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a oposición pasó del triunfalismo, de pensar que bastaba ponerse de acuerdo para desplazar a un Sobisch desgastado por los escándalos y las conductas autoritarias, a hundirse en el derrotismo. “El MPN arrasa, y es poco lo que se puede hacer para evitarlo”, parece ser la idea que ahora domina el espectro independiente. En realidad, la sociedad en su conjunto maneja cierto grado de exitismo. Muchos de los que votan por fulano o mengano lo hacen simplemente “porque van a ganar”, y no querrían tener nada que ver con zutano o perengano porque ya se sabe que “van a perder”. En esta visión, a semejanza de lo que ocurre con las loterías, la quiniela o los programas que reparten premios en la televisión, el resultado de las elecciones parece producto de la fatalidad. Tan pronto uno puede estar entre los ganadores como caer en desgracia, pero nunca conducir su destino. Comparados con el “todo o nada”, las propuestas políticas o la verdadera participación parecen una cuestión menor, y de ninguna manera el instrumento que permite construir cada día la democracia. Esta banalización, cara a la vieja política que colapsó en diciembre del 2001, sigue siendo empero moneda corriente en Neuquén. Ocurre que el modelo local, dueño del poder desde hace 40 años y también del aceitado aparato electoral que lo reproduce, parece hoy más inclinado a una sociedad despolitizada que al concierto disonante del pluralismo. Acaso porque la política es en esencia contradicción y los modelos cerrados necesitan eliminar de la agenda de discusión pública todas las diferencias, por las dudas. Prueba de este fenómeno es el estilo adoptado por el candidato oficial para su campaña. El vaciamiento de contenido ha llegado al extremo de que ya casi ni habla de política. Como un hipnotizador de multitudes, mantiene entretenida a la audiencia sin decir prácticamente nada. La promesa fácil, hasta hace poco eje del discurso político, ha dado paso a un estilo más cercano al de un pastor o al de un conductor de entretenimientos. Así, durante una de esas charlas que se realizan micrófono en mano y sumergiéndose en la multitud como pez en el agua, los presentes pueden lagrimear con anécdotas de la infancia, confirmar que es un orgullo dar créditos a los amigos, o enterarse de que ya no existen enemigos, han sido perdonados todos. Pero pero nadie podría saber por qué se dilapidan las regalías o qué hay que hacer para que el banco del Estado deje de ser una caja negra del oficialismo. Esta sorprendente combinación de Jorge Bucay con el pastor Giménez no alcanza, empero, para disimular la dura realidad: este gobierno gasta fortunas en publicidad e imagen, no sólo para “vender” su gestión, lo que ya sería bastante cuestionable, sino para mejorar las posibilidades del candidato oficial. A la abrumadora propaganda institucional al servicio de la campaña se suma la carrera de inauguraciones que, como siempre ha ocurrido en el MPN, se suceden sin pausa junto a un bombardeo de información optimista sobre lo que se construye, se hace, se paga o se da… Mientras, se asegura que en esta campaña no hay aparatismo porque los militantes van a poner sus propios coches y su propia nafta. Poco importa que la planta política y los empleados jerárquicos sean presionados sin piedad. Aquí, como entre los viven de la ayuda social, el credo oficial llega de la mano del miedo. En la misma sintonía está la promesa de que en la próxima gestión, que el gobierno da por descontada, “desaparecerá el clientelismo”. Con lo que acaso se trata de explicar que la experiencia recorrida por el MPN y el acceso a la tecnología permitirán en breve informatizar la política clientelar. Con los pobres en un puño por el aparato de acción social y los sectores medios agarrados de su talón de Aquiles, que es el empleo público, no es casual que el MPN sienta que gana sin agitarse en lo más mínimo; contando anécdotas y sin necesidad siquiera de hablar de política. Frente a este estado de cosas, sorprende que la oposición se resigne al discurso triunfalista-derrotista y se dé definitivamente por perdida. Independientemente de que el arco opositor no cuente con un “candidato ganador”, es mucho lo que podría hacer para contribuir al equilibrio de la sociedad neuquina. Por ejemplo, desde una Legislatura plural que ponga dique a los arrestos totalitarios del gobierno. Si desde el oficialismo se ha tratado de desprestigiar a los diputados insinuando que no trabajan, cuando en realidad son los legisladores del sobischismo los que a menudo se borran, sea porque no tiene nada que aportar, sea porque acatan la doctrina oficial de patear la pelota afuera, es porque en los útlimos años, desde que están representadas todas las minorías, la Cámara se ha vuelto un obstáculo para los designios hegemónicos del Ejecutivo. Después de todo, fue la Legislatura la que impidió la colonización del Poder Judicial o reveló los entretelones de los créditos otorgados a los amigos del poder. La oposición aún cuenta con eficaces argumentos electorales. Y la sociedad debería tenerlos muy presentes al momento de votar. Héctor Mauriño vasco@rionegro.com.ar


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