos de comunicación en instancias electorales y la elaboración de acuerdos colectivos que permitan movilizarnos hacia nuevas formas de encuentro y credibilidad que superen el desencanto. En el contexto de una sociedad cada vez más indiferente a la política y menos comprometida con las responsabilidades ciudadanas, los partidos políticos se han convertido meramente en aparatos para ganar elecciones en función de la imagen de los candidatos, generalmente elegidos sin una discusión o selección interna y con mensajes difusos y propuestas ambiguas para captar la mayor parte del electorado. Es imprescindible avanzar en la renovación de estas estructuras con prácticas de discusión horizontal que permitan superar ciertos modos de decisiones arbitrarias e inconsultas que terminan reduciendo la democracia al mero acto de votar. Frente a esta realidad en los últimos años hemos visto que han aparecido “nuevas ofertas” para la ciudadanía, además de los partidos políticos tradicionales, que representan intereses sectoriales que se organizan en la instancia electoral y cuentan con buenos recursos de marketing. De esta forma se facilita el acceso al gobierno de algunos candidatos que sólo exhiben como antecedente un discurso ilusorio. En estos casos, luego de la euforia del triunfo, aparecen las dificultades de contar con profesionales y equipos políticos capaces de realizar las gestiones que exige la convivencia democrática. El hecho puede agravarse cuando se asume el riesgo de incorporar al gobierno, sin los debidos controles, representantes de corporaciones que pretenden implementar políticas funcionales a sus intereses corporativos sin considerar el bienestar general de la población. Por lo tanto, creo que la primera premisa a considerar es que sin partidos políticos sólidos, con una verdadera democratización interna, escuelas de formación política para gobernar y cuadros profesionales y técnicos orientados a la gestión pública, parece difícil poder ejercer en forma efectiva la representación ciudadana. (*) Vicegobernadora con mandato cumplido de Neuquén

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Ana Pechen – @anapechen


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